Reflexiones desde París (II): Business as usual

El sábado, en mi pase telefónico para el noticiero de Telemetro, dije que era posible que al día siguiente hubiese “ enfrentamientos en las calles de París”. Unas 18 horas después, me encontraba enfrentando una situación tensa en las calles de París. Desde temprano, miles de personas se habían congregado en la Plaza de la República. Ante el estado de emergencia declarado tras los ataques del 13-N, las principales ONGs globales habían decidido cancelar la gran marcha climática y cooperar con el gobierno francés. En un intento de salvar los gigantescos esfuerzos dedicados a la organización de la marcha, se organizaron actos simbólicos en la plaza. Avaaz depositó una cantidad astronómica de zapatos, simbolizando a la gente que habría acudido a exigir “justicia climática”. 350.org hizo lo propio con una cadena humana.

Todo esto, sin embargo, sucedió antes del mediodía. Para entonces, la situación en la Plaza de la República iba a medio camino entre la tranquilidad y la decepción. Aquí y allí pequeños grupos de activistas hacían lo suyo: unos protestaban por temas nucleares, otros por Palestina, otros por el Tibet y así sucesivamente. En el centro de la Plaza, el memorial a las víctimas del 13-N acaparaba gran parte de la atención, pero también hacía de (triste) recordatorio: gracias a las acciones de 7 u 8 dementes hace dos semanas, lo que pudo haber sido una jornada para los anales de la expresión popular se quedaba en nada. La élite mundial se reuniría en La Bourget para, nunca mejor dicho, decidir el destino del planeta. Pero la gente a la que esas decisiones afectarían tenían oficialmente prohibido hacer eso mismo: reunirse. Era imposible no percatarse de esta ironía, e imposible no sentir una creciente indignación. ¿No era precisamente esto lo que buscan los terroristas? 

Esa indignación debió haber recorrido las venas de gran parte de los presentes. Porque poco después, un grupo de activistas intentó liderar una marcha por una de las calles que dan a la Plaza. La línea policial estaba plantada en la siguiente esquina. Y lo que habían sido boinas y caras descubiertas –en el lado policial— ya se había convertido en full riot gear: cascos, escudos, toletes, gas lacrimógeno y todo lo demás. En ese momento recordé mi predicción de la noche anterior, tan osada como correcta. Pero ya era tarde para reflexiones: cuando el peligro sube, la razón vuelve a perder importancia. París, Copenhague, Caracas, Río de Janeiro, Atenas, Túnez, El Cairo... mi lista de protestas violentas es larga. Y cuando se tiene una lista así, uno empieza a ver a través de lo específico, a reconocer patrones. Individualmente, los seres humanos somos seres maravillosos, de una complejidad casi infinita. Pero en grupo somos otra cosa. En grupo somos más parecidos a animales gobernados por fuerzas más allá de nuestro control. Así, da igual que se esté en París o en la Cochinchina, que la causa sea justa o injusta, e incluso que la protesta se dé en el marco de un Estado “democrático” o no. Cuando la adrenalina empieza a fluir por las venas de policías y manifestantes, el guión suele ser parecido.

En toda protesta, hay momentos clave. Mientras el inexperto se distrae con la musicalidad de los eslóganes, o con las parafernalias de los pacifistas y los hippies que bailan, ofrecen flores a los policías o se sientan frente a ellos, el experimentado está pendiente del black bloc, los anarquistas que buscan provocar a la policia (léase arrojarles cualquier cosa, desde piedras hasta bloques de concreto). El inexperto deja que sus emociones lo controlen: después de todo, en las sociedades capitalistas “democráticas” hay pocas cosas más emocionantes y peligrosas que enfrentarse a la policía con el rush de adrenalina que da el sentido de comunidad y la indignación de una causa “justa”. El experto, por otro lado, comienza a prepararse para lo peor. La experiencia, el instinto y el entrenamiento toman el control. Mantenerse concentrado y ejecutar planes de contingencia van más allá de cualquier cosa.

La situación en la Plaza de la República fue fuerte, para qué negarlo. Después de ese enfrentamiento inicial, en el que la policía cargó contra los activistas, los uniformados comenzaron a rodear la Plaza. Bloquearon todos los accesos, y solo permitían la salida de ancianos y niños. La ejecución de los movimientos tácticos policiales –de repente echaban a correr, atropellando a cualquiera que encontraran— solo hizo aumentar la tensión, que rayó demasiadas veces en un pánico generalizado. Cerca del centro de la Plaza seguían los enfrentamientos con los anarquistas, que arrojaban lo que podían encontrar –incluyendo todas las ofrendas a las víctimas del 13-N— a los policías, que respondían con golpes, gas lacrimógeno y bombas de estruendo. La Plaza era un caos, nadie sabía qué hacer ni cómo salir. Y la agresividad policial solo aumentaba. Cuando una amiga francesa se acercó a preguntar cómo salir, un policía vino desde la segunda línea y, empujándola violentamente, le gritó “tú viniste aquí a protestar, ahora te aguantas”.

Cuando uno está en el medio de situaciones como esa, comienza a preguntarse qué impacto tendrá en las noticias. Más tarde pude ver los reportes. Al parecer no hubo heridos, pero más de 200 arrestados. Considerando la cantidad de gente que había en la Plaza y lo que pude observar en el comportamiento policial, diría que la estrategia era ir acorralando a un grupo de personas para arrestarlos. Si no fuera porque logré salir antes, yo mismo habría sido parte de esa estadística.

El otro efecto de situaciones así es que uno piensa que eso es el centro del mundo. El sentido de supervivencia, simplemente, te traiciona. Pero no. Lo cierto es que los enfrentamientos de París fueron solo una nota al pie de página en una jornada que, aunque desprovista de su elemento principal, terminó siendo apoteósica. Más de 600 mil personas se manifestaron en más de 150 países a lo largo y ancho del planeta. Al volver de la Plaza de la República y leer eso, la perspectiva cambia. Cada golpe, cada bomba de estruendo y cada lata de las lacrimógeno tenían significados que iban mucho más allá de París. Lo que está en juego, como dije en la reflexión anterior, es demasiado grande.

La COP21 acaba de arrancar. Y como toda reunión de este tipo, su análisis gira en torno a varias ideas clave. Ya estamos más o menos familiarizado con el tema de los dos grados y demás, pero hay otros conceptos importantes. Uno de ellos es que si seguimos con las cosas como están, o business as usual, vamos hacia una subida de temperaturas promedio de más del doble. Antes de terminar esta reflexión, quisiera desarrollar esto un poco más.

El contexto general es conocido pero vale la pena volverlo a repetir. Desde 1998, cada año ha sido más caliente que el anterior, por lo que el año en curso corona el periodo más caliente jamás registrado en nuestro planeta. Los estimados preliminares ponen la temperatura de 2015 unos 0.73 grados por encima del promedio del periodo 1961-1990, y casi un grado por encima del periodo pre-industrial, de 1880 a 1899.

¿Cómo se ha visto todo esto reflejado? Bueno, México acaba de sufrir el huracán más fuerte jamás registrado. El hielo en la Antártida se está derritiendo a tal velocidad que se estima que las capas heladas pueden colapsar para 2100, garantizando una subida catastrófica en el nivel del mar. Asimismo, los científicos han concluido que la mayor parte de las 40 mil especies de árboles tropicales del mundo están técnicamente en peligro de extinción. Eso incluye entre el 36 y el 57% de las 15 mil especies en el Amazonas. Aquí es necesario añadir un par de datos demoledores: el 90% de los árboles del mundo son tropicales, y el Amazonas representa la última gran extensión de árboles en el planeta. Desde 1900, África ha perdido el 55% de su bosque tropical, y Asia el 35%. Así, los árboles ya son parte oficialmente de las especies más amenazadas.

Siguiendo con el business as usual, es ya casi de conocimiento popular que la guerra en Siria es el primer gran conflicto originado por el cambio climático. La sequía que le precedió, de hecho, es considerada la peor desde que la agricultura comenzó en la Media Luna Fértil hace un milenio.

Es necesario tener todo esto en cuenta para comprender el tema de los dos grados. Aquí hay dos cosas que son importantes. La primera es, ¿hacia donde vamos con el business as usual? En este sentido, el consenso científico es aterrador: si seguimos así, para 2045 estaremos sobrepasando los dos grados de aumento, y para 2100 la temperatura promedio habrá aumentado entre 4 y 5 grados centígrados, con un metro más en los niveles del mar, y consecuencias tan graves que son imposibles de imaginar. Solo para hacernos una idea, 5 grados representa la diferencia entre la temperatura promedio del mundo de hoy y la de la última era de hielo.

La segunda pregunta es, por supuesto, si es posible llegar al objetivo de los dos grados. Para los expertos, la respuesta sencilla es 'no', aunque tampoco se prevé el catastrófico escenario al que nos llevaría seguir con el business as usual. Uno de los temas clave en la COP de París es que hasta 155 países han publicado sus INDCs, documentos en donde se especifican los compromisos que cada país voluntariamente adquiere de cara a la meta común (Panamá, por cierto, no envió el suyo a tiempo). Un estudio de lo aportado hasta ahora –que incluye a los actores más importantes a nivel global— concluyó que las emisiones de Gases de Efecto de Invernadero podrían reducirse en un 90%, lo que reduciría el aumento de la temperatura a 3 grados por encima del promedio histórico.

El tema es así de simple: el éxito de París aún nos pone en camino a la catástrofe. Y eso sin hablar del elefante en la sala: los compromisos son todos muy lindos, pero que se cumplan es otra cosa. No existe ni marco legal ni precedente histórico para hacer cumplir estos objetivos a nadie que importe. De hecho, el último tratado vinculante, el de Kyoto, fue violado repetidas veces y nadie pagó. Lo que salga de París, entonces, estará afectado por las mismas deficiencias estructurales.

Las palabras altisonantes de los Obama, Xi y compañía ya comenzaron a llenarlo todo. De cara a la galería se hablará de ideales y de humanidad común y de salvar el mundo. De puertas para adentro se harán negocios y se hablará de Siria y de la crisis entre Turquía y Rusia. Más adelante desarrollaré este ángulo, pero lo importante es no dejarse engañar. Al seguir la cobertura de París, tengamos en cuenta todo esto.

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