"Hoy champán, mañana vinagre": el nacimiento de la frágil "República" catalana

"Hoy es champán, mañana es vinagre". Tras la explosión de alegría por la proclamación de la República catalana, los independentistas contemplaban su futuro con ojos cautelosos, mientras los contrarios a la secesión quedaban desolados ante la ruptura con España.

Símbolo de la división de Cataluña, los escaños vacíos, algunos cubiertos con banderas españolas y catalanas, de los diputados de la oposición en el momento más importante en la historia de este pequeño parlamento: la proclamación de una República independiente.

En los asientos de enfrente, los independentistas lo celebraban entonando en pie el himno catalán.

A su salida del hemiciclo junto a su esposa, el presidente regional Carles Puigdemont, ahora erigido en jefe de Estado del 'nuevo país', era recibido con una gran ovación de sus diputados y más de 200 alcaldes catalanes.

En los pasillos con alfombras de terciopelo rojo, los antiguos gritos de "¡Independencia, independencia!" o "¡Viva Cataluña!" dejaban paso a sonoros vivas a la República y los diputados separatistas se fundían en abrazos.

"Bienvenidos a la república catalana", celebraba un alto cargo del gobierno regional. "De momento ya ha vivido más de 15 minutos", bromeaba.

Rostros muy distintos mostraban los pocos diputados no independentistas que se dejaban ver. "Esto nos lleva al desastre", decía una diputada socialista.

Durante el debate parlamentario, la oposición no se cansó de advertir: "Es un grave error, un muy grave error", "nos han puesto enfrente del abismo y hoy dan un paso al frente", "van a pasar a la historia por dividir a los catalanes"...

Pero fuera, siguiendo la sesión parlamentaria en directo a través de pantallas gigantes, los 15.000 manifestantes reunidos en los alrededores del parlamento aclamaban cada voto por el sí durante el recuento y soltaban un "oh" de decepción después de cada no.

Una vez finalizado se detuvo el tiempo, a la espera del anuncio más esperado: quedaba aprobada la resolución proclamando la república.

Gritos de alegría, tapones de champán saltando y la multitud, con el puño en alto, cantando como un solo hombre "Els segadors", el himno catalán.

"Estoy muy contenta, es un sueño que no me creía", explica Irma Bros, 31 años, responsable de calidad en una empresa alimentaria. Todavía sacudida y con los ojos llorosos, se acordaba de su abuelo "que vivió la guerra civil y estaría muy contento de ver lo que el pueblo consiguió".

Otros miran al futuro, como Marta Domingo, de 45 años, "casi a punto de llorar". "Vamos a brindar y si hace falta, proteger a las instituciones. Vamos a defender la República".

Y es que Madrid no se quedará impasible ante el desafío en esta importante región española. El Senado autorizó al gobierno de Mariano Rajoy a intervenir el autogobierno catalán y el sueño de la independencia se antoja efímero.

"Hoy es champán, mañana es vinagre", sonríe Pedro Haro, mecánico de 61 años, que ya se prepara para "más golpes" de Madrid.

Mari Écija, dependiente de 49 años en una zapatería, contempla "con preocupación" la situación "por todas las empresas que se están yendo a fuera (de Cataluña) y por el empleo". "El futuro lo veo bastante negro", aunque cree que "no va a durar mucho".

Josep Reina coincide: "Esto", la joven república, "no va a durar", afirma este vendedor de 34 años en una tienda de telefonía instalada en la céntrica plaza de Cataluña.

"No pueden declarar la independencia con todos los que no han ido a votar", protesta ante la abstención del 57% en el referéndum inconstitucional del 1 de octubre. "Están dejando a toda una parte del pueblo, la mayoría, sin poder decidir".

Entre muchos de los no independentistas, que suman la mitad de la población, se expande el miedo a represalias. Muchos ni siquiera quieren hablar.

"Es la dictadura de la calle", lamenta Teresa, una profesora de 40 años que da un nombre falso. "Los que no estamos a favor de la independencia no podemos hablar, porque tenemos miedo".


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