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Un "annus horribilis" para los eternos presidentes africanos

Casi cuatro décadas de liderazgo ininterrumpido vieron su fin en 2017 con la salida del poder de Dos Santos en Angola o Mugabe en Zimbabue, lo que sumado a los problemas a los que se enfrentan los presidentes de Camerún, RD Congo y Togo, cierra un 'annus horribilis' para los eternos presidentes africanos.

El año comenzó con la caída de Yahya Jammeh, que había gobernado Gambia con puño de hierro desde 1994 hasta finalmente reconocer su derrota electoral en enero de 2017, más de un mes después de negarse a abandonar el poder, tras lo que se refugió en Guinea Ecuatorial, el país del presidente más longevo del mundo, Teodoro Obiang Nguema.

Jammeh, golpeado por la democracia, abrió la veda para la caída de algunos de sus homólogos más veteranos, como el angoleño José Eduardo dos Santos, que anunció que dejaría la presidencia que ostentaba desde 1979, poniendo fin a una era marcada por una larga guerra civil (1975-2002).

El caso de Dos Santos es una excepción, ya que muchos de los líderes que abandonan voluntariamente el poder se encargan de dejarlo todo atado para que su gente y su legado no pierdan su posición: de hecho, el nombramiento del ministro de Defensa, João Lourenço, como candidato presidencial de su partido, parecía confirmar esta regla.

Dos Santos se concedió un puesto en el Consejo de Estado que le garantiza inmunidad, blindó a los jefes de la Policía, el Ejército y los servicios de inteligencia y dejó a su hija Isabel al frente de la petrolera estatal Sonangol y a su hijo José Filomeno al mando del fondo soberano nacional.

Como era de esperar, Lourenço ganó los comicios, pero tanto durante la campaña como en su investidura hizo hincapié en la lucha contra la corrupción, uno de las principales lacras de la era Dos Santos: "Nadie estará por encima de la ley".

Mientras algunos pensaban que solo se trataba de retórica, la realidad es diferente: no tardó ni tres meses en despedir a Isabel dos Santos -la mujer más rica de África- como presidenta de Sonangol y a los jefes de la Policía y de los servicios de inteligencia que Dos Santos se había encargado de blindar.

El caso más destacado de 2017 es el de Robert Mugabe, que pasó de ser un héroe del poscolonialismo africano a un sátrapa que, a sus 93 años, estaba convencido de seguir gobernando Zimbabue.

Dos semanas antes de su dimisión, nadie habría apostado a que sus tradicionales aliados del Ejército se alzarían contra él y que hasta el propio partido que fundó lo abandonaría hasta el punto de cesarlo como su número uno y plantear un proceso de destitución para echarlo de la Jefatura de Estado.

Fueron las ambiciones de la primera dama, Grace Mugabe, de convertirse en su sucesora en el poder, las que desencadenaron la acción militar y la caída de su marido al forzar la destitución del vicepresidente Emmerson Mnangagwa, un veterano de guerra con fuertes lazos con las Fuerzas Armadas que, irónicamente, acabó reemplazando a Mugabe al frente de su partido y del país.

Las caídas de estos dos iconos de la longevidad gubernamental sin duda habrán puesto en alerta a líderes como Faure Ñasingbé (Togo) o Joseph Kabila (República Democrática del Congo); ninguno de ellos lleva tantos años al frente de sus respectivos gobiernos pero recibieron el puesto en herencia tras las muertes de sus padres.

En ambos países la oposición se hace oír cada vez más en las calles y exigen sus salidas del poder: en el caso de Kabila, con la anticipación de unas elecciones fijadas para diciembre de 2018, dos años después de su fecha original, para retrasar su adiós al no poder presentarse a un tercer mandato.

Más difícil lo tiene el togolés, al que se le exige una vuelta a la Constitución de 1992, que limita a dos el número de legislaturas para un presidente, mientras que Ñasingbé está en la tercera legislatura tras ganar los comicios de 2005, 2010 y 2015.

Por su parte, el camerunés Paul Biya, presidente desde 1982 (a lo que se suma siete años previos como primer ministro), se enfrenta a un resurgimiento del independentismo en las provincias anglófonas del país, cansadas de su marginación ante la comunidad francófona.

Sin embargo, no todos los miembros del club de líderes sempiternos se encuentran en problemas: en la República del Congo, el presidente Denis Sassou-Nguesso, en el poder desde 1997 (y, anteriormente, entre 1979 y 1992), repitió victoria electoral el año pasado con más del 60 % de los votos.

El partido del ecuatoguineano Obiang -presidente desde 1979- también arrasó en las legislativas de este año, dejando tan solo un escaño a la oposición en la cámara baja y quedándose con todo el Senado.

El ugandés Yoweri Museveni (presidente desde 1986) va camino de retirar el límite de edad para mantenerse en el poder, y sus homólogos en Eritrea, Isaias Afewerki, y en Chad, Idriss Déby, parecen continuar sus mandatos de 26 años sin signos de debilidad.

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