Primeras 24 horas, cruciales en crisis de Japón

FUKUSHIMA, Japón ( AP). Cuando comenzó a vibrar la Unidad 2, lo primero que se le vino a la mente a Hiroyuki Kohno fue que algo andaba mal con las turbinas. Detuvo sus labores un momento y regresó a tomar las lecturas de radiactividad del día.

Kohno pensó que todo pasaría, pero el movimiento del piso se convirtió en sacudidas. Un terremoto.

En medio del ulular de las sirenas, Kohno corrió hacia un espacio abierto. El y otros dos colegas se desplazaron a toda prisa por un corredor largo mientras partes del techo caían a su alrededor. Afuera, Kohno advirtió más ruido y confusión.

" La gente alertaba a gritos sobre un tsunami", dijo. " En ese momento pensé que yo podía morir en verdad".

Sofocado, Kohno escaló una colina pequeña y volteó hacia atrás. Columnas de humo negro salían de las unidades de los reactores. Las plantas eléctricas de emergencia, que funcionan con diesel, habían arrancado.

Vio la ola. El tsunami chocó contra el rompeolas de la planta y dejó de avanzar cuando llegó a la parte inferior de la cuesta, a unos 460 metros (500 yardas) de donde él había estado.

Kohno observó atónito.

La Unidad 2, uno de los seis reactores en la estación nucleoeléctrica Dai-ichi de Fukushima, es un complejo atómico ordinario: un laberinto monótono de interruptores y válvulas, escaleras y mamparos, medidores y sistemas de lecturas. Así era como la conocía Kohno, un experto veterano en radiactividad.

Ahora, nada de lo que había visto era normal. El lugar que pisaba Kohno continuaba remeciéndose.

Los acontecimientos de las próximas 24 horas suscitaron dudas en torno a la esperanza de la energía nuclear, tanto en Japón como en el resto del mundo.

A partir del análisis de las entrevistas a decenas de autoridades, trabajadores y expertos, y cientos de páginas de documentos de reciente difusión, The Associated Press concluyó que las acciones iniciales ante la crisis por el terremoto del 11 de marzo del 2011 se caracterizaron por la confusión, la preparación inadecuada, la falta de franqueza hacia la ciudadanía y la renuencia a adoptar decisiones prontas.

Estos problemas marcaron la tónica de las acciones de restauración emprendidas y que han estado llenas de dificultades desde entonces.

El 11 de marzo, el primer ministro Naoto Kan era atosigado con preguntas en la comisión de la cámara alta en cuanto a si había recibido fondos del extranjero para su campaña, lo cual es ilegal en Japón.

El interrogatorio paró de súbito cuando comenzó a remecerse todo el edificio del Parlamento, una estructura que abarca bastante terreno en el centro de Tokio. Eran las 14,46 hora local. Todos los ojos miraban a los candelabros enormes de cristal que penden del techo. Estos hacían ruido por el choque de cristales y se agitaban violentamente.

"Todos permanezcan por favor en lugar seguro", dijo el presidente de la comisión, Yosuke Tsuruho, mientras se sostenía de su silla forrada de terciopelo. "Por favor pónganse debajo de sus escritorios".

En cuatro minutos fue establecido un centro especial y funcionaba al otro lado de la calle en la oficina del primer ministro.

El desorden cundía en la operadora de la planta. Nadie respondía las llamadas a la Tokyo Electric Power Co., y la escasa información que surgía era ambigua o incompleta. El gobierno actuaba a ciegas en aquellas primeras horas críticas.

El presidente de la Tepco, Masataka Shimizu, quien estaba de viaje, fue trasladado en un avión militar desde Nagoya cuando se enteró de la noticia. Pero la nave fue obligada a regresar. El Ministerio de Defensa lo bajó de la aeronave a fin de tener disponibles sus aviones para las acciones de emergencia.

Kan reiteraba para su interior lo que estaba en las mentes de todos: "Esto va a ser un desastre".

Para la tarde, la Unidad 1 tendía a salirse de control debido a las averías en sus sistemas eléctrico y de enfriamiento.

Mientras tanto, aumentaba el calor que emiten los elementos radiactivos en descomposición contenidos en las barras de combustible. Debido al calentamiento excesivo del núcleo, este quemó su agua de enfriamiento y quedaron expuestas las barras de cuatro metros (13 pies) de longitud. Por su parte, el vapor del agua evaporada se acumulaba en el interior de la cámara de contención.

A medida que aumentaban el calor y la presión, las bolitas de uranio dentro de las barras se fundieron y el material se salió de su funda de circonio. A los 1.200 grados centígrados (2.200 Fahrenheit), el circonio reacciona con el agua y produce hidrógeno.

Obviamente esto iba a empeorar en lugar de mejorar.

Mientras tanto, fue decretada una zona de evacuación a tres kilómetros (dos millas) a la redonda que después fue ampliada a 10 kilómetros (seis millas) y posteriormente a 20 kilómetros (12 milas). Al final, más de 80.000 personas fueron obligadas a abandonar sus casas.

Los operadores de la nucleoeléctrica afrontaban dos alternativas: liberar presión e inundar el lugar. Liberar presión impediría una explosión y la inundación serviría para el enfriamiento. Pero esa acción lanzaría radiactividad a la atmosfera, e inundar el lugar con agua de mar arruinaría el equipo debido a la sal.

El aumento de la radiación obligó a los trabajadores a cancelar un intento para la apertura manual de las válvulas. Después intentaron abrirlas a distancia y volvieron a fallar, quizá debido a la falta de electricidad pero también posiblemente a un defecto en el diseño. El equipo jamás había sido utilizado en una situación de verdadera crisis.

La unidad 1 se había convertido en una bomba de tiempo.

Conforme avanzaba la noche, el primer ministro decidió que viajaría a Fukushima a primeras horas del día. Su helicóptero aterrizó a las 7,11 de la mañana del 12 de marzo. Al igual que todos los integrantes de su comitiva, Kan llevaba puesto un uniforme de trabajo azul con gris y un dosímetro pendía de su cuello.

Kan gritó al vicepresidente de Tepco, Sakae Muto, y al jefe de la planta Masao Yoshida, por qué no se había liberado presión ni inyectado agua de mar. Las discusiones duraron sólo media hora.

A las 14,30, los trabajadores aplaudieron. Salía vapor de la Unidad 1 y bajaba la presión en el recipiente de contención, una confirmación de que la liberación de presión estaba funcionando. Pero se les acabó el agua limpia antes de media hora.

Esto era lo que la Tepco temía.

La nucleoeléctrica Dai-ichi de Fukushima fue construida cerca de la mayor fuente de agua en el planeta: el océano Pacífico. Bombear agua de mar era el último recurso. Los reactores quedarían inservibles para siempre.

Sin embargo, otra vez, los directivos de TEPCO daban todo tipo de explicaciones.

A las 15,36, casi 24 horas después del embate del segundo tsunami, el hidrógeno dentro de la Unidad 1 se había combinado con el oxigeno en el lugar y sobrevino una explosión tan poderosa que voló el techo y lanzó una columna de humo y otros materiales a la atmósfera.

Fue inevitable la decisión de utilizar agua de mar para el enfriamiento.

Seguirían en los próximos días las explosiones en las unidades 2, 3 y 4. La primera tarea primaria de la TEPCO, para meses o incluso años, será la reparación del daño que ocasionaron las explosiones.

La pesadilla nuclear de Japón había comenzado.

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