Traductora de García Márquez expresa frustración

NUEVA YORK ( AP). Si usted es admirador de Gabriel García Márquez o ha comprado la última edición de " Don Quijote" en inglés, probablemente reconozca el nombre de Edith Grossman.

Grossman tradujo al inglés el " Don Quijote", así como " Amor en los tiempos del cólera" y otros libros de García Márquez. Hace una buena vida y es considerada una figura de renombre en una profesión que alguna vez ejercieron también grandes estrellas de la literatura, como Alexander Pope, Ezra Pound y Saul Bellow.

Grossman, no obstante, es la excepción, no la regla. La mayoría de los traductores de libros pasan inadvertidos y ganan poco. A menudo, igual que los escritores fantasma, cobran una tarifa fija y no reciben derechos de autor. Los críticos de libros los ignoran y apenas los mencionan, diciendo que hicieron una traducción " apropiada", algo que irrita sobremanera a Grossman.

" 'Traducción apropiada'... ¿Qué quiere decir eso? ¿Comparado con qué?", pregunta Grossman, cuyo trabajo " ¿Por qué las traducciones son importantes?" está a punto de ser publicado por la editora de Yale, la Yale University Press. " El crítico obviamente no puede leer español. ¿Cómo sabe si la traducción es apropiada o no? Citan largos pasajes para destacar el estilo del autor y ni mencionan al traductor".

Un estudio de la firma investigadora R.R. Bowker indicó en el 2005 que apenas un 3% de los títulos publicados en Estados Unidos anualmente son traducciones de otros idiomas. En Europa occidental, más del 10% son traducciones.

Escritores premiados con el Nobel de literatura como Jean-Marie Gustave Le Clezio y Herta Mueller son prácticamente desconocidos en Estados Unidos, en buena medida porque no se han publicado sus libros en inglés. También se sabe poco aquí del novelista libanés Rabee Jaber, el vietnamita Ho Anh Thai y el alemán Uwe Johnson, quienes son muy conocidos en otras regiones.

Las razones de esto son de orden cultural y comercial. El inglés es el idioma más leído del mundo, por lo que es lógico que haya un mayor porcentaje de libros en inglés en circulación. Por otro lado, Estados Unidos es un país geográficamente muy alejado del resto del mundo y cuesta generar interés en obras extranjeras.

" Pareciera que el público estadounidense es alérgico a ciertos tipos de libros. Si la gente piensa que es una traducción, inconscientemente creen que es algo que no necesitan leer", manifestó Daniel Halpern, director editorial de Ecco Press, la rama de HarperCollins que encargó a Grossman la traducción del Quijote.

" Mucha gente en el mundo editorial no quiere saber nada de traducciones, porque generan mucho trabajo adicional", comentó el editor Jonathan Galassi, de Farrar, Straus & Giroux, que ha publicado numerosas traducciones.

" Pero el problema es más complejo: Si un 20% de los libros que publican todas las editoriales fuesen traducciones, la mayoría de ellos no se leerían" porque al lector estadounidense no le interesan esas obras, expresó Galassi.

Susan Bernofsky, copresidenta del comité de traducciones de PEN, dice que el deterioro de la economía hace que resulte más difícil publicar libros extranjeros, porque nadie quiere correr riesgos.

El editor de la revista literaria Open Letter Chad Post sostiene que lo que sucede no es que se estén publicando menos libros extranjeros, sino que no son publicados por editoriales grandes.

" Hay mucha literatura internacional buena, pero es publicada por editoriales pequeñas, a veces universitarias", destacó Post. " Y la mayoría de estos libros no reciben mucha publicidad ni les dan espacio destacado en las librerías".

Una obra traducida puede generar buenas ventas si recibe una publicidad adecuada. El " Don Quijote" de Grossman vendió más de 100,000 ejemplares, según la firma medidora Nielsen BookScan.

También han vendido bien autores extranjeros como el chileno Roberto Bolaño, el sueco Stieg Larsson y la novela " La elegancia del erizo" de la francesa Muriel Barbery.

" Novela como las policiales escandinavas o el realismo mágico sudamericano venden porque ofrecen un estímulo intelectual comparable al de las mejoras obras en inglés", afirmó Kent Carroll, cuya editorial Europa Editions publicó " La elegancia...", traducida por Alison Anderson.

Halpern dice que el mercado es el de siempre: " Uno o dos libros son grandes éxitos, la mayoría no venden nada, y algunos tienen ventas razonables de 10,000 a 15,000 ejemplares".

Las traducciones toman tanto o más tiempo que el original. Cuesta encontrar las palabras justas, el ritmo indicado, fidelidad y sentimiento, el equilibrio justo entre la traducción literal y los cambios necesarios para expresar lo que quiere decir el autor, sin que se pierda su voz.

Grossman, quien tiene 74 años, se inició en el mundo de las traducciones cuando un amigo que editaba la revista Review le pidió que tradujese un cuento del argentino Macedonio Fernández. Inicialmente se negó, porque se consideraba una crítica, no una traductora. Pero el amigo insistió.

" Acepté, por curiosidad en torno a este escritor tan excéntrico y al proceso de traducir", relató. " Para mí sorpresa, descubrí que lo disfruté mucho más que lo que hubiera pensado y era algo que podía hacer desde casa, lo que me resultó, y me sigue resultando, muy atractivo".

La pieza, que en inglés de llamó " The Surgery of Psychic Removal", se publicó en 1973. Posteriormente tradujo obras de García Márquez, Mario Vargas Llosa, Ariel Dorfman y Mayra Montero. Su versión del Quijote, publicada en el 2003, incluye una introducción del crítico Harold Bloom, quien la considera la mejor traducción al inglés de las andanzas del caballero errante y su amigo Sancho Panza.

Grossman sueña con traducir algún día " El ingenioso hidalgo y poeta Federico García Lorca asciende a los infiernos", de Carlos Rojas.

" Es una novela espectacular", dice la traductora. " Tiene una estructura maravillosa en la que el infierno es un espiral infinito y uno camina junto a un corredor, con todas estas puertas, y detrás de cada puerta hay un pequeño teatro en el que hay una persona sentada, sola, viendo su vida, una y otra vez".

Es un libro difícil, pero ante el entusiasmo de Grossman, Yale decidió publicarlo.

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