Congo: comercio de carne exótica amenaza a pigmeos

EN LA SELVA DE ITURI, Congo ( AP). Emergen de la quietud de la selva tropical, como una tribu perdida de guerreros prehistóricos olvidados por el tiempo. Se trata de un grupo de pigmeos mbuti, armado con lanzas de punta de hierro.

Los hombres van primeros, cubiertos de pies a cabeza con redes enrolladas que usan para la cacería y que obtienen de las lianas. Luego vienen las mujeres, cargando canastos tejidos a mano y llenos con la carne ensangrentada de un antílope, la misma que permitió a sus ancestros sobrevivir durante miles de años.

Y en medio del campamento humeante de los cazadores espera ansioso un grupo de comerciantes de la aldea, que ha llegado para comprar toda la carne de animales salvajes que los mbuti puedan obtener.

El tiempo parece detenido en lo más profundo de la Selva de Ituri en Congo, un mundo remoto y crepuscular, sin electricidad ni teléfonos; tan aislado, que los pigmeos no tienen idea de quién es Barack Obama, qué es la internet o si hay una guerra en Afganistán.

Pero el futuro ha llegado en una oleada de demanda de la carne de animales salvajes. Ello está llevando a un ejército de comerciantes de la etnia bantú cada vez más adentro de las junglas africanas.

La demanda es tan voraz que los expertos advierten que podría llevar a que algunos de los últimos grupos étnicos que se dedican primordialmente a la caza y la recolección en Africa acaben con la misma vida silvestre que les da sustento y, con ello, pongan en serio riesgo la subsistencia de la selva.

Durante las últimas décadas, esa existencia ha parecido cada vez más incierta. Los bosques son devastados a un ritmo asombroso, en medio del crecimiento poblacional, y legiones enteras de pigmeos se han visto obligados a llevar una vida sedentaria, marginados de la sociedad.

Un lugar _la Reserva Natural de Okapi_ debería estar a salvo de la cacería. Pero un equipo de The Associated Press, que caminó dos días para unirse a un grupo de pigmeos, encontró que el activo comercio de carne de animales salvajes ha penetrado incluso la zona protegida.

Aquí, el agua se sigue bebiendo de los prístinos arroyos, tomándola directamente mediante hojas de árboles, dobladas. Los pigmeos siguen trepando a los árboles para obtener miel virgen.

Pero también hay un frente de batalla, donde se va borrando lentamente el pasado más remoto del continente, con la cacería de cada antílope.

Es el segundo bosque tropical más grande del mundo, donde residen entre 250,000 y 500,000 pigmeos, según la organización Survival International. Pero de acuerdo con Naciones Unidas, Africa pierde 4 millones de hectáreas (10 millones de acres anuales) de árboles, un área del tamaño de Suiza, por la tala inmoderada, la minería y las oleadas de inmigrantes que buscan desesperadamente tierras.

El problema fundamental es la población de Congo, que ha rebasado los 70 millones de habitantes, el triple que hace tres décadas. Para el 2020, podría alcanzar los 120 millones.

Y todos necesitan comer.

La carne de monos y especialmente de antílopes ha formado parte de la dieta africana durante milenios, pero nunca se ha consumido tanto como ahora: cerca de una tonelada métrica anual al año, tan sólo en la cuenca del Congo, de acuerdo con el World Wildlife Fund.

Otros estimados señalan que la cifra es cinco veces superior.

El resultado es que los bosques se están quedando sin fauna.

En algunos, la caída ha sido del 90%. Algunas veces, los cazadores que se internan en la selva han terminado comiéndose a sus propios sabuesos, dice John Hart, conservacionista estadounidense que vivió entre los mbuti en la década de 1970.

La falta de presas en otras partes es lo que convierte a la Reserva de Okapi en algo tan valioso y atractivo para los comerciantes de carne.

Unos 20,000 pigmeos y bantú no fueron expulsados de la reserva, y se les permitió seguir cazando especies que no estuvieran en peligro, para su subsistencia.

Pero sólo los pigmeos lo hacen con tanta maestría, por lo que tienen casi el monopolio de la venta de la fauna de la reserva.

Zaire Nijkali, anciano líder del clan, está arrodillado con el torso desnudo y en silencio. Mira fijamente a la selva que tiene frente a sí.

A sus espaldas, 15 hombres han tendido cuidadosamente una red que les llega a la cintura, en un arco de un kilómetro de largo, entre la maleza.

Desde la selva, comienza a crecer un ulular o un sonido de agua que cae. Son en realidad las cazadoras del clan, que persiguen a los animales hacia la red, donde son enredados, derribados y sacrificados con lanzas.

Las redes se tienden de la misma forma casi cada hora durante el día. En una buena jornada, el clan de Nijkali regresará al campamento con al menos 15 antílopes.

Ahí, los comerciantes compran la carne y la preservan hasta que pueden enviarla fuera de la selva, donde se consume como una exquisitez.

El comercio entre bantú y pigmeos no es nuevo --los pigmeos siempre han defendido de alimentos cultivados y dividen su tiempo entre los campamentos dentro de la selva y las aldeas cercanas en la periferia--. Sin embargo, el intercambio ha cambiado en modos fundamentales con el tiempo.

Cuando Njikali era niño, los comerciantes bantú nunca pasaban la noche en los campamentos de su clan. Su número ha crecido con el tiempo y, ahora, tienen una presencia permanente. Además de las 20 parejas de pigmeos y de numerosos niños, un reportero de The Associated Press contó a 14 comerciantes, cerca de una cuarta parte de la gente en el campamento de Njikali.

Hace décadas, los mbuti solían vender alrededor de la mitad de la carne que obtenían. Ahora venden casi toda, quedándose sólo con las preciadas entrañas y las cabezas para su consumo.

La cacería, en esencia, se ha convertido en una actividad meramente comercial, no de subsistencia, y su objetivo es satisfacer la demanda en los mercados regionales.

Ello ha tenido un impacto devastador.

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