Sismo en Italia afectó a muchos inmigrantes

L'AQUILA, Italia (AP). Entre las miles de personas cuyas vidas fueron trastornadas por el terremoto de comienzos de mes en el centro de Italia figuran numerosos inmigrantes que vieron esfumarse en un instante todo lo que habían conseguido a fuerza de sudor.

Mientras que muchos de los italianos de la región tenían otras viviendas o se alojaron en lo de amigos y parientes, los extranjeros, incluidos un buen número de peruanos y filipinos, no tienen adónde ir y se instalaron en decenas de campamentos levantados por las autoridades.

"No tenemos nada", expresó Jimmy Ruiz, un peruano de 28 años que compró una casa junto con varios familiares, la cual sufrió serios destrozos. "Es una pesadilla", expresó.

Ruiz se instaló en una carpa con sus parientes y su novia, quien está embarazada y considera la posibilidad de regresar a Perú, al menos por un tiempo. "No tenemos herencias ni parientes con dinero como los italianos. Empezamos de cero y esto se llevó todo lo que teníamos".

Paolo Brivio, de la organización caritativa católica Caritas, dijo que el terremoto del 6 de abril, que mató a casi 300 personas, es "la primera emergencia grande en Iatlia en la que hay una gran presencia de inmigrantes".

"Perdieron sus trabajos y las casas que todavía estaban pagando. Y al no tener empleo ni vivienda, muchos podrían perder el derecho a permanecer en Italia", manifestó.

No hay cifras oficiales del número de extranjeros que hubo entre las 55.000 personas afectadas por el terremoto, pero está claro que se trata de una gran cantidad. En L'Aquila, la ciudad más golpeada, con 70.000 habitantes, residían unos 4.000 extranjeros con papeles, sin contar los indocumentados que pudiera haber, indicó Caritas.

La embajada colombiana dijo que en la zona del terremoto había 400 colombianos, incluidos once sacerdotes, y que a ninguno le pasó nada, aunque las viviendas de varios sufrieron destrozos. El consulado peruano en Roma informó que en la región del sismo había al menos 160 peruanos que residían legalmente, entre ellos Roberta De La Cruz, de 60 años, quien falleció a raíz del temblor.

En el campamento principal de L'Aquila hay una gran cantidad de extranjeros, especialmente peruanos, rumanos y filipinos, que hacen colas para recibir comidas gratis, lavan su ropa, que cuelgan en sogas, y pasan el tiempo jugando a las cargas o al fútbol.

Mientras que muchos italianos acomodados se están alojando en casas con agua caliente y privacidad, unas 33.000 personas de pocos recursos se instalaron en los campamentos, donde se refugiaron los inmigrantes así como italianos pobres y ancianos sin familiares.

Julyn Macabante, una filipina de 26 años, llegó a Italia hace cuatro años y trabajaba como sirvienta para un psiquiatra y su esposa. Luego del terremoto, que destruyó la vivienda, repleta de antigüedades y cuadros, la pareja se alojó en la casa de una hija, una abogada de Roma, donde también se refugiaron algunos amigos.

"Me dijeron que lo lamentaban pero que no tenían lugar para mí", expresó Macabante, quien sostenía a su familia en las Filipinas con lo que ganaba aquí. Ahora permanece en una carpa azul con un primo y otras nueve personas.

De todos modos, se considera afortunada. Sus empleadores la visitaron el fin de semana pasado para ver cómo estaba y le dijeron que la ayudarían a encontrar trabajo con otra familia. La mujer dijo que sus antiguos empleadores también la están pasando mal, tratando de reconstruir sus vidas. "Es una calamidad. Los entiendo", manifestó.

La vida en los campamentos no es fácil y han surgido algunas tensiones entre italianos y extranjeros, derivadas en parte de lo que las autoridades describen como rumores sin fundamento, según los cuales los inmigrantes estarían aprovechándose de la ayuda que reciben. Pero no se han reportado incidentes graves.

Ruiz dice que se sintió humillado cuando lo acusaron de aprovecharse de la situación al pedir comida para varias personas. Agrega que no se dieron cuenta de que la comida era para sus compañeros de carpa.

"Ahora que les va bien, no se acuerdan de cuando emigraban a Sudamérica y Estados Unidos", declaró Ruiz, quien trabaja como albañil. "Lo que más duele es que hemos trabajado muy duro para ellos y ellos no lo aprecian".

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