México conmemora a las víctimas de sismos

Las heridas de México seguían abiertas el miércoles luego que las víctimas, sus parientes y los rescatistas conmemoraron los aniversarios de dos terremotos que ocurrieron con 32 años de diferencia pero casualmente un 19 de septiembre: uno el año pasado en el que fallecieron más de 360 personas y otro en 1985 que dejó al menos 9.500 muertos.

Los familiares se reunieron en sitios donde había edificios y ahora hay terrenos baldíos, pues las tareas de reconstrucción tras el sismo de 2017 han avanzado muy lentamente. Un año después, su búsqueda de justicia ha resultado infructuosa, pues ninguno de los propietarios o constructores de los inmuebles que se derrumbaron ha sido declarado culpable.

Fernando Sánchez Lira estaba de pie en el terreno donde murieron su madre y su hermana cuando un edificio de oficinas de cinco pisos se vino abajo en el centro de la ciudad durante el terremoto de magnitud 7,1 el año pasado. En el lugar murieron al menos 15 personas. En total, el movimiento telúrico dejó 228 muertos en la capital del país y 141 más en estados cercanos.

Sánchez Lira afirmó que el edificio ya era inseguro desde otro temblor ocurrido 12 días antes. Dijo que las autoridades permitieron la colocación en el techo de una pesada torre para telefonía celular, lo cual podría haber contribuido al derrumbe.

“Este edificio estaba muy mal; el dueño lo sabía”, dijo Sánchez Lira, que renunció a su trabajo para centrarse en demandar a los propietarios. “Seguía funcionando por la corrupción; no es el único edificio que está en estas condiciones y que sigue operando a través de las dádivas”.

“Esto sigue pasando. No hemos aprendido nada”, agregó. El proceso legal ha avanzado poco, señaló, e hizo notar que “los dueños son gente muy poderosa, son capaces de comprar la justicia”.

Momentos después, la sirena de la alerta sísmica sonó tristemente durante un simulacro de aniversario. Los dolientes elevaron sus brazos, una señal utilizada por los rescatistas para pedir silencio y que desde entonces se ha convertido en un símbolo de solidaridad y conmemoración.

Arturo Gómez, llorando y con su brazo en el aire, gritó: “¡Te extrañamos mucho!”. Se refería a María Elena Sánchez Lira, su esposa de 39 años que falleció en el terremoto, hermana de Fernando Sánchez Lira.

En otra parte, parientes de las víctimas se reunieron en el sitio donde estaba un edificio de oficinas de siete pisos en la colonia Condesa de la Ciudad de México que se desplomó el 19 de septiembre pasado y donde murieron 49 personas. Los escombros fueron retirados hace tiempo, pero el lugar donde estuvo el inmueble se encuentra cercado con madera contrachapada. Amigos y familiares de los fallecidos colocaron letreros con diversos mensajes de amor en la valla.

“Es difícil, se vienen todos los recuerdos, todo lo que pasó; no hay palabras”, dijo Consuelo de Luna, cuyo hijo perdió la vida allí.

“Para mí es un año, pero no se me parece; es como si fuese sido el día de ayer. Es muy difícil”, agregó.

Claudia Acosta Luna, una abogada cuya prima Karina Gabriela falleció al desplomarse el edificio, era una de varios parientes que portaban camisetas negras con la frase: “Es mi ilusión volver a verte, sigo esperando esa suerte”.

Acosta recordó que su prima la cuidaba y le encantaban los conciertos.

“Es más triste saber que no fue solamente el sismo, sino la construcción inadecuada del edificio”, afirmó Acosta. “Te enseña muchas cosas, pero más que eso es coraje y darte cuenta que no importan las leyes o los reglamentos; eso sale sobrando cuando lo que quieren es más dinero, vender más oficinas”.

El edificio en la avenida Álvaro Obregón había sido declarado inseguro mucho antes del terremoto, tanto que a una dependencia gubernamental le advirtieron que no rentara espacio allí en 1997. Nunca se corrigieron las deficiencias y a otros inquilinos no se les informó nada.

Muchos rescatistas que respondieron a la emergencia aquel día acudieron a las ceremonias con sus cascos y otro equipo.

Javier Martín Serrano, de 55 años, que recoge metal de desecho para venderlo y vive a una manzana de distancia, regresó el miércoles al lugar del derrumbe de una fábrica con oficinas que tenía cinco niveles. Traía los mismos pantalones raídos y el chaleco de seguridad de nailon de color verde que utilizó cuando se metió entre los escombros aquel día para salvar a una mujer atrapada.

“Hoy siento más que nada melancolía, impotencia por no haber podido salvar más personas”, afirmó.

Al igual que muchas otras personas pobres en la Ciudad de México, Serrano vive como invasor en un edificio del que las autoridades quieren expulsarlo. Él y muchos más tendrán que vivir bajo condiciones precarias, vulnerables al próximo sismo, hasta que las autoridades construyan más viviendas para personas de bajos ingresos en la ciudad.

Dejando entrever esa acuciante necesidad, la policía antimotines se enfrentó violentamente con invasores armados con piedras, palos y bombas incendiarias en un intento de desalojo de las ruinas de un edificio dañado en el terremoto de 1985. Al igual que muchos otros edificios, llevaba décadas en ruinas y fue invadido por vendedores ambulantes cuando menos hace 20 años.

“No tenemos dónde vivir”, dijo Domingo Bernardino, que vivió allí los últimos 16 años. “Necesitamos que nos den una alternativa”.

El miércoles por la mañana, el presidente Enrique Peña Nieto presidió una ceremonia en la que una enorme bandera mexicana fue izada con motivo del aniversario del devastador sismo de magnitud 8,0 de 1985.

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