Inmigrantes hispanas que bailan en bares denuncian abusos

NUEVA YORK (AP). Mientras las luces de neón iluminan la pista de baile de un centro nocturno en penumbra, un grupo de jóvenes latinoamericanas se sienta a las mesas. Beben gaseosas y esperan a que los hombres se acerquen y les ofrezcan dinero.

A cambio de dos dólares, las mujeres acceden a bailar una pieza con el cliente. Por 10 dólares pueden bailar una tanda de canciones. Y si el pago es de 40 dólares, el baile se prolongará durante una hora.

La escena es común en algunos vecindarios de inmigrantes en la ciudad de Nueva York. Estos locales proporcionan una fuente de empleo para mujeres inmigrantes y una opción para los hombres, que dejaron sus hogares para llegar a Estados Unidos y buscan compañía en los bares.

La forma de entretenimiento es perfectamente legal, las bailarinas no son desnudistas ni ofrecen prostituirse, y a lo más que llegan es a tomar de la mano a sus clientes.

Pero algunas mujeres dicen que los clubes tienen un lado más oscuro. Se quejan de condiciones de explotación, hostigamiento sexual por parte de los clientes e incluso violencia.

Una bailarina de 24 años fue muerta a tiros recientemente en Queens, y uno de los locales más grandes de este tipo en la ciudad es ahora objeto de una investigación federal.

Para muchas bailarinas, el estigma de trabajar en esos clubes representa el mayor problema.

"Algunas veces, la gente o los clientes dice que somos prostitutas, pero no lo somos. Sólo bailamos", dijo Tania Zárate, bailarina de un club en Queens.

La forma de bailar puede ser más o menos sensual en algunos lugares. Algunos clubes exigen que las bailarinas utilicen uniformes entallados. En otros centros, visten con pantalones vaqueros y camisetas. También hay personal de seguridad, para controlar a los clientes que se propasan.

Muchos de estos lugares no pueden considerarse clubes nocturnos en el sentido estricto del término. Son bares que cuentan con una pista, donde las mujeres reciben dinero a cambio de bailar con alguien.

Zárate, de 35 años y originaria del estado mexicano de Veracruz, usaba una minifalda de mezclilla, una blusa blanca y mallas del mismo color, durante una noche reciente. Relata que regresó a bailar después de renunciar al trabajo para probar su suerte en otras actividades laborales, que sin embargo concluyeron.

A Zárate no le alegró volver a su trabajo de bailarina.

"No, después de haber venido desde mi país, no me gusta trabajar en esto", dijo la mujer. "Algunas veces una baila con un tipo y luego no quiere pagar".

La idea de mujeres que bailan con un hombre a cambio de dinero tiene una larga tradición.

Durante la Depresión, los hombres en muchas grandes ciudades iban a los salones "taxi-dance" y pagaban a cambio de bailar. En aquel entonces, cada pieza costaba 10 centavos, y la mayoría de las mujeres provenía de Europa Oriental.

Hoy, las mujeres vienen de México, Ecuador, Colombia, República Dominicana y otros países latinoamericanos. Suelen ser madres solteras que emigraron para apoyar económicamente a la familia que dejaron en su país de origen.

Carla Ramírez, de 26 años, casada y con tres hijos, dijo que comenzó a bailar en un club poco después de llegar de su natal Ecuador. Añadió que le oculta su verdadero trabajo a su esposo.

"El piensa que trabajo en un restaurante", dijo. "No le gustaría que yo bebiera o bailara con otro hombre".

Los hombres con quienes baila en un club en Queens son en su mayoría jornaleros latinoamericanos. Otros son albañiles, jardineros y trabajadores de restaurantes. Muchos llegan a los clubes todavía con sus botas y pantalones de trabajo, manchados de pintura o lodo.

Un jornalero de 41 años, quien pidió que se le identificara sólo como Emilio, pues no quiere que se sepa que frecuenta los clubes, dijo que algunas veces gasta cientos de dólares por noche, bailando, bebiendo y haciéndose acompañar por las mujeres.

"Cuando un hombre está solo, busca a alguien con quien hablar y con quien pasar el tiempo", explicó.

Ramírez dijo que algunas veces se preocupa por la seguridad.

"Hay veces que los hombres beben, comienzan a pelear y se lanzan botellas", explicó, pero añadió que el club donde trabaja tiene personal de seguridad.

La necesidad de seguridad quedó de manifiesto en diciembre del 2007, cuando Adriana Valderrama, de 24 años, murió baleada, mientras que su compañero de baile resultó lesionado. Nadie ha sido detenido por el asesinato de la joven, quien bailaba en el Tulcingo Cafe, y los investigadores creen que el atacante huyó a México.

Los dueños del bar no respondieron a las llamadas para hablar del tema.

Las bailarinas enfrentan otros riesgos, como la explotación laboral.

Una demanda contra el Flamingo, un club nocturno de música tropical en Queens, señala que los dueños del bar no pagaron salarios ni horas extra, colocaron un sistema de video en un vestuario para vigilar a las bailarinas y les ordenaron pagar tarifas de hasta 11 dólares para entrar al lugar, además de sancionarlas con multas si llegaban tarde o faltaban un día.

La ex bailarina colombiana Diana Trejos, una de las personas que presentó la demanda, dijo que las mujeres debían cumplir obligaciones de empleadas, incluidas horarios, presentación de justificantes médicos si faltaban al trabajo por enfermedad, y tenían que comprar uniformes para celebraciones especiales.

"Todo esto estaba controlado", dijo Trejos, de 40 años.

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