Niños, las víctimas ocultas de la crisis de opiáceos en EEUU

Fue despertada por primera vez a las dos y media de la mañana por una llamada en la que se le pidió que ubicase de emergencia a un niño en alguna casa. Noventa minutos después le llegó una andanada de mensajes de texto sobre un problema con una familia que acoge temporalmente a menores. Ahora, después de una noche casi sin dormir y de lidiar con 15 casos de niños que necesitan viviendas, Rachel Stark se afana por llegar a una reunión cuando su teléfono suena con otra emergencia.

Le dicen que tres hermanitas necesitan ser ubicadas en alguna casa. Y Stark responde con resignación: “No tengo nada”.

En todo Estados Unidos, la adicción a la heroína y a otros opiáceos ha dejado a decenas de miles de niños en manos del estado, que les busca viviendas temporales, creando una generación de menores abandonados por padres adictos a las drogas o huérfanos porque sus padres fallecieron de una sobredosis, y de familias destrozadas porque las autoridades temen dejar a los pequeños en manos de padres adictos que viven en un caos.

Los casos nuevos de menores que deben ser ubicados con alguien porque sus padres usan drogas alcanzaron su pico desde que comenzó a llevarse la cuenta hace tres décadas. Totalizan 92.000 niños que ingresaron al sistema en el 2016, según información que acaba de ser dada a conocer por el Departamento de Salud y Servicios Humanos.

La crisis es tan severa --con un aumento del 32% en los casos vinculados con las drogas entre el 2012 y el 2016-- que revirtió una tendencia a achicar el sistema de búsqueda de viviendas temporales para menores que se venía registrando se había registrado durante una década. En total, 274.000 menores entraron al sistema el año pasado y para el 30 de septiembre del 2016 había 437.000 menores cobijados por ese programa.

“No es un pequeño aumento progresivo. No es una ola. Es un tsunami”, afirmó la jueza Marilyn Moores, que está al frente de un juzgado de menores en Indianápolis y tiene una cantidad de casos relacionados con las drogas.

Si bien el abuso de drogas como causante de la desintegración de familias no es nada nuevo, nunca había habido una ola tan grande de niños afectados por las adicciones de sus padres desde la crisis del crack de la década de 1980 y los expertos dicen que obedece al consumo de opiáceos. En Indiana, por ejemplo, los casos de niños que necesitan viviendas por la adicción de sus padres aumentaron seis veces desde el 2000.

Cuando Stephanie Shene comenzó a lidiar con estos casos en el Departamento de Servicios para el Menor en el 2003, el uso de opiáceos no era un problema. Pero ahora es una constante. Y toda vez que entra en contacto con un padre busca signos de consumo de drogas, como temblores y marcas en los brazos o detrás de las orejas.

Su agencia incorporó a más de 1.200 empleados en cuatro años y su presupuesto pasó de 793 millones de dólares a más de 1.000 millones. A duras penas dan abasto para manejar todos los casos que les llegan.

Un caso reciente que atendió Stark es emblemático.

Dos hermanas, de nueve y diez años, necesitaban una familia que las cuidase porque su madre se había hecho adicta a analgésicos. Su abuela también era adicta y no tenían otros familiares que se ocupasen de ellas. La madre ya había cedido sus derechos como madre y había una pareja que había cuidado a las niñas, Justin y Kristen, dispuesta a adoptarlas.

Los padres de las niñas “pudieron elegir, y no eligieron a sus hijas”, dijo Stark.

En el mejor de los casos, los menores quedan en manos de gente que los trata bien y regresan con sus padres cuando estos superan sus adicciones. En el otro extremo, los hijos de padres adictos se hacen también adictos o pasan de una familia a otra. Algunos van a parar a casas con varios menores como ellos, hijos de adictos.

Estos menores padecen a menudo de ansiedad, su rendimiento académico empeora, se sienten abandonados y no confían en nadie. Maria Cancian, profesora de trabajos sociales de la Universidad de Wisconsin-Madison, dice que “cuando me preguntan si el sistema de hogares temporales es bueno o no, yo les digo, ‘¿comparado con qué?’”.

Shawnee Wilson, hija de adictos y adicta ella misma, de 26 años, trata de recuperar la custodia de su hijo de un año ahora que está limpia desde hace varios meses. No sabe cómo explicar las fuerzas que impulsan a una persona a seguir consumiendo drogas a sabiendas de que va a perder a sus hijos.

Cuando está drogada, dice, “una no mide las consecuencias... lo único que quiere es la sensación de la droga”.

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