Chicago: Usan yoga contra la violencia

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Los estudiantes de yoga de Tameka Lawson extienden sus colchonetas sobre la acera y tratan de seguir sus instrucciones: concentrarse en la respiración y contemplar la belleza del entorno. Lo raro es que están en Englewood, uno de los barrios más violentos de Chicago, donde las calles están bordeadas de casas abandonadas y terrenos cubiertos de maleza y el ruido de los disparos es tan común como la campanilla del repartidor de helados.

Mientras los alumnos extienden los brazos hacia el cielo, un hombre grande como un refrigerador monta guardia.

Parece extraño que se realicen esos movimientos lentos, esa respiración profunda y esas charlas sobre la concentración en un barrio dominado por pandillas de narcos. Es simplemente el intento más reciente de frenar la violencia en una ciudad que lidera el país en número de homicidios y de armas incautadas. Se espera que el yoga, con su enfoque en la meditación, permita que prevalezcan los espíritus serenos la próxima vez que aparezca la violencia o la venganza.

Los estudiantes "viven en un ambiente donde todo es prisa, todo es presión. Así que si uno respira a través de ciertas cosas, puede ver con mayor claridad. De verdad", dijo Lawson, directora de un grupo sin fines de lucro llamado I Grow Chicago. "Entonces pueden actuar en lugar de reaccionar".

La idea ha llamado la atención de la policía. Por lo menos una agente utiliza la clase de Lawson como parte de un programa contra la violencia para jóvenes en situación de riesgo.

Entrenados en yoga, "cuando están en una situación tensa pueden respirar y relajarse y tomar la decisión correcta en lugar de abalanzarse sobre alguien y golpearlo", dijo la agente, Daliah Goree.

Los estudiantes reconocen el efecto tranquilizador del yoga en un medio urbano dominado por las rivalidades cambiantes y la suspicacia.

"Yo tenía muchas preocupaciones y 10, 15 minutos (de yoga) me aliviaron mucho", dijo Karl Mables, de 25 años, después de su primera clase.

Lawson enseñó yoga en escuelas de la zona durante tres años antes de salir a la calle hace unos meses. Sabía que las pandillas constituían una amenaza. Por eso, antes de iniciar las sesiones, el guardia Andres Brown buscó a los pandilleros de las cercanías para explicarles que el grupo no significaba un peligro para ellos y pedirles permiso.

A medida que los alumnos de Lawson ocupan sus lugares, los vecinos observan desde una casa cercana. Les dice que alcen las manos, estirando los brazos lo más posible y se inclinen lentamente hasta tocar el suelo. Se inhala al estirar y exhala al bajar.

Se repiten los movimientos de sentado, arrodillado, acostado y a veces se juntan las manos como para orar.

"Miren el cielo, miren la belleza de la naturaleza y tomen aire", dice con voz suave. Cuando se inclinan, dice, lo hacen "ante la belleza de la comunidad de Englewood".

El grupo sigue las instrucciones, aunque los más chicos a veces se impacientan y hacen payasadas.

Sin embargo, cuando Daisy Flowers les advierte que "no habrá caramelos", su sobrina de seis años y sus amiguitos juntan rápidamente las manos en posición de oración.

Pocos estudiantes son hombres adolescentes o adultos.

"Los tíos dicen que es para mujeres (y) dicen, 'yo no lo hago''', dijo Brown, un empleado de I Grow Chicago y adepto al yoga cuya presencia recuerda a los transeúntes que la maestra y su clase no están indefensos, un mensaje claramente transmitido por su contextura de casi dos metros y 125 kilos de peso. Viste una camiseta negra con la leyenda "Los verdaderos hombres hacen yoga".

Todos comprenden que la participación de hombres jóvenes es crucial para lograr la reducción de la violencia mediante el yoga, pero Lawson y otros abrigan esperanzas.

"Esto ayuda porque algunas de las personas que pasan y desaceleran sus autos, tal vez la próxima vez estacionen y bajen y pidan hacer yoga", dijo Mables.

Lawson cree que ya ha sucedido.

Hace poco, dijo, después de un tiroteo a una cuadra de distancia, un joven que estaba haciendo yoga hizo lo que hacen instintivamente los jóvenes: corrió hacia los disparos.

Sin embargo, poco después volvió a la sede de I Grow Chicago y tomó un hot dog de los bocadillos gratuitos que se ofrecen.

"No respondió" a la violencia, dijo Lawson. "Fue capaz de pensar y procesar la situación y regresar. Eso es todo lo que pedimos".

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