El Papa Francisco llama a deponer las armas y abrazar la justicia

Desde el altar de la catedral de Bangui, el papa Francisco hizo este domingo un llamamiento a todas las facciones en lucha en la República Centroafricana y otros lugares para que depongan las armas y en su lugar "se armen con la justicia, el amor, la misericordia y la paz auténtica".

Bangui está inundada de armas como resultado de más de dos años de violencia sectaria entre milicias cristianas y musulmanas, lo cual ha obligado a más de un millón de personas a abandonar sus hogares.

En su primera misa después de su llegada el domingo, Francisco dijo que los cristianos tienen como vocación primordial amar a su enemigo, lo que "los protege contra la tentación de la venganza y en contra de la espiral de venganza sin fin".

Francisco declaró a Bangui "la capital espiritual del mundo", al inaugurar el Año Jubilar de la Misericordia en África a fin de estimular a la República Centroafricana —inmersa en conflictos— un impulso espiritual especial.

Se suponía que el gran año santo del papa Francisco debería comenzar el 8 de diciembre en la Basílica de San Pedro, en el Vaticano, pero Francisco anunció hace unas semanas que lo iba a inaugurar oficialmente durante su visita a Bangui, justo al abrir la Puerta Santa de la Catedral local. De cualquier manera, se espera que unos 33 millones de peregrinos viajen a Roma en el transcurso del año para participar.

Francisco abrió ceremoniosamente las puertas de la catedral al inicio de la misa dominical.

Declaró: "El Año Santo de la Misericordia está llegando temprano a esta tierra, una tierra que ha sufrido demasiado tiempo por la guerra, el odio, la incomprensión, la falta de paz".

Los Años Santos suelen declararse cada 25 a 50 años más o menos y son tiempos para que los fieles reciban indulgencias. Siempre comienzan con la ceremonia de apertura de la Puerta Santa de San Pedro y otras basílicas mayores de Roma y por lo general implican que los fieles emprendan peregrinaciones. El último Año Santo fue el Jubileo de San Juan Pablo II en el 2000 para marcar el comienzo del tercer milenio de la Iglesia Católica.

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