Ex miembro del Jmer Rojo habla de matanzas en documental

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PHNOM PENH (AP). Durante más de tres décadas, las aldeas camboyanas han sido el hogar de numerosos asesinos, que guardan silencio sobre su pasado. Se trata de los ex comandantes del Jmer Rojo, quienes degollaron a cientos o miles de víctimas antes de arrojar los cadáveres en fosas.

El cineasta Thet Sambath pasó 10 años recorriendo las zonas rurales del país en busca de quienes perpetraron las matanzas, a fin de que ellos, junto con el líder ideológico del régimen genocida, Nuon Chea, pudieran revelar la verdad sobre uno de los capítulos más tenebrosos del siglo XX.

Sus historias son contadas en el documental "Enemies of the People".

Al menos 1,7 millón de personas, una cuarta parte de la población, fallecieron por ejecuciones, enfermedades, hambruna y trabajos forzados cuando el Jmer Rojo, un régimen de extrema izquierda, trató de convertir el país en un vasto paraíso agrícola, entre 1975 y 1979.

En la película, Soun, ex comandante de la milicia, se sienta a la sombra de un árbol y mira un terreno, ahora cubierto por arrozales verdes.

"Vuelvo aquí, donde maté gente", dice, algo intranquilo, mientras señala media docena de lugares donde solían acumularse los cadáveres. "Me siento terrible... Mi alma, mi cuerpo, todo se me revuelve. Todas las cosas que hice están pasando por mi mente".

Recuerda haber olido la sangre en sus manos una noche, cuando comía arroz. Más temprano, miraba los ojos de una bella costurera, quien se había arrodillado para implorarle que le perdonara la vida. Tentado por su hermosura, le preguntó si viviría con él para siempre.

Ella prometió que lo haría, pero él escuchó un grito de su jefe.

"¿Qué esperas? ¡Apresúrate!", le dijo.

Así que el hombre le clavó el cuchillo a la joven y arrojó el cadáver en el montón.

Soun lleva a que Thet, de 42 años, hable con otros asesinos, a quienes debe convencer paso a paso para que confiesen. Luego, acude con quienes emitieron órdenes de matar a las minorías étnicas y a los sospechosos de traición o de espionaje para Vietnam.

A la postre queda claro, mientras se asciende por la línea de mando, que probablemente nunca hubo una "orden original" del primer círculo del Jmer Rojo para perpetrar masacres en las zonas rurales. Más bien, los jefes regionales y sus superiores inmediatos interpretaron lo que habían escuchado de forma abstracta en el ambiente político.

El genocidio ocurrió durante una de las épocas más tensas de la Guerra Fría.

El Jmer Rojo enfrentó luchas intestinas desde el comienzo. Los dos líderes, Pol Pot (fallecido en 1998) y Nuon Chea (quien está siendo juzgado por un tribunal de crímenes de guerra respaldado por la ONU), apoyaron a China. Pero muchos otros buscaban a su poderoso vecino del oriente, Vietnam.

Nuon Chea confiesa por primera vez en el filme que él y Pol Pot decidieron juntos matar a todos los miembros del partido considerados "enemigos del Pueblo". Tenían que ser exterminados, dijo Chea desafiante, para "salvar al partido" y "evitar que la podredumbre se propagara".

Sin embargo, asegura que nunca se enteró de lo que ocurría en las aldeas y arrozales. Otra posibilidad, señaló, es que estuviera demasiado ocupado para prestarle atención al asunto.

El viaje tuvo también motivos personales para Thet, uno de los principales reporteros del diario de Phnom Penh.

Cuando Thet era niño, su padre fue muerto a puñaladas luego de una concentración pública organizada por los cuadros del Jmer Rojo, debido a que objetó los planes de decomisar ganado, oro y otras pertenencias particulares para el partido.

Su madre fue obligada a casarse poco después con un miembro de la milicia del Jmer Rojo, quedó embarazada y murió al parir. Su hermano fue asesinado también.

Thet pensó que si encontraba algunas personas que participaron en las matanzas, ello le ayudaría a entender el fenómeno y a cicatrizar las heridas. Al final, se habrían liberado también las personas que decidieron revelar las atrocidades que habían ocultado incluso a sus esposas e hijos.

"Quiero revelarles los nombres de todos los asesinos que conozco", dijo Soun, quien habló también de haber bebido la bilis acumulada en la vesícula de sus víctimas, para adquirir mayor fuerza.

"Cuando los encontremos y confiesen la verdad, me sentiré mejor", añadió el ex comandante. "Quiero que este documental se exhiba en todo el país, en las provincias, en las ciudades. Entonces, los asesinos del régimen saldrán y dirán: 'Sí, yo hice también eso'. De otro modo nos iremos pronto y la nueva generación no conocerá la historia".

En una de las escenas más estremecedoras, Thet pide a Soun mostrar cómo mataba a la gente. Un hombre se tiende de bruces, mientras el ex comandante de la milicia, al principio avergonzado, se para encima de su espalda y le levanta la cabeza. Toma un cuchillo de plástico y lo desliza por el cuello de la persona sometida.

"Había que sujetarlos así para que no pudieran gritar", dijo Soun, quien poco a poco fue ganando confianza. "Algunas veces lo hacía de otra manera, porque después de degollar a tanta gente así, me dolía la mano. Entonces mejor los apuñalaba en el cuello".

Pasaron años para que Thet se ganara la confianza plena de Nuon Chea.

Al final, ambos han creado un vínculo indudable. La corte de crímenes de guerra que revisa el caso de Nuon Chea ha pedido una copia de la película, coproducida por Thet y por el británico Rob Lemkin. Sin embargo, el cineasta se negó, al considerar que ello representaría una traición a la confianza que le brindó su entrevistado.

Thet lleva a Soun y a otro hombre que confesó haber ordenado innumerables asesinatos para una visita a Nuon Chea, a fin de que le preguntaran directamente por qué debieron morir tantas personas a manos suyas. Le preguntaron también si ellos mismos terminarán en un tribunal.

"No están persiguiendo a gente como ustedes", dice Nuon Chea, con un tono paternal. Añade que los ex milicianos no deben sentirse mal por lo que hicieron. Después de todo, trataban de salvar a su país.

"Ustedes fueron combatientes y deberían estar orgullosos", dijo, y añadió que, según las enseñanzas budistas, sus intenciones fueron honorables, por lo que no deben temer el castigo, ni en esta vida ni en las próximas.

Pero el atormentado Soun no se muestra convencido de ello.

"No sé en qué reencarnaré en la próxima vida", dijo. "¿Por cuántos agujeros deberé pasar antes de renacer como humano? Me siento desesperado, pero no sé qué hacer".

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