La locura colectiva puede empañar las mejores tardes de fútbol

EEUU (AP). El fútbol, se ha dicho mil veces, es pasión de multitudes.

El problema es que, al combinar el anonimato de la multitud con la irracionalidad de la pasión, el deporte más hermoso se arrastra con demasiada frecuencia por niveles innecesarios de bajeza.

¿Suena exagerado? Harry Redknapp, el entrenador del Tottenham, probablemente lo considere un juicio justo.

El domingo, uno de sus jugadores, el togolés Emanuel Adebayor, tuvo que aguantarse que cientos o miles de hinchas de un club al que supo darle muchas alegrías _62 goles incluidos_ le desearan la muerte.

"Baleado en Angola, deberías haber sido tú", le cantaron hinchas del Arsenal al delantero durante el clásico del norte de Londres que, más por la actualidad de los equipos que por justicia poética, terminó 2-1 para el local Tottenham.

Supuestamente sarcástico, el canto se refería a la emboscada que sufrió en 2010 la delegación de Togo que iba a la Copa Africana de Naciones en Angola. Un grupo separatista angoleño atacó a balazos el autobús togolés y mató a tres personas, incluidos un asistente del entrenador y el encargado de prensa de la selección.

Togo se retiró del torneo y, tres meses después, Adebayor renunció a la selección, a la que había ayudado a llegar a su primer Mundial en Alemania 2006 con 11 goles en eliminatorias.

"A raíz de los trágicos sucesos durante la Copa de Africa en enero, en el que dos de mis compatriotas fueron asesinados por terroristas en Angola, he tomado la dura decisión de retirarme del fútbol de selección", dijo entonces el espigado delantero.

Es cierto que Adebayor no es conocido por su actitud zen. Luego de dejar Arsenal por Manchester City en 2009, corrió toda la cancha para festejarle un gol en la cara a los hinchas de su ex club, que llevaban todo el partido insultándolo. La bronca que le tienen los Gunners no podía más que aumentar cuando hace un par de meses pasó a préstamo a su máximo rival, Tottenham.

Pero de eso se trata exactamente este tema: el odio futbolero lleva a algunos a pensar que un jugador se merece que le deseen morir a balazos en una carretera. Obviamente, no hay ningún futbolista que se haya ganado algo así, haga lo que haga cuando juega con una pelota.

"Es repugnante. ¿Cómo le cantas semejante cosa a alguien?", dijo Redknapp al condenar la actitud de la parte de la tribuna visitante que cantó lo que cantó. "Tienes que estar mal de la mente".

Arsenal y Tottenham deploraron los cantos el lunes en un comunicado y dijeron que cooperarían con la identificación de los involucrados. El club local prometió proscribir de por vida a quien sea culpable.

Pero lo triste es que lo del domingo es apenas un ejemplo, no una excepción. Hace unos días, hinchas del Leeds _hoy en segunda división_ recordaron a su enconado rival Manchester United la tragedia aérea de Munich en 1958, en que los Diablos Rojos perdieron a ocho jugadores. Los hinchas de Man U, por su parte, mostraron una bandera que decía "Estambul", donde dos hinchas de Leeds fueron asesinados en 2000.

Esto sucede en una liga que puede competir por el título de la mejor del mundo, pero la irracionalidad colectiva no conoce fronteras.

Hace unos meses, una hinchada belga le gritó "Fukushima, Fukushima" al arquero japonés del Lierse, Eiji Kawashima, recordándole el reciente desastre nuclear en su país.

La temporada pasada, los aficionados del Atlético de Madrid trataron de "mono" al defensor brasileño Marcelo, del archirrival Real Madrid. Su compatriota Roberto Carlos, quizás uno de los mejores laterales de la historia del fútbol, sufrió un similar insulto racista en junio cuando le arrojaron una banana en un partido de su equipo ruso Anzhi y salió de la cancha como protesta.

Todos los fines de semana, en los estadios latinoamericanos suceden cosas iguales y peores: porteros a los que se llama homosexuales cada vez que hacen un saque o hinchadas rivales a las que se "acusa" de tener inmigrantes de países vecinos entre sus filas.

Es una lástima. Hay muchos cantos divertidos e irónicos que sólo atacan la poca convocatoria o los fracasos deportivos del rival, sin meterse con la raza, la orientación sexual ni la nacionalidad de nadie. Cantarle a los fanáticos visitantes que "vinieron todos en un taxi" es un chiste tribunero que se usa tanto en Argentina como en Inglaterra.

En Europa, los cantos ofensivos son una preocupación seria en la antesala de la Eurocopa 2012 y el Mundial de Rusia 2018.

Alexei Sorokin, director del comité mundialista, reconoció tras el incidente contra Roberto Carlos que el racismo es "muy difícil de controlar" en el fútbol ruso. En Polonia y Ucrania, sedes de la Eurocopa, la situación es similar: dos grupos antirracismo contaron 195 incidentes en los 18 meses hasta marzo de 2011.

La pelea parece cuesta arriba, pero otras más difíciles se han ganado, como el combate a los "hooligans" que eran el rostro del fútbol británico en los años 80.

"No vamos a erradicar esto mañana, pero si lo reducimos poco a poco ya es algo", dijo el árbitro belga Jerome Efong N'Zolo, que interrumpió un partido de primera división por insultos entre flamencos y valones, los dos principales grupos étnicos del país.

El primer paso es, claro, que los hinchas que se consideran personas racionales se bajen de la pasión colectiva cuando ésta pasa el límite de lo decente. Si no lo gritaría solo en medio de la calle, ¿por qué hacerlo cuando está en medio de miles en una tribuna enardecida?

Certero con sus palabras como con sus legendarios pases de taco, el ex capitán de Brasil Sócrates lo explicó mejor que nadie cuando fue columnista de The Associated Press en la reciente Copa América.

"...el fútbol, cuando no ofrece la victoria, provoca reacciones incontrolables de las masas", escribió. "La locura se establece en toda su expresión humana. Como decía Nietzsche: 'La locura entre individuos es rara, pero entre las multitudes es regla'".

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