Canberra enfrenta explosión demográfica de canguros

CANBERRA, Australia (AP). Saltan en el techo del Parlamento, chocan con los automóviles y entran por las ventanas de los dormitorios. Canberra, la capital de Australia, tiene un problema: demasiados canguros.

Las autoridades han intentado efectuarles vasectomías y darles anticonceptivos orales, pero ello no ha impedido que proliferen. Dicen que el enviarlos a pasturas distantes es demasiado caro y ahora están proponiendo un sacrificio selectivo, pero a muchas personas les parece espantosa la idea de que su marsupial más famoso del país sea masacrado en la capital del país.

Según una encuesta gubernamental, más del 80% de los habitantes de Canberra piensa que los canguros salvajes deben quedarse.

Por otro lado, en otra encuesta, el 17% de los conductores en el distrito reportó haber chocado con un canguro al menos en una ocasión.

En la historia más reciente del conflicto entre ambas especies en esta ciudad, un canguro confundido de aproximadamente 1,75 metros de estatura (cinco pies y nueve pulgadas) saltó el mes pasado a través de la ventana cerrada de una habitación hasta caer sobre una cama donde una pareja descansaba junto con su hija de nueve años, y luego saltó a la habitación del hermano de ésta, un niño de 10 años.

El padre, Beat Ettlin, sacó como pudo de la casa al animal, que partió hacia las colinas, dejando marcas de garras en una cama y un rastro de sangre a consecuencia del vidrio roto.

Maxine Cooper, comisionado del medio ambiente para el gobierno en el Territorio de la Capital Australiana, dice que los seres humanos no son los únicos que corren peligro, ya que los canguros también están destruyendo el hábitat de pastizales nativos donde viven especies en peligro de extinción como una lagartija de 15 centímetros (seis pulgadas) de largo conocida como el dragón sin orejas.

De hecho, los sacrificios selectivos de canguros no son algo nuevo. Barry Stuart, que opera un rastro de canguros a 350 kilómetros (220 millas) al norte de la capital, mata más de 25 la mayor parte de las noches con una licencia del gobierno.

"No es agradable sacrificarlos, pero cuando llega el momento, tienes que hacerlo", dijo Stuart, de 60 años.

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