Museo en cementerio de esclavos de Rio en crisis por recortes

Cuando Merced Guimaraes halló pilas de huesos humanos bajo el piso de su casa en la ciudad de Rio de Janeiro durante una reforma, creyó que se había topado con evidencia de un asesino serial.

Incluso se preocupó de que la policía pensara que ella los había matado. Los aterrorizados constructores que hacían la reforma huyeron.

Pero lo que en realidad descubrió fue algo mucho más terrible: que su casa, ubicada en la zona portuaria de Rio, se erigió sobre los restos del mayor cementerio de esclavos hallado en las Américas.

Ese encuentro accidental con la historia, ocurrido en 1996, transformó a Guimaraes, una mujer alegre y llena de energía que hoy cuenta con 60 años.

Cedió a sus hijos el control de su pequeño negocio familiar y en vez de transformar su casa en un hogar confortable, lo transformó en un museo.

Quería crear un "testimonio vivo de un crimen contra la humanidad".

Finalmente lo logró en 2005, cuando abrió el Instituto de los Nuevos Negros.

El museo, sobre un enorme hoyo repleto de huesos aún por ser exhumados, atrajo a 70.000 visitantes hasta el año pasado.

Pese al éxito, el instituto está a punto de cerrar por falta de dinero.

El gobierno de Rio de Janeiro le cortó el subsidio en medio de la dura recesión y la estela de los Juegos Olímpicos, dejando al instituto luchando por pagar las facturas de electricidad o comprar productos de limpieza.

Pero en última instancia, el problema es más profundo, dice Guimaraes: los brasileños simplemente no quieren enfrentarse a su "vergüenza nacional".

A Brasil llegaron 10 veces más esclavos que a Estados Unidos -casi cinco millones- antes de que aboliera la esclavitud en 1888, siendo el último de las Américas en hacerlo.

Ese masivo tráfico dejó a Brasil con la mayor población negra fuera de África y una rica herencia musical y cultural.

Pero raramente se discute el lado oscuro de la esclavitud, mientras los esfuerzos por honrar a sus víctimas brillan por su ausencia.

La parte vieja del puerto de Rio alguna vez fue el corazón del negocio de esclavos. Los barcos atracaban allí, los llamados "nuevos negros" eran puestos en cuarentena y los sobrevivientes eran vendidos.

Con los vestigios físicos desaparecidos o enterrados, la historia se perdió para todos menos los expertos.

El hallazgo en la casa de Guimaraes de lo que se cree son decenas de miles de restos humanos y el descubrimiento en 2011, no lejos del museo, del muelle Volango para buques de esclavos, no han sido suficientes para curar la amnesia.

Muchas escuelas y estudiantes visitan el instituto, pero el público general casi no lo conoce y es apenas un puntito en el mapa turístico de Rio de Janeiro.

"El gobierno brasileño no tiene, y nunca tuvo, interés en estos asuntos. El problema no es la actual crisis financiera. Esto ha sido así durante años", señala Antonio Carlos Rodrigues, el secretario general del museo.

"Es racismo", afirma Guimaraes.

Durante años, Guimaraes financió el proyecto con su propia empresa de control de pestes.

Luego, en 2013, un fondo creado para la renovación urbana de Rio antes de los Juegos Olímpicos le otorgaba unos 9.000 reales (unos 2.500 dólares) mensuales para sus costos operativos.

Este año, el gobierno de Rio, prácticamente en quiebra, le cortó la ayuda, dejando al instituto con fondos suficientes para operar hasta julio, dice Guimaraes. "Luego tendremos que cerrar por un período indefinido".

Una solución obvia al problema del financiamiento del museo es que empiece a cobrar entrada a los visitantes, pero eso es impensable, agrega Guimaraes. "No está bien cobrarle a la gente para que vea un crimen".

Los visitantes al museo pueden ver un corto documental y artefactos como un hierro para marcar a fuego a los esclavos. Pero los fragmentos de huesos, las tibias y cráneos fracturados tirados sobre la mugre son un auténtico impacto.

Está documentado que la fosa común fue utilizada de 1769 a 1830. Pero nadie sabe realmente cuantas personas yacen allí: las estimaciones más conservadoras sitúan el número en unas 50.000, según el arqueólogo Reinaldo Tavares, voluntario de la Universidad estatal de Rio.

Generalmente, los huesos eran quemados y aplastados para hacer espacio y la tarea de catalogarlos es "extremadamente lenta", explica Tavares.

La semana pasada encontró un esqueleto completo de una mujer. Yace estirada, con la boca abierta, como en un silencioso e interminable llanto.

Leticia Valdetaro, una niña de 12 años que fue al museo en una visita escolar, califica de "irreal" lo que vio.

"Me siento muy mal realmente, me siento avergonzada", dice. "Esto pasó en nuestro país".

Lo que sea que ocurra con el museo, Guimaraes nunca abandonará a sus inesperados cohabitantes.

Fueron tirados como "basura", dice, mientras enjuga una lágrima de su mejilla. Pero para ella, "son niños, niños aquí en la casa, en nuestra casa".

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