Hitler vive en Uruguay con Blanca Nieves y Tarzán

Montevideo ( EFE). Si Hitler levantara la cabeza jamás imaginaría que varias personas usan su apellido como nombre de pila en Uruguay, donde una regulación insuficiente y la inventiva popular han dejado registros tan sorprendentes como Napoleón, John Kennedy, Blanca Nieves, Einstein, Tarzán, Préstamo, Oxígeno o Demencia.

En pleno siglo XXI y a miles de kilómetros de Alemania el fantasma del dictador nazi pareció vagar este mes por el país sudamericano cuando en la pequeña ciudad de Tacuarembó, en el norte uruguayo, un hombre de 70 años mató de un tiro a su pareja de 38 y luego se suicidó.

Una nota más en la sección de sucesos de no ser porque el autor del crimen se llamaba Hitler Aguirre Fuentes, un nombre que legó a su hijo y que comparte con al menos otros tres compatriotas, cada cual con una curiosa historia detrás.

Uno de ellos, Hitler Ignacio Da Silva, de 71 años y oriundo del departamento de Rivera, fronterizo con Brasil, explicó hoy a Efe que debe el nombre a su padre, policía de profesión y que, no contento con ello, intentó registrar a su hermano como Mussolini pero la madre de los niños lo impidió, recuerda.

Da Silva, que junto con Aguirre llegó a protagonizar un documental llamado "Dos Hitleres", asegura que nunca quiso cambiarse el nombre pese a las peleas que le ocasionó de niño y a que en un viaje a Buenos Aires varios hoteles se negaron a admitirlo.

En el caso de Hitler Gayoso, de 75 años y que vive retirado en la capital uruguaya, la responsable fue su madre, una humilde mujer de campo que tuvo 12 hijos. El diario de la época su fuente de inspiración.

" Pensó que era un nombre lindo", la justificó Gayoso, que en el algún momento pensó en acudir a un juzgado para cambiárselo pero no lo hizo porque antiguamente " era muy complicado".

Juan Hitler Porley, de 67 años y residente en San José, departamento vecino de Montevideo, explica su suerte por haber nacido en 1943, en plena Guerra Mundial.

" Solamente a mis padres se les ocurrió, sería porque les gustó como sonaba. Ni idean tenían. Me pusieron Hitler como me podrían haber puesto el nombre de un cantante famoso de la época", relata.

La razón de este curioso fenómeno, según el director del Registro Civil uruguayo, Adolfo Orellano, es que durante la primera mitad del siglo pasado, cuando el esplendor económico de Uruguay abrió sus fronteras a un torrente de cultura desde distintas partes del globo, "no había ningún control en la inscripción de los nombres".

Por ello es fácil encontrar en la guía telefónica singularidades tales como Tarzán, Napoleón, María Placer, Desdichado, Pacífico, Remember, Ermitaño, Waterloo, Addisabeba, Oscar Wilde, Einstein, Repúblico, Kremlin, Blanca Nieves y John Kennedy.

Los arrebatos futboleros de los padres han dejado también joyas como Victoria Celeste o Dosauno, por el campeonato del mundo que Uruguay ganó en 1950.

La fiebre ha renacido tras el Mundial de Sudáfrica, en que la selección fue cuarta, como lo demuestra la reciente inscripción de un Mario Abreu, por el delantero Sebastián Abreu, y el intento de registrar a una María Vuvuzela.

Según Orellano, en los años ochenta se promulgó una ley que prohíbe los nombres " extravagantes, inmorales, ridículos o que generen equívocos respecto al sexo", pero la decisión final de inscribir a un ciudadano recae todavía en los funcionarios del Registro Civil, intérpretes últimos de la norma.

Por ello, el año próximo se enviará un proyecto de ley al Parlamento para dotarles de una detallada reglamentación que impida valoraciones erróneas.

" Una cosa es la libertad y otra cosa es el libertinaje. El nombre debe ser una denominación y no una carga en el futuro para el niño", argumentó Orellano.

El periodista y humorista uruguayo Jorge "Cuque" Sclavo tiene constancia de otros casos sonados, como el de Potranca Divina y Gaucho Punteador, o el de una persona que llegó a tener 19 nombres.

Aunque el premio se lo lleva Ábranse Los Tribunales, escogido por la leyenda que aparecía en el calendario, en el lugar en que iba el nombre del santo, el día en que concluían las vacaciones judiciales, dijo a Efe Sclavo, que recientemente publicó el libro "Desde el paraíso", sobre los viejos tiempos de gloria del país.

El fenómeno se daba sobre todo entre " la gente que vivía en el interior del país, a la que no se le ocurría ningún nombre y apelaba a lo que leía en el almanaque", aunque también entre " algunos tipos que habían ido al registro con la borrachera encima por la euforia del nacimiento de su hijo", concluye.

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