Pingüinos, uno de los grandes atractivos de la Patagonia

PARQUE NACIONAL MONTE LEON, Argentina ( AP). El cartel al comienzo del sendero fue un tanto desconcertante: Si se encuentra un puma, no corra. Mírelo a los ojos, grite, póngase la chaqueta sobre la cabeza y avísele a uno de los agentes forestales.

Demasiadas cosas para recordar en caso de que se apareciese un felino. ¿Tendría tiempo de bajar el cierre y sacarme la chaqueta? ¿Qué pasa si me olvido de mirarle a los ojos?

Por suerte para los visitantes que recorren este sector de la costa de la Patagonia argentina, a los pumas les interesa otro tipo de presa, una en blanco y negro que camina bamboleándose.

Los pingüinos que viven aquí son lo que nos trajo a mi esposa y a mí a Monte León, el único parque nacional argentino a lo largo de la costa atlántica. Vinimos manejando desde Río Gallegos, por una ruta monótona que atraviesa las estepas, típica de la Patagonia, donde abundan los campos ondulantes que desaparecen en el horizonte. Pareciera que el paisaje no cambió mucho desde la época prehistórica, pero la tierra ha sido dividida en enormes parcelas, propiedad de grandes terratenientes conocidos como "estancieros", y dentro de terrenos marcados por delgados alambrados de vez en cuando aparecen ovejas, caballos y guanacos.

Luego de manejar unos 240 kilómetros (150 millas), nos topamos con un parque en cuyo ingreso hay un pequeño cartel. Si uno va distraído, seguramente pasa de largo.

Monte León es un parque nacional de reciente creación, que no estaría aquí de no ser por aportes privados. Se trata de unan vieja estancia (hacienda) ovejera adquirida en el 2001 con una donación de Kristine Tompkins, ex directora ejecutiva de la firma de ropa para excursiones Patagonia, quien junto con su esposo Doug Tompkins se esfuerza por crear grandes zonas de conservación ecológica en la Patagonia tanto argentina como chilena.

Pagaron dos millones de dólares por la tierra, la remoción de los alambrados y la limpieza de la zona, lo que parece una suma ínfima si se tiene en cuenta la cantidad de animales que están ahora protegidos.

La estancia de Monte León abarcaba 620 kilómetros cuadrados (240 millas cuadradas), incluidos 43 kilómetros (25 millas) de costa. En esos terrenos abundan las aves marinas, los leones marinos, los elefantes marinos, los guanacos (animales parecidos a las llamas), el ñandú y otras criaturas, como el puma que se deleita con los pingüinos. Semejante diversidad ha atraído buena cantidad de cazadores.

Entre 1930 y 1960, extractores de guano se alzaron con miles de toneladas de estiércol rico en fósforo de una colonia de cormoranes. La desaparición del guano hizo que emigrasen las aves, que usaban su estiércol para hacer sus nidos.

Los cazadores de focas causaron también grandes perjuicios, lo mismo que las ovejas y los alambrados que aparecieron en tiempos recientes.

El camino hacia el parque es un tramo de 24 kilómetros (15 millas) de tierra y piedras. Es vital contar con un vehículo todoterreno para recorrerlo. Si bien la mayoría de las carreteras de la región están pavimentadas hoy, abundan todavía los caminos precarios, difíciles de transitar con un vehículo común. Hay que reservar el vehículo de antemano, porque resulta difícil conseguir uno sin reserva.

Un centro de visitantes operado por voluntarios ofrece una hermosa vista de Monte León y tiene en sus muros descripciones de la historia del lugar y de lo que se puede ver en el parque. Los voluntarios son muy gentiles y me sorprendieron cuando pregunté cuánto costaba la entrada. "Es gratis".

De inmediato nos encaminamos hacia un refugio donde habitan unos 60,000 pingüinos maguellanos. Para llegar a esa colonia hay que caminar unos tres kilómetros (dos millas) de terreno arenoso, salpicado de arbustos. Si bien era temporada alta, pronto se hizo evidente que muy poca gente visita este lugar tan aislado y nos cruzamos con apenas un par de familias durante el recorrido.

Una vegetación poco densa, plantas extrañas y lo distante del lugar le daban al sitio --y a la Patagonia en general-- un aire casi místico.

El primer indicio de que nos acercábamos a la colonia fue un grupo de carcasas emplumadas. Nos dijeron que eran restos de aves atrapadas por pumas.

La impresión duró poco, ya que pronto nos encontramos frente a un grupo de pingüinos que comían, atendían a su prole y hacían sus cosas. Algunos estaban anidando a la vera del camino, tan cerca que los hubiéramos podido tocar de haber querido.

Los pichones esperaban en sus madrigueras que los padres trajesen peces del mar.

Ver miles de pingüinos en una playa es algo realmente mágico.

Un guardabosques nos dijo que el principal enemigo del pingüino no era el puma sino los pescadores, la contaminación y las enfermedades. Los pumas, blanco de los criadores de ovejas, son ellos mismos una especie protegida.

Luego de visitar los pingüinos, caminamos por una playa desértica, con bastante viento, entre acantilados grises formados por innumerables capas de conchas marinas fosilizadas.

Terminamos la visita con una taza de chocolate caliente y una porción de pizza en un simpático restaurante administrado por una pareja de jubilados. Luego visitamos un pequeño pueblo petrolero llamado Piedra Buena, que es el mejor sitio para buscar alojamiento si uno no está acampando.

Otros atractivos de la zona son la colonia de pingüinos de Punto Tombo, cercana a Puerto Madryn y mucho más concurrida; el glaciar Perito Moreno y Torres del Paine, en la cordillera de Los Andes, en el otro extremo de la Patagonia.

No hace falta decirlo, esa noche soñamos en blanco y negro, con los pingüinos.

Vive la adrenalina de la 7ma temporada


Recibe todos los días en tu mail los titulares más importantes