Muere el icono del café Leopold Hawelka

VIENA (AP). Andy Warhol pasó alguna vez por una taza de su café, igual que las princesas, los pobres, los dramaturgos, los poetas y miles de clientes anónimos cuya visita a Viena era inimaginable sin una taza caliente servida por ese pequeño hombre con una sonrisa eterna.

En esta ciudad con más de 1,900 cafeterías, Leopold Hawelka era un icono, casi tanto como el Café Hawelka y sus mesas, marcadas por cigarros, con sus tapas desgastadas por los codos de cuatro generaciones. Le servía a los turistas, a los ricos, a los famosos y a los más necesitados: las masas de vieneses empobrecidos que atiborraban su establecimiento para escapar del frío de la ciudad bombardeada tras la Segunda Guerra Mundial.

La hija de Hawelka, Herta, dijo que murió mientras dormía y "sin dolor", el jueves a los 100 años, dejando un legado tan íntimamente ligado a la ciudad como sus palacios o sus colecciones de arte impresionantes.

El Café Hawelka nunca fue lujoso. Mientras que las reconstrucciones costosas hacen que otros cafés pierdan su encanto, el Hawelka se volvía cada vez más bonito con cada capa de pátina que se le puso durante más de 70 años de existencia humilde en los que tuvo pocos cambios desde los días de la posguerra.

Las charolitas plateadas en las que temblaban las tazas de café servidas por meseros vestidos de blanco y negro, e incluso los ceniceros sobrevivieron al paso del tiempo. Aunque el personal terminó por retirar los ceniceros en los últimos años y no por las leyes contra el humo de Viena sino por orden de Hawelka, que se mantenía vigilante desde su sillón en la parte trasera del café.

A pesar de que sus visitas eran cada vez más raras, cuando se acercaba a los 100 años, Hawelka se aseguraba de dejar en claro quién estaba al mando.

"Sigue siendo nuestro director general", dijo su nieto Michael Hawelka este año. "Cuando está aquí es el jefe".

La ministra de cultura austriaca Claudia Schmied lo describió el jueves como "una leyenda de la cultura del café".

Hijo de un zapatero, Hawelka abrió la cafetería en 1938, pero tuvo que cerrarla un año después cuando lo reclutó el ejército de Hitler. Sobrevivió al letal frente soviético y reabrió el negocio en 1945, para recibir a una clientela hambrienta y fría.

"Tan pronto como vieron que salía humo de la estufa entraron", dijo Hawelka a The Associated Press en una entrevista del 2001. "Era un signo de que nosotros, por lo menos, teníamos calidez. Algunos de ellos se sentaban todo el día frente a un vaso de agua para poder sentir calor".

En medio de las máquinas de expresos y las pláticas en las mesas, Hawelka recordaba levantarse antes del amanecer, caminar por dos horas a los bosques y regresar con un saco lleno de madera para mantener la estufa prendida.

La penuria era tal que los Hawelka tenían que contrabandear cigarros en esos días, mientras que recordaban que con los títulos y las posesiones perdidas, el príncipe de Liechtenstein y otros miembros de la realeza austriaca daban audiencia en el Café Hawelka y vendían todo lo que habían podido ocultar, alfombras, pinturas y lo que los nazis y los soviéticos no se llevaron.

Hasta la muerte de su esposa, a los 91 años en 2005, la pareja trabajaba hasta 14 horas al día. El abría temprano y ella cerraba a las 2:00 a.m., después se ponía a leer hasta el amanecer.

Aunque sus familiares (la pareja tuvo dos hijos) se hicieron cargo del negocio en los últimos años, Hawelka solía no dejaba de ir al café. Para su centésimo cumpleaños estaba demasiado débil como para ir a su fiesta el 11 de abril del 2011, pero colocaron un retrato de él sonriendo sobre su sillón para recordarle a los clientes su compromiso con su bienestar.

En esa fecha los viejos clientes recordaron el lugar especial que tenía el Café Hawelka en sus corazones.

"Era mis sala cuando estaba en Viena", dijo Robert de Clercq, un holandés de 75 años que conoció por primera vez a Hawelka hace 42 años.

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