Brasil: Violación de menor en cárcel no genera indignación

ABAETETUBA, Brasil (AP). Fue un acto deleznable que repercutió incluso en el exterior: Una niña de 15 años detenida por un robo menor fue dejada varias semanas en una celda con 21 hombres, que la violaron y torturaron, y le permitieron comer sólo si mantenía relaciones sexuales con ellos.

Desde la calle se escuchaban sus gritos, pero la policía no intervino por 24 días. Lo hizo recién cuando alguien la pasó el dato a la prensa.

El gobernador del estado de Pará, legisladores y el propio presidente de la nación prometieron erradicar los problemas que el episodio sacó a la luz: la corrupción e ineficacia de la policía y un sistema carcelario en el que con frecuencia se mezcla a hombres y mujeres.

La cárcel en cuestión fue demolida. Diez policías y funcionarios penales y dos reos están siendo juzgados y podrían ser condenados a hasta 20 años de prisión por tortura y violación.

Pero a casi un año, sorprende la naturalidad con que la gente habla del episodio en este puerto fluvial de 78,000 habitantes en la boca del Amazonas, en el que abunda la gente de paso que busca drogas y prostitutas.

"Era la tercera vez que iba a la cárcel. La única diferencia es que en esta ocasión alguien se dio cuenta de lo que sucedía", afirmó Selma Pinheiro Serrano, una prostituta de 23 años que conocía a la muchacha.

Pará, un enorme estado amazónico que se extiende desde la costa del noroeste de Brasil hacia el interior, sigue contando con apenas seis celdas para mujeres en sus 132 centros de detención.

La jueza Clarice Maria de Andrade, quien aprobó la detención de la niña, fue transferido a otra jurisdicción, sin recibir siquiera una amonestación.

Las investigaciones judiciales se están llevando a cabo a puertas cerradas porque la víctima era una menor y no es seguro que generen condenas.

La región del Amazonas está llena de historias como esta, en las que la falta de oportunidades y la impunidad reinante se combinan para facilitar todo tipo de comportamientos ilegales, incluida la destrucción del medio ambiente, la ocupación de tierras, los asesinatos por encargo, la virtual esclavitud de los trabajadores y un desinterés total en los derechos humanos de las personas.

"Le pasó a esta niña, pero le pudo suceder a cientos de mujeres en esta ciudad", expresó el obispo católico romano Flavio Giovenale, quien ha recibido amenazas de muerte por denunciar la complicidad de algunos policías con el crimen organizado.

Giovenale afirma que estos abusos son tan comunes en Abaetetuba que cuando el Consejo de Guardianes, que vela por el bienestar de los menores, denunció que había una niña encerrada en la cárcel, el jefe de la policía se negó a excarcelarla. El jefe policial está siendo investigado y no ha hablado en público del caso. Ante la falta de respuesta de las autoridades, el Consejo de Guardianes llevó al asunto a la prensa.

Serrano dice que ella tiene una historia parecida a la de la muchacha, quien no ha sido identificada porque fue violada. Ambas dejaron sus casas porque sus padrastros abusaban de ellas y comenzaron a vivir en la calle, entre prostitutas, maleantes y traficantes de drogas.

El índice de desempleo en Abaetetuba asciende al 70% y pocas escuelas ofrecen clases más allá del quinto grado de primaria. Los adolescentes se dedican con frecuencia a la venta de drogas y la prostitución, y se exponen de paso al abuso policial.

Cuando estalló el escándalo, la gobernadora Ana Julia Carepa admitió que la policía a menudo detiene a mujeres con el único fin de darle gratificación sexual a los presos. "Es una práctica desafortunada que lamentablemente lleva cierto tiempo", señaló.

Se comprometió a combatirla. Pero mientras se construyen nuevas cárceles, las mujeres son transferidas a otros penales más distantes. Amnistía Internacional dice que ello mejora sus condiciones de vida, pero las aleja más de sus seres queridos.

Abaetetuba es una escala importante de la cocaína colombiana que se dirige a Suriname y Guyana para seguir rumbo al norte.

Alrededor de la plaza central abundan los sitios donde se venden drogas, a residentes y a gente de paso.

"Un niño de diez años que vende drogas puede ganar lo suficiente como para mantener a su familia", afirmó la trabajadora social Gorette Correia Sarges. "En esos casos, un padre no va a interferir".

Muchas casas semiderruidas en las inmediaciones de la plaza central son usadas como burdeles.

Niñas en sandalias, pantalones cortos y camisetas ajustadas venden sus cuerpos por el equivalente a seis dólares.

Otras van en canoa hasta los barcos anclados en las inmediaciones que cargan aluminio y cobran 12 dólares por prostituirse.

Fue en este ambiente en que resultó detenida la muchacha de 15 años por ingresar a una vivienda el 21 de octubre del 2007.

Pocos días después de que estalló el escándalo, comenzaron a circular informes de mujeres detenidas junto a hombres a lo largo y ancho de Brasil, incluido un caso en el que una mujer de 23 años compartió una celda con 70 hombres en Paraopebas, en el sur de Pará.

Ninguna de las niñas que se encontraban en los muelles de Abaetetuba dijo haber sido encarcelada con hombres, pero varias describieron la celda en la que fue retenida la muchacha y un corredor sin baño al que eran enviadas las mujeres.

Nadie expresó solidaridad con la muchacha porque era una ladrona, algo que ellas jamás harían.

Andre Franzini, coordinador de la Pastoral Juvenil de la Iglesia Católica, dijo que eso no es cierto.

"Muchas de estas niñas roban. La única diferencia es que a ella la atraparon", manifestó.

Cuando fue detenida, nadie reclamó por la muchacha pues sus padres estaban separados y no vivían en la ciudad, dijo el religioso.

La muchacha le dijo al diario O Estado de Sao Paulo que además de ser violada en reiteradas ocasiones, fue torturada con cigarrillos en los dedos y los pies. Los reos le afeitaron el cabello para que diese la impresión de que era un hombre.

Cuando fue liberada, Franzini la acompañó a la fiscalía para que hiciese su denuncia y luego al aeropuerto para que viajase a Brasilia, donde quedó bajo el amparo de un programa de protección de testigos.

"Tuvo que relatarle su historia a varios fiscales y siempre fue coherente. Dijo quién le afeitó el cabello, quien mantuvo relaciones sexuales con ella, quien no lo hizo y quien le quemó las manos y los pies con cigarrillos", manifestó Franzini.

Agregó que tiene entendido que la muchacha completó exitosamente un programa de desintoxicación, dejó de consumir drogas y está estudiando en un sitio no revelado.

Pero otras muchachas como Serrano difícilmente salgan adelante.

"A veces me voy al campo y trato de no consumir nada, pero después de algunos días no lo soporto", declaró la mujer. "Soy una adicta y de la única forma que puedo pagar (por la droga) es con mi cuerpo".

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