Migraciones internas le cambian el rostro a las ciudades chinas

DONGGUAN, China ( AP). Las manos de Li Biying indican que el campo quedó atrás.

Sus uñas largas y afiladas desgarran pedazos de una redecilla en la fábrica de ropa interior que la sacó de la pobreza en la zona rural donde vivía. No durarían demasiado en los campos donde sus padres cultivan maíz, papas y verduras en terrazas.

Li, de 20 años, no piensa regresar. A diferencia de muchos chinos que fueron del campo a la ciudad por algunos años, para reunir algún dinero y volver a sus pagos, la nueva generación va a las ciudades para quedarse, ilusionada con una vida bajo las luces de neón.

Esta migración del campo a la ciudad plantea un desafío a China, una sociedad agrícola durante miles de años que pronto tendrá más habitantes en las ciudades que en el campo por primera vez en su historia.

" La gente de mi edad se pregunta, '¿qué hago en el campo?'. No sé hacer nada", comentó Li en la habitación que comparte con otras dos mujeres en Dongguan, pujante ciudad costera del sur, próxima a Hong Kong. Su ropa interior está doblada en un rincón y hebillas para el cabello sostienen improvisadas cortinas que usan para generar una cierta privacidad.

" Recuerdo que una vez estábamos cultivando trigo en casa. Empezaba a asomar la planta y parecía césped. Yo no podía distinguir entre ambos y lo arranqué. Mi madre se enojó mucho. No entendía cómo no podía distinguirlos", relató Li.

La muchacha dejó de estudiar y empezó a trabajar en fábricas a los 14 años para ayudar a sus padres, su hermana y un hermano.

En una larga sala sobre un café de internet, ella y otras 60 personas trabajan bajo tubos fluorescentes. De vez en cuando se hablan con su dialecto sichuanés, en medio del ruido de las máquinas de coser.

Ella forra brasieres y gana 20 centavos de dólar por 12 piezas. En un buen mes, cobrará unos 225 dólares. Para ello, debe coser unas 14.000 piezas en jornadas que comienzan a las ocho de la mañana y terminan a las 10.30 de la noche.

Los trabajadores, casi todas mujeres, tienen un día de descanso por mes, el día después de cobrar, para que puedan enviar dinero a sus casas.

Se calcula que hay unos 150 millones de trabajadores que han ido del interior a las ciudades en China, de los cuales 90 millones tienen menos de 30 años y están generando uno de los cambios demográficos más grandes en la historia del país.

El gobierno pronostica que para el 2015 habrá más personas en las ciudades que en el campo. En el 2009, 622 millones de personas, el 47% de la población, vivía en centros urbanos.

"Los migrantes tradicionales se sentían aves de paso", señala un informe de una central sindical del año pasado.

Un estudio de los migrantes de menos de 30 años realizado en el 2008 indicó que el 56% planeaba comprar una casa y radicarse en la ciudad donde trabajaba, de acuerdo con el Centro de Investigación de la Juventud China.

"Están acostumbrados a una vida urbana más que a una vida rural", señaló el informe. "Nunca pasaron hambre ni frío, ni se tuvieron que preocupar por la comida o la indumentaria. No están obligados a sufrir, como sus padres".

En Dongguan es fácil distinguir a los migrantes viejos, con sus rostros quemados por el sol, su ropa modesta y sus pertenencias guardadas en bolsas de fertilizadores o baldes de plástico.

Por el contrario, cuesta distinguir a un migrante joven. Li luce pantaloncitos cortos negros sobre medias elásticas negras. Maneja el pedal de su máquina de coser con botas de taco alto e imitaciones de piel. Tiene dos pendientes en una oreja y aros con cadenas delgadas en la otra. Una bufanda asoma debajo del cuello de su abrigo rojo, que la ayuda a combatir el frío dentro de la fábrica.

"Mis padres dicen que llevo trabajando en la ciudad tanto tiempo que no parezco del campo", cuenta Li. "Les digo que la gente cambia. Una quiere mejorar y progresar".

En muchas ciudades chinas la gente del interior es tratada como ciudadanos de segunda clase. Según las leyes locales, siguen siendo residentes de sus lugares de origen y deben pagar más que los nativos por la atención médica y la enseñanza, y se les puede negar subsidios para las viviendas y otros servicios sociales.

"La sociedad debería darle la mismas oportunidades a todos", dijo Wang Chunguang, quien estudia los movimientos migratorios en la Academia China de Ciencias Sociales. "Bill Clinton llegó a ser presidente de Estados unidos. Un migrante chino también debería poder ser alguien importante, un presidente o ministro del gobierno. No está bien que los hijos de migrantes estén condenados a ser migrantes".

Si eso se mantiene, sostuvo, aumentarán las presiones sociales de las clases marginadas, pobres, sin educación, que no quieren regresar al interior. "Los estadounidenses hablan del sueño americano. Los chinos necesitamos un sueño chino", manifestó.

El año pasado hubo una ola de huelgas importantes para reclamar mejores condiciones de trabajo y sueldos más altos. Esas movilizaciones indican que la clase obrera gana confianza. Pero es poco probable que haya revueltas mientras los migrantes sigan ganando dinero y teniendo oportunidades, según Leslie T. Chang, autora de "Las chicas de la fábrica", que aborda la vida de las trabajadoras jóvenes.

"Algunas de estas mujeres llegarán a ser de clase media o clase trabajadora urbana", expresó. "Pero son muy diferentes a la clase obrera tradicional asociada con las empresas estatales. Es una clase obrera nueva, muy independiente, móvil, que se maneja por su cuenta".

Es imposible calcular cuánta gente del interior se ha radicado en las ciudades porque muchos de ellos están de paso. Pero las estadísticas indican que hay cada vez más personas en las ciudades y menos personas en el campo.

Los propios migrantes no saben si se quedarán para siempre en las ciudades. Al no tener seguridad laboral, sus pequeños terrenos son su única garantía.

De todos modos, está claro que los pueblitos rurales tienden a desaparecer.

"Hay muchas casas vacías", declaró Li, aludiendo a un viaje a su pueblo con motivo del Año Lunar chino. "Quienes regresan, viven en la ciudad más cercana, no en su pueblito".

Li vuelve a Sanxing una vez al año a lo sumo. Viaja en autobús dos días y luego 40 minutos en motocicleta por un sendero de tierra para llegar al caserío donde vive su familia. Si llueve, tiene que caminar el último tramo.

Su familia posee un lote muy pequeño, que no le alcanza para subsistir.

"Claro que quiero que los chicos se queden en la ciudad. La vida es muy dura aquí", expresó el padre, Li Weishu, de 56 años, quien dijo que allí solo quedan los ancianos y los niños. "No tenemos mucha tierra, esta es una región montañosa y no hay con qué vivir".

Li ya le perdió el gusto a los sabores fuertes de su región y prefiere la comida más suave del sur de China. Y a veces, sin darse cuenta, comienza a hablar mandarín y no el dialecto de su pueblo.

En la ciudad, Li envía a sus padres la mayor parte de lo que gana y le queda muy poco para ella. De todos modos, no tiene tiempo para ir de compras y a salones de juegos.

Luego de una jornada laboral de 14 horas, se apresura para llegar a su casa, donde hay agua durante 20 minutos al día.

Sentada en el banco de la factoría, junto a la máquina de coser, Li sueña con ser propietaria de su casa algún día y encontrar un trabajo estable de ocho horas diarias.

"Por más que sea del interior, quiero progresar y ser como la gente de la ciudad", manifestó. "Todo el mundo quiere esa vida y yo también".

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