Texas, inesperado epicentro del debate en torno a las armas

Se paró frente a la puerta de su dormitorio durante cinco minutos el sábado por la mañana, tratando de encontrar valor para abrirla y regresar a un mundo en el que temía no iba a volver a sentirse segura jamás. Recorrió el pasillo hacia el porche de entrada desde donde la mañana previa había visto los autos policiales dirigiéndose a la escuela secundaria vecina. Jamás se olvidaría de esas sirenas.

Christina Delgado sufría desde hacía meses pensando en cuál sería la próxima matanza en una escuela, desde que un individuo mató a 17 personas a 1.600 kilómetros (1.000 millas) de aquí, en Parkland, Florida. Su hija de 13 años lo vio todo por televisión y dijo que tenía miedo de volver a la escuela. De modo que Delgado asumió una postura muy impopular en el estado de Texas, que tiene algunas de las leyes sobre venta de armas más permisivas de Estados Unidos: Asistió a actos e interrogó a candidatos a cargos públicos acerca de su postura hacia las armas, y manejó hasta Houston para participar en una de tantas Marcha por Nuestras Vidas alentadas por estudiantes que sobrevivieron a la matanza de Parkland. Salió a la calle para pedir un mayor control a la venta de armas, que evite las frecuentes matanzas de estudiantes en sus aulas.

El viernes se despertó y se encontró con que el fenómeno que venía condenando había llegado a la puerta de su casa. Un adolescente había disparado armas de su padre en la Santa Fe High School a pocas millas de distancia, matando a diez personas, incluidos ocho menores.

“Quiero que la gente sepa lo aterrador, lo doloroso y lo posible que es esto”, expresó Delgado. “Se suponía que esto no iba a suceder aquí. Que en Texas los dueños de armas son gente responsable. Nos preocupamos por nuestros hijos, por nuestras comunidades, por nuestras familias. Pero les fallamos. Y es como una bofetada”.

Delgado, peluquera que tiene dos hijos, recuerda lo sucedido ese día como si fuese un sueño: la llamada de su mejor amiga que le decía que no podía dar con sus hijos, su corrida en pijamas por la carretera, en medio de padres que gritaban y adolescentes manchados de sangre. La caótica jornada fue devastadora para esa pequeña ciudad conservadora, donde todos se conocen y tienen armas. Y puso a Santa Fe y a sus 13.000 residentes en el epicentro del debate en torno a la venta de armas.

El domingo por la mañana, incluso en las iglesias sonde la gente buscó amparo, el debate estaba siempre latente.

En la Primera Iglesia Bautista de Arcadia, el gobernador Greg Abbott, firme defensor del derecho a portar armas, abrazó a los feligreses a su llegada, rodeado de decenas de cámaras de televisión, fotógrafos y periodistas. Mónica Bracknell, estudiante de 18 años que sobrevivió a la matanza, lo detuvo y le dijo que el ataque no debía ser usado como excusa para restringir la venta de armas.

“La gente lo está explotando políticamente”, expresó. “No es un tema político. Esto no tiene nada que ver con la venta de armas”.

Texas es uno de los estados que con más fervor defiende el derecho a portar armas, por más que otros estados hayan comenzado a restringir lentamente su venta. Después de que un individuo mató a 20 estudiantes de primaria y seis adultos en una escuela de Connecticut en el 2012, los legisladores de Texas ampliaron los derechos a portar armas en el estado. Y cuando un hombre mató a más de dos docenas de personas en una iglesia de Sutherland Springs, Texas, el año pasado, el secretario de justicia del estado Ken Paxton dijo que debía haber más armas en las iglesias.

A juzgar por las primeras reacciones, nada hace pensar que los texanos vayan a reconsiderar su postura hacia las armas. En Parkland, los estudiantes se unieron y pidieron cambios. En Texas, muchos estudiantes y sus padres piensan igual que Bracknell: Que hay que hacer algo para proteger a los estudiantes, pero no restringir la venta de armas.

El domingo, el nuevo presidente de la Asociación Nacional del Rifle, paladín de la lucha a favor de la venta libre de armas, atribuyó las balaceras en las escuelas al Ritalin, aunque no hay indicio alguno de que las autoridades consideran responsable a esa u otras medicinas. El vicegobernador de Texas Dan Patrick las atribuyó al aborto y a los videojuegos violentos.

El gobernador Abbott convocó a una mesa redonda de expertos para analizar qué se puede hacer para evitar más matanzas en escuelas. Entre las posibles soluciones que mencionó figuran reforzar las medidas de seguridad, colocar detectores de metales y revisar las cuentas de los estudiantes en las redes sociales.

La matanza fue la experiencia más aterradora que ha vivido Heidi McMillen. Ella se encontraba en otro sector de la escuela cuando empezaron los tiros y se puso a correr junto con muchos otros estudiantes por un pasillo tratando de ponerse a resguardo. Habían pasado tan solo 93 días desde que los estudiantes de Parkland hicieron lo mismo.

“Las cosas no pueden seguir igual, porque va a haber más matanzas”, sostuvo. “Da la sensación de que no hay mucho que se pueda hacer en el tiempo que tenemos. Quién sabe cuándo va a haber otra matanza en una escuela”.

McMillen no cree que restringir la venta de armas sea la solución. En su casa hay armas, ella las respeta y dice que hacen que se sienta más segura. Siempre y cuando no caigan en las manos equivocadas.

Pero insiste en que hay que hacer algo porque de lo contrario van a morir más niños y más todavía van a sobrevivir y se van a sentir culpables, como le sucede a ella, por haberse reído, por divertirse, por hacer las cosas que hacen las muchachas como ella.

“No es fácil esto para mí, pensar que voy a tener una vida después de esto”, manifestó.

Delgado también se despertó el sábado con una sensación de culpa porque ella y sus hijos estaban vivos, mientras otras familias conocidas de su ciudad hacían frente a lo impensable: que su hijo murió en el marco de una violencia sin sentido.

Cuando empezó a lucir una pulsera de la Marcha por Nuestras Vidas hace algunos meses, muchos de sus amigos y vecinos se mostraron escépticos respecto a sus intenciones.

“Piensan que somos izquierdistas alocados que queremos sacarles sus armas”, declaró. Pero Delgado dice que en su casa siempre hubo armas, que las respeta y sabe lo que representan para la identidad de los texanos. Cuando consigue expresarle su punto de vista a la gente, tienden a entenderla y a menudo están de acuerdo con ella: en que hay que revisar los antecedentes de las personas, fijar límites de edad para la compra de armas, mejores medidas para que las armas no caigan manos de personas con trastornos mentales. Pero las divisiones políticas han planteado el debate en términos extremos, de todo o nada, generando la sensación de que los legisladores tienen solo dos opciones: o le sacan sus armas a todo el mundo o no.

“Todo es en blanco y negro, pero la respuesta es gris, y nadie la ve”, dijo Delgado.

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