Bruselas finalmente decide restaurar su histórico centro

BRUSELAS (AP). En 1848, Karl Marx y Friedrich Engels escribieron su "Manifiesto Comunista" _ "un espectro recorre Europa _ el espectro del comunismo" _ en un cabaret con una vista a la espectacular Grand Place, o Plaza Mayor de Bruselas.

El comunismo vino y se fue y el cabaret es ahora un restaurante, aún llamado "El Cisne". Si Marx y Engels viesen algún espectro aquí hoy, sería seguramente el de la cursilería urbana que con los años ha invadido la plaza central de Bruselas.

La Grand Place, exquisitamente conservada, es un patrimonio cultural de la humanidad que deslumbra a visitantes todo el año, pero en el laberinto de estrechas calles y callejones que le rodean, la belleza de un cielo de Magritte enmarcando viejos gabletes flamencos se rinde muy pronto a la fealdad de años de descuido en la planificación municipal.

Entre al Marche aux Fromages y se encontrará con un chabacano "Callejón del Kebab" donde bajo luces de neón se amontonan restaurantitos griegos que sirven sandwiches de pita; donde el Hotel Mozarts, inescrutablemente, mezcla la Viena Vieja con decoraciones norafricanas exageradas; donde palmas plásticas adornan la Pizzeria Veneziana.

En la Rue de la Colline, tiendas de chocolate venden marcas desconocidas para la mayoría de los belgas.

La Rue des Eperonniers tiene una tienda nocturna llena de grafiti, un salón de tatuajes y el restaurante "Belgian Frit'N Toast": un emporio de la comida grasosa cuya fachada amarilla no mejora en lo más mínimo gracias a una bolsa enorme y sonriente de papas fritas.

"Lo que vemos hoy es una declinación visible en la calidad de un área histórica alrededor del Grand-Place", dijo Christian Ceux, concejal de Bruselas para planificación urbana.

En una entrevista reciente, Ceux afirmó que la municipalidad planeaba imponer muy pronto restricciones severas al diseño en las actividades comerciales en un área de 3,9 kilómetros cuadrados alrededor del Gran-Place. Una ordenanza a esos efectos será implementada para finales del año.

Los carteles anunciadores y los menús exteriores serán limitados en número y tamaño. Los toldos y parasoles solamente podrán ser rojos con verde, los colores de Bruselas.

Serán prohibidos los anuncios de neón, al igual que los marcos ventanales de poliéster, cristales reflejantes, acondicionadores de aire exteriores, banderolas, guirnaldas y luces intermitentes en los textos.

Los planes incluyen pasos para alentar a la gente a vivir de nuevo en el corazón histórico de la ciudad. "Las escaleras selladas con ladrillos serán reabiertas para que los pisos superiores puedan ser convertidos en apartamentos de nuevo", dice Ceux.

El objetivo es restaurar la dignidad a edificios centenarios que hoy están engalanados con tablas estridentes, toldos sucios y fachadas abiertas para dejar espacio para cada vez más mesas y sillas.

"Las nuevas regulaciones van a entrar en vigor lentamente a medida en que expiren los permisos de tiendas y restaurantes", dijo Ceux.

"Lo que es más importante, de ahora en adelante las autoridades garantizarán el cumplimiento de esas normas", agregó.

Hasta la fecha, la ciudad tiene reglas que se aplican de forma voluntaria. Eso ha dado resultado con el Grand-Place, pero no con los alrededores.

En ninguna parte la declinación de la Bruselas histórica es tan espectacular como en la Petite Rue des Bouchers.

La estrecha callejuela conecta el Grand-Place con el Ilot Sacre, una madriguera de media decena de calles llenas de restaurantes, muchos de los cuales limitan su menú a pizza, lasaña y espagueti.

Es mala la reputación de Petite Rue des Bouchers, donde los inspectores de leyes laborales acuden constantemente, vendedores callejeros hostigan a los transeúntes o les atraen con chocolates que la ciudad se niega a incluir en sus folletos turísticos.

Los visitantes que se informan antes de ir al área encuentran que unos pocos restaurantes se elevan por encima del desastroso nivel de calidad reinante. Entre ellos están Vincent, L'Ogenblick, Aux Armes de Bruxelles y Scheltema.

"Lo que quiero que suceda", dijo el concejal Ceux, "es que en entre cinco y 10 años los visitantes encuentren que las calles en el corazón de Bruselas son tan limpias y agradables como lo es el Grannd-Place".

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