Chile: miedo, orgullo, esperanza tras el terremoto

CONSTITUCION, Chile (AP). El remero Emilio Gutiérrez pasea turistas por el río Maule y, con disimulo, acerca su pequeña lancha a cualquier cosa extraña que flote sobre su superficie: podría ser su hijo, que desapareció sumergido por el tsunami que siguió al terremoto de 8,8 de magnitud, y que en la madrugada del 27 de febrero devastó la costa del centro sur de Chile.

Gutiérrez y miles de personas más huyeron de las zonas costeras pese a que la entonces presidente Michelle Bachelet, basada en informaciones de la armada, descartó la ocurrencia de un maremoto.

La decisión les salvó la vida. Gutiérrez huyó río arriba junto a su familia repartida en dos grupos: su padre y su hijo Emilio José, de cuatro años, en una lancha, y él, su madre y su esposa Sofía en otra. Poco después de iniciar la huída, el motor de su embarcación se fundió. Desde allí fue testigo indeseable de la desaparición de su hijo y de su padre.

"Yo ví cuando se reventó el cordel de proa y al bote se lo llevó la corriente", dijo el lanchero. "Al otro día lo encontramos (al padre) muerto, botado en la orilla, con un ramo de aromo en la mano. Tenía su brazo encogido, andaba con el niño ahí".

Un año después, Gutiérrez aún sigue buscando algún rastro de su hijo en momentos en que el pueblo chileno quiere hacer las paces con un capítulo doloroso de su vida, en medio de múltiples sentimientos encontrados: por una parte, el miedo a un nuevo tsunami es latente y es el sentimiento predominante entre los tres millones de habitantes de tres de las seis regiones afectadas. Esa zona sigue experimentando fuertes réplicas que llegan a los 7 grados de intensidad. Al miedo se suma la rabia, el luto, la frustración y el dolor de las víctimas por la pérdida o desaparición de los familiares.

Pero, por otra, los avances en la recuperación del país ofrecen optimismo, esperanza y un sentido de orgullo para los chilenos. "No hemos terminado nuestro proceso de reconstrucción, pero hemos avanzado mucho", dice el presidente Sebastián Piñera. La carretera Panamericana puede ser transitada en su totalidad, la gran mayoría de los puertos fueron recuperados y, según el Jefe de Estado, fueron rehabilitadas la totalidad de las camas de los hospitales, algunos de los cuales todavía funcionan en carpas, mientras que el 70% de las 3,700 escuelas destruidas se encuentran en proceso de reparación.

La reconstrucción de viviendas, no obstante, ha sido lenta y difícil. La labor de levantar a un país es titánica después de un cataclismo que afectó a 50 ciudades, 900 poblados y comunidades costeras, que dejó a 524 personas muertas y 31 desaparecidos y 30.000 millones de dólares en pérdidas.

En un año, el gobierno ha aprobado la entrega de 135.000 subsidios para construir o reparar casas. Desde que se adjudica el subsidio hasta que se inicia la construcción puede pasar hasta un año por los trámites burocráticos.

"En el proceso administrativo el gobierno ha sido exitoso en entregar un certificado de subsidio, pero en términos de ejecución concreta ha sido de una lentitud impresionante", dice Claudio Arriagada, presidente de la asociación de municipalidades.

En una reciente visita a Constitución, a unos 75 kilómetros al norte del epicentro del terremoto, Piñera lo admitió: "sabemos que estamos atrasados, pero no por voluntad nuestra, en materia de vivienda y en materia de salud".

De las 220.000 viviendas destruidas, la mitad se pueden reparar pero a la fecha, muy pocas se han rehabilitado. Otras 76.000 casas quedaron destruidas y como sus familias eran dueñas de los terrenos, el gobierno les instaló casas prefabricadas de emergencia.

Estos hogares, popularmente conocidos como "mediaguas" (pues están a medio construir y escasamente contienen el agua), consisten en una habitación de madera de mala calidad de 18 metros cuadrados, y un par de ventanas. Como son tan pequeños, algunas mujeres _que instalaban una cocina portátil en la mañana_ debían sacarla en las noches para poder armar las camas.

Con el tiempo, muchas familias fueron ampliando sus "mediaguas" con una segunda habitación, que costearon ellos mismos, y algunos hasta levantaron improvisados cercos de madera a su alrededor para recuperar algo de la intimidad perdida.

Otras 4.000 familias fueron ubicadas en un centenar de campamentos en las mismas ciudades donde vivían, según Francisco Irarrázabal, encargado de la unidad de "grupos críticos" del Ministerio de Vivienda. Los damnificados restantes viven temporalmente con parientes o arrendaron un nuevo lugar.

El caso del remero Gutiérrez ejemplifica el reto que afronta el país de rehabilitar tantas viviendas dañadas: el gobierno le instaló una "mediagua" en el lugar donde vivía, a pocos metros del río. Pero el frío del invierno lo ahuyentó.

"Esto es como una caja de fósforos, la mueve toda el viento, hubiera preferido estar muerto por todo lo que viví en el invierno", dijo. En las noches, él y su familia duermen en un hogar que él mismo construyó, con madera de mejor calidad, en un terreno prestado por un familiar.

En un recorrido de la Associated Press por más de 300 kilómetros del borde costero, lo que más impresiona es la instalación de antenas parabólicas sobre los techos de las "mediaguas", forradas de plástico y material aislante del frío y la lluvia.

Bárbara Peñailillo, 25 años, dice que instaló la antena por cable para sus hijos porque "aunque uno diga que no es indispensable, se aburren, y si salen para afuera hay pulgas, garrapatas". Ella y su familia viven en la aldea Puertas Verdes, a la entrada de Constitución, junto con 162 más. Las casas tienen luz eléctrica, el agua van a buscarla a grandes contenedores repartidos por el lugar, los baños están a la vista de los vecinos y son compartidos por dos o tres familias. En cada baño hay una ducha, taza y un pequeño lavamanos.

En Puertas Verdes también vive Dina Veloso, próxima a dar a luz a su cuarto hijo por cesárea. El médico fijó la intervención para el 27 de febrero, fecha de término de su gestación, pero ella se opuso.

"Le pedí por favor que me la corrieran, cualquier día después del 27 porque para el niño va a ser complicado, el 27 van a estar conmemorando la tragedia y va a ser su cumpleaños", dijo a la AP.

En Talcahuano, más al sur, "el efecto del terremoto fue brutal en materia de desempleo y degradación socioeconómica, y persiste", dijo a la AP su alcalde Gastón Saavedra. "Hay mucha gente que entró a ser vendedor ambulante".

En la ciudad hay 15.000 viviendas por reparar y otras 6.000 por reconstruir. Unas 2.500 familias siguen en casas de emergencia, pero de mejor calidad que las de Constitución porque sus paredes están forradas _por dentro y por fuera_ con materiales aislantes del frío y la lluvia y los baños tienen agua caliente.

Durante el tsunami, gigantescas olas arrojaron una treintena de botes a algunas calles de Talcahuano pero a la plaza de armas arribó una enorme embarcación. Ahora, la plaza está limpia, se reconstruyeron los jardines, desaparecieron los escombros y se restableció el servicio de agua potable, que fue interrumpido durante tres meses.

Las fuertes y persistentes réplicas del terremoto espantan a los turistas que, al sentirlas, abordan sus vehículos y se van. Durante este año, los veraneantes han preferido a los balnearios del norte, donde el terremoto no se sintió.

En el balneario de Dichato, al sur, los dueños de restaurantes y casonas residenciales se endeudaron para volver a levantar sus negocios arrasados por las olas. Hoy están frustrados por la baja del turismo, que estiman en un 70%.

"Muchas residenciales (hospedajes) se cayeron y la gente tiene susto de ir al río o a la playa", dijo a la AP Herminda Zurita, dueña de uno de los pocos hostales que quedaron en pie de Constitución. En el balneario de Pelluhue, 50 kilómetros al sur de Constitución, también escasean los visitantes.

Pero el lanchero Gutiérrez no siente miedo porque gran parte del día está paseando turistas a bordo de su embarcación. El duelo por la pérdida de su hijo y su padre persiste, pero recobró las ganas de vivir hace un mes cuando nació su hija, a la que bautizó con el nombre de su pequeño desaparecido, pero en femenino: Emilia José.

"Antes me levantaba porque tenía que levantarme, pero ahora cambió la cosa, porque me levanto con ganas para trabajar por ella, para que no le falten sus cosas, que no le falte nada, los pañales, porque se gasta plata", dice.

Luego de rescatar trozos del bote donde su hijo y padre huyeron del tsunami, Gutiérrez construyó una minúscula embarcación que convertirá en macetero y que depositará en una pequeña isla _al frente de su "mediagua"_ donde hay un humilde santuario con una cerca de madera y una cruz blanca en el medio.

"Es muy difícil que aparezca mi hijo", dice Gutiérrez. "Hay que ponerse en la realidad, pero algún huesito encontraré por ahí".

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