Jacinta Marto, la niña obsesionada con salvar a los pecadores

Jacinta Marto, una de los dos niños pastores testigos de las apariciones marianas que serán canonizados por el papa este sábado, fue la más obsesionada con salvar a los pecadores, por los que se impuso duras penitencias que pusieron fin a su hasta entonces carácter risueño.

Las descripciones de la niña -que tenía 7 años cuando comenzaron los relatos de las apariciones de Virgen en mayo de 1917-, destacan su vitalidad y energía, su pasión por el baile y su enorme rivalidad cuando de jugar se trataba, sobre todo, con su prima Lúcia, la tercera vidente de Fátima.

"Era mimada, caprichosa, con mucha energía, inquieta, sensible y con espíritu abierto de artista", cuenta a Efe el periodista Manuel Arouca, uno de los pocos expertos en Portugal sobre la figura de Jacinta, vidente de Fátima junto a su hermano Francisco, que también será canonizado, y a Lúcia.

Arouca asegura, tras investigar para su libro "Jacinta, la profecía", que la pequeña fue "la que más se transformó" de los tres menores, ya que dejó de golpe sus habituales aficiones, como bailar o jugar, para entregarse a duras penitencias, que llevaba "hasta el límite" en su afán por salvar a pecadores.

Las más "cotidianas" eran realizar ayuno, negarse a beber incluso cuando pasaba jornadas particularmente pesadas bajo el sol para pastorear y, de forma ocasional, otras penitencias "que le causaban mucho dolor físico".

Jacinta (Aljustrel, 1910), como prácticamente todas las campesinas portuguesas de la época, era analfabeta, y su actividad principal consistía en pastorear el rebaño de ovejas familiar, una "vida dura" acorde con los tiempos.

En sus ratos libres, bailaba y escuchaba sin perder detalle las historias religiosas de Lúcia, que había comenzado a recibir rígidas lecciones de catequesis por parte de su madre, aunque ponía su acento curioso planteando preguntas "incómodas".

"Por ejemplo, le provocaba mucha confusión comprender cómo Jesús podía estar escondido en la hostia. Era directa, no se cohibía a la hora de preguntar lo que no le parecía que tenía sentido, para ella la catequesis estaba llena de afirmaciones sin respuestas que la convenciesen", sostiene Arouca.

Las apariciones acaban para siempre con su desenfado, y se convierten, ante todo, en un secreto que no puede contener. Pese al pacto establecido entre los tres niños pastores, Jacinta es la primera en revelar que vieron una presencia que "brillaba como el sol y era de una inmensa belleza".

A partir de ese momento, su energía para los juegos deja paso a una gran "espiritualidad", y la más pequeña de los pastorcillos empieza, por causa de los relatos de las apariciones, a ser "perseguida por personas que constantemente la querían tocar".

Sus costumbres cambian, comienza a odiar que le toquen el pelo del que antes presumía y que hasta la prima Lúcia recuerda en sus memorias, y se encierra en las penitencias y el rezo, preocupada por los pecadores, mientras se suceden los interrogatorios de la Iglesia y el poder político ante la creciente curiosidad de los vecinos.

En el otoño de 1918, Jacinta y su hermano Francisco contraen la gripe española, que sería la causante de sus muertes, según los videntes ya anticipadas por la Virgen en las apariciones.

Tras permanecer varios meses en su aldea natal de Aljustrel y ser atendida en un centro de salud cercano, la pequeña es trasladada al Hospital Dona Estefânia de Lisboa, donde es operada, y acaba por fallecer el 20 de febrero de 1920, a pocos días de cumplir diez años.

Sus restos mortales son sepultados en el cementerio de Vila Nova de Ourém, localidad a la que pertenece Fátima, hasta septiembre de 1935, cuando fueron trasladados al cementerio de Fátima.

Finalmente, en marzo de 1951, los restos de Jacinta fueron de nuevo trasladados, esta vez a la Basílica de Nossa Senhora do Rosário de Fátima, donde descansan desde entonces. 

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