Banda neoyorquina torturaba a narcos rivales para robarles

NUEVA YORK (AP). Ataban a sus víctimas con cinta adhesiva de tela, los golpeaban y apuntaban a sus cabezas con armas de fuego. Cuando eso no funcionaba, los bandidos les ponían pinzas en sus genitales, o quemaban las plantas de sus pies con hierros candentes. En otras ocasiones, mantenían las cabezas de sus víctimas sumergidas en agua, en una bañera.

Los fiscales dijeron que esas torturas eran practicadas por una pandilla neoyorquina cuyos miembros se hacían pasar por policías y robaban a narcotraficantes de bandas rivales en la costa Este, despojándolos de dinero y de cocaína. Durante su actuación, la banda obtuvo más de 748,44 kilos (1,650 libras) de cocaína por un valor aproximado a los 20 millones de dólares, además de 4 millones de dólares en efectivo. Al menos 100 personas fueron lesionadas por miembros de la banda.

La banda "era imponente en el alcance de sus crímenes y en el peligro que significaba para nuestras comunidades", dijo el fiscal Benton Campbell al anunciar cargos contra el dominicano Franklin Acosta de Vargas y otros hace algunas semanas.

Documentos de tribunales y una reciente entrevista con un investigador permiten examinar el accionar de la banda y del indocumentado que dirigió sus operaciones durante más de tres años.

Acosta De Vargas, de 36 años, se declaró inocente de los cargos de robo, asociación ilícita y narcotráfico, entre otros crímenes. Podría ser condenado a 40 años de cárcel, o a cadena perpetua, si es condenado. Su abogado se negó a formular comentarios.

Acosta De Vargas se distinguió "por realizar los robos con gran profesionalismo, con paciencia y con el mayor control posible", dijo el investigador, que formó parte de un equipo de la agencia antidrogas DEA, que trabajó de manera conjunta con la policía de la ciudad y del estado de Nueva York. El funcionario pidió no ser identificado pues tiene prohibido hablar públicamente del caso.

Acosta de Vargas, un ciudadano dominicano, tuvo su primer problema con las autoridades federales en el 2000, cuando se lo acusó de tráfico de heroína. Fue deportado un año más tarde.

Pero a fines de 2003, dijeron investigadores, retornó a Estados Unidos y usó tácticas que parecen sacadas de un manual de la policía. Su banda pagó a informantes para que les ofrecieran los nombres y paraderos de los narcotraficantes que actuaban en la ciudad de Nueva York. Luego de eso, sus hombres efectuaron vigilancia de sus presas durante días o inclusive semanas. En ocasiones usaron dispositivos de seguimiento vía satélite, y una computadora.

Una vez la banda tenía conocimiento de la rutina cotidiana de sus potenciales víctimas, usaba patrulleros policiales falsos equipados con luces y sirenas para detenerlas en algún sitio, esposarlas y llevárselas, dijeron las autoridades. Los interrogatorios y las torturas se efectuaban en escondites conocidos como "huecos".

Documentos de corte indicaron que la banda amarraba a las víctimas con cinta adhesiva de tela, las golpeaba, y les apuntaba con armas de fuego a la cabeza para que brindaran información.

En otras ocasiones, la banda ingresaba al hogar de las víctimas identificándose como policías, y luego mantenía a toda la familia cautiva durante días. En una oportunidad, 17 personas fueron capturadas al mismo tiempo por la banda.

Una víctima denunció que durante un secuestro en el 2005, dos miembros de la pandilla le aplicaron "un par de pinzas a sus testículos y amenazaron con apretar las pinzas si la víctima no hablaba", señalaron documentos de corte. El investigador dijo que la banda también usó hierros candentes para colocarlos en las plantas de los pies de víctimas.

Una vez obtenida la información, los bandidos se marchaban con el dinero. La cocaína era revendida en las calles de Nueva York.

Los delincuentes ampliaron luego su radio de acción a Massachusetts, Pensilvania, Carolina del Norte y Florida. El investigador dijo que en ocasiones, algunas de las personas que habían sido robadas "terminaron trabajando para (la pandilla) porque estaban muy impresionadas" con su accionar.

Pese a su éxito, Acosta de Vargas nunca vivió de manera extravagante, dijo el investigador. Sólo tenía una debilidad: el whisky Johnnie Walker Etiqueta Azul, que se cotiza a 200 dólares la botella.

Y su debilidad por el alcohol le costó algo más en el 2006, cuando policías en el condado de Queens detuvieron su vehículo bajo sospechas de que manejaba ebrio. En declaraciones ante un tribunal, alegó estar desempleado y vivir con una novia, y que ella pagaba los 1,450 dólares de su renta.

Cuando Acosta de Vargas fue a parar a la cárcel, uno de sus lugartenientes, Rudy Martínez, mantuvo la operación en marcha, señalaron documentos de la corte. Pero, para ese entonces, también Martínez se hallaba bajo vigilancia policial.

A comienzos de 2007, Martínez se proponía robar a un narcotraficante que tenía varias libras de cocaína y algunos miles de dólares en efectivo. Pero, según documentos de la corte, un grupo de agentes que lo estaban siguiendo lo arrestaron antes de que secuestrara y robara a su potencial víctima.

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