Evacuados por incendios en Chile temen por sus hogares

El viento impedía la labor de bomberos y brigadistas que luchaban por impedir que gigantescas lenguas de fuego abrazaran unas 800 casas del balneario de Dichato. Aunque las llamas siguen vivas, sus dueños se resisten a dejar sus hogares y siguen dando pelea a los incendios forestales que consumen parte del centro sur de Chile.

El lunes temprano, las enemigas de los brigadistas en esta comuna de Portezuelo eran las empinadas y profundas quebradas de la cordillera de los Andes, que obligaron a evacuar a otras 200 familias que esperaron angustiadas el amanecer para saber si sus viviendas habían sido consumidas por los incendios que han cobrado la vida de 11 personas este mes.

Según el último balance de la Corporación Nacional Forestal (CONAF), al atardecer se combatían 61 siniestros, se habían extinguido ocho y 50 estaban controlados, lo que significa que no hay llamas, pero bajo tierra las raíces de la vegetación siguen ardiendo y cualquier ayuda del viento las reaviva.

El alcalde de Portezuelo, Rene Schuffenegger, recorrió temprano las áreas evacuadas y en declaraciones a The Associated Press señaló que tenía informes preliminares de sólo tres o cuatro viviendas destruidas.

A primera hora, varios lugareños de esta comuna trataron de detener con ramas las llamas que se acercaban a sus invernaderos, pero perdieron la batalla. En tanto, muchos bomberos están viajando a colaborar a las zonas amagadas con uniformes que no son los apropiados para combatir incendios forestales.

Ése es el caso del capitán de bomberos Jorge González y 42 voluntarios que llegaron desde Arica —en pleno desierto de Atacama— a Portezuelo, 430 kilómetros al sur de Santiago. Al ser consultado por AP, González precisó que como sus uniformes no tienen las capas necesarias para este tipo de siniestros, se quedan un poco más atrás que sus colegas de la zona.

Al atardecer, lo que empezó como un incendio de pastizales se convirtió en tres grandes focos que amenazaban tres barriadas —la mayoría de viviendas de madera— del balneario de Dichato de la comuna de Tomé, unos 470 kilómetros al sur de Santiago.

Las descargas de agua de aeronaves intentaban frenar las lenguas de fuego, mientras brigadistas construían cortafuegos y los bomberos trataban de acercarse a las llamas y los vecinos luchaban mojando sus viviendas, despejando el suelo sacando malezas.

Los lugareños de Dichato, especialmente los que vivían cerca de la costa, perdieron todo por el tsunami que siguió al terremoto de magnitud 8,8 que asoló el centro sur del país. Les costó, pero al final se pusieron de pie.

Más al norte, cerca de San Javier, la reactivación de otro siniestro amenazaba algunas casas y quemó bosques nativos de una reserva natural, así como a parte de su fauna. En Pupuya, en la comuna de Navidad, otro siniestro avanzaba rápido entre los árboles.

Entretanto, muchas familias que viven entre cerros escarpados, en medio de bosques y que no aparecen mucho en televisión como las demás áreas afectadas, empezaron a bajar hacia las orillas de las carreteras y se instalaron con pequeñas carpas y carteles que dicen: "Necesitamos ayuda".

En la localidad de Huillín, Fernando Hernández dijo que "a mí no me quedó nada, puramente lo puesto", mientras Jenny Garrido aseguró que lleva dos días a la orilla de una carretera junto a su familia y precisó que, "estamos sin luz, sin agua, sin baño".

Florinda Chamorro, con su marido y sus dos cuñados, están en una carpa individual a la espera de una mano amiga.

Las comunas y localidades más afectadas, desde donde los enviados de televisión transmiten en directo, ya no tienen donde guardar ayuda y hay temor de que se vaya a perder comida, especialmente frutas y verduras.

Unas 19.500 personas —la mayoría militares y policías— incluidos más de 500 brigadistas de más de una decena de países que viajaron a Chile a arriesgar sus vidas por ayudar a desconocidos, ya están combatiendo los siniestros que han consumido 336.520 hectáreas de la zona centro sur chilena con saldo hasta el momento de 11 muertos, según cifras del gobierno chileno.

La compleja geografía de la cordillera y miles de hectáreas de bosques quemados que mantienen el suelo ardiendo hacen que sea muy difícil la labor de los brigadistas, lo que torna vital la tarea de las aeronaves que descargan millares de litros de agua en la zona siniestrada.

El primer sobrevuelo del avión ruso Ilyushin el lunes sobre Portezuelo, junto con los anteriores del SuperTanker estadounidense —que paró sus actividades por mantenimiento el lunes— ocasionan un frenesí de alegría en tierra: la gente grita, salta, aplaude, al depositar sus esperanzas en las aeronaves que al humedecer la tierra permite que bomberos y brigadistas forestales se acerquen a los focos de fuego para intentar apagarlos.

Los incendios forestales, que recrudecieron a comienzos de año, son los peores de la historia de Chile y se ensañaron con una zona de bosques de pinos y eucaliptos —que ayudan alimentar el fuego— monocultivo impulsado por un decreto en los primeros años de la dictadura militar (1973-1990) y que nunca fue modificado. Hasta el momento han ocasionado la muerte de 11 personas.

Aunque los siniestros no avanzan tantos kilómetros como al comienzo, vuelven a reactivarse una y otra vez y centenares de personas pasan las noches en vela, al lado de baldes con agua dispuestas a defender sus casas como puedan.

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