Japón: Pueblo destruido por tsunami duda en reconstruirse

MINAMISANRIKU, Japón (AP). Lo único que queda de la municipalidad de Minamisanriku son los dos escalones de la entrada.

Cerca de allí, un pulpo rosado muerto flota en un charco de agua marina, aferrado a una plancha de aluminio que pudo haber sido un techo, una puerta, una pared. Por allí pasa un camino pavimentado entre casas destruidas y escombros que se extienden hasta donde alcanza la vista.

En momentos que Japón se aboca a la tarea titánica de reconstruir poblaciones como ésta, la magnitud de la devastación provocada por el desastre del 11 de marzo plantea interrogantes existenciales: ¿Se deben reconstruir estas poblaciones? ¿Se puede hacer, si la mitad de sus habitantes han desaparecido y los sobrevivientes saben que puede volver a ocurrir?

"El futuro no pinta bien", dice fríamente Jin Sato, el alcalde de Minamisanriku.

Las estadísticas pintan un cuadro sombrío. De las 17,666 personas que vivían aquí, al menos 322 han muerto y miles están desaparecidas, enterradas bajo los escombros o fueron arrastradas por el mar. Otras 9,325 han perdido sus viviendas y viven en 45 refugios, en su mayoría escuelas, en las colinas junto a la bahía.

El tsunami se llevó casi todos los negocios y empleos. No hay electricidad ni agua corriente, y muy poco combustible. El 70% de las 5,574 casas quedaron destruidas.

En una arena deportiva que sirve de refugio, depósito de cadáveres y oficina, Sato tiene un pequeño escritorio. Sus ojos están enrojecidos. "Pase lo que pase", dice, "necesitaremos mucha ayuda".Minamisanriku era una aldea de pescadores, un lugar cuyos esforzados habitantes pescaban en las aguas frías del mar, cosechaban algas y vendían pulpos y ostras.

Las aldeas en las caletas de la bahía con forma de letra C creaban un escenario pacífico y pintoresco. La página de internet del Hotel Kanyo _dañado pero todavía en pie_ muestra a turistas bañándose en termas de agua caliente y tomando fotos desde los balcones con vista al Pacífico.

El 11 de marzo, dos días después de un terremoto que remeció los edificios de acá a Tokio pero no causó grandes daños, Sato hablaba con el personal municipal sobre la necesidad de mejorar los preparativos para un desastre. En ese momento, a las 14:46 horas, uno de los sismos más poderosos que se haya registrado sacudió el archipiélago japonés y en todo el pueblo empezaron a ulular las sirenas que advertían sobre un tsunami.

La gente corrió a los refugios designados en lo alto de las colinas y Sato ocupó su puesto en un centro de prevención de desastres. Media hora después, su mirada sobrecogida contempló la ola monstruosa que sobrepasaba la escollera del puerto y alzaba nubes de bruma y polvo.

La gente gritaba aterrada mientras el agua se tragaba el barrio de Shizugawa, el centro de la población. Casas enteras de madera flotaban entre los escombros sobre la ola: postes de electricidad, botes e incluso trenes.

Sato se aferró a una viga de acero en el techo del centro de prevención sobre el cual pasaban las olas gélidas. De las 30 personas que ocupaban el lugar con él, el agua se llevó a una veintena.

Sato y los demás sobrevivientes pasaron la noche estremecidos de frío en lo alto del edificio de tres pisos, que había perdido las paredes y era apenas un esqueleto. Al día siguiente, bajó a tierra aprovechando la maraña de redes de pesca que el tsunami había depositado sobre el edificio.

La mayor parte del pueblo había desaparecido.

Ahora, en la oficina improvisada de Sato, empleados de la compañía de electricidad estudian mapas e intentan determinar dónde y cómo podrán instalar transformadores móviles. Los bomberos coordinan la labor de búsqueda de cadáveres. Afuera, helicópteros estadounidenses descienden con cajas de alimentos.

El gobierno de la prefectura planea instalar miles de casas prefabricadas, dice el alcalde, pero es una solución temporal.

"Mi pregunta no es si podemos reconstruir", dijo Sato. "Con tiempo, todo se puede reconstruir. La pregunta es si la gente lo hará aquí. No puedo decidir si se quedan o se van".

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