Timor Oriental le declara guerra a la lepra

OE-CUSSE ENCLAVE, Timor Oriental ( AP). Si existe un lugar tan remoto que pudiera ser llamado el fin del mundo, la desvencijada choza de Adelino Quelo sería una buena candidata.

Su hogar cónico, con techo de paja, está en la última esquina en Timor Oriental. Está ubicado en la ladera de una escarpada montaña esmeralda con una impresionante vista de la vecina Indonesia, tan cercana que parece que puedes tocarla.

Cuando el ocasional visitante grita su nombre, se siente desde el interior un arrastrar de pies. Un minuto pasa y Quelo, de 68 años, aparece en la pequeña entrada. El hombre se pone en marcha y gruñe mientras arrastra penosamente una pierna, luego un brazo, usando como única ayuda un disparejo par de chancletas.

Ha perdido los dedos y partes de las manos y los pies. Solamente le quedan muñones, lo que le impide levantarse, agarrar e incluso darse un baño. Pero Quelo ofrece su sonrisa desdentada y hace un gesto a sus visitantes para que se acerquen, disculpándose por no tener más nada que ofrecer que su historia.

Él es apenas un rostro de la lepra en un país que ha declarado la guerra a la ancestral enfermedad. Timor Oriental es uno de dos países _ el otro es Brasil _ en el que la enfermedad está lo suficientemente diseminada como para ser considerada una amenaza pública.

Pero para Quelo, la pelea llega demasiado tarde.

" Yo ya sufro de esto, y esto se acaba", dice. " Espero que nadie más tenga que sufrirlo".

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Se piensa que el enclave Oe-cusse, una exuberante área separada del resto de Timor por el Mar Savu, fue una colonia de leprosos bajo el dominio portugués y luego el indonesio.

La zona estaba en la línea del frente durante la brutal guerra por la independencia de Indonesia hace 11 años, y quedo casi destruida. Monumentos marcan ahora sitios de masacres.

Sus 60,000 habitantes son sobrevivientes, pero son extremamente pobres. Las condiciones de vida empeoran a medida que los caminos se estrechan y se vuelven más empinados, exponiendo niños con barrigas abultadas y franjas rubias en el cabello, indicios de malnutrición.

El tiempo parece haberse detenido aquí, y la enfermedad, considerada desaparecida desde hace tiempo, continúa devorando vidas poco a poco, pese a un tratamiento de tres píldoras recomendado en las últimas tres décadas. La cantidad de infecciones nuevas en Timor oriental, donde vive un millón de personas, ha bajado a 160 el año pasado. Eso está casi dentro del objetivo de la Organización Mundial de la Salud, menos de un caso por cada 10,000 personas.

Ahora, expertos en lepra como la doctora Rosmini Day, que ha batallado la enfermedad a lo largo de 20 años en Asia, están revisando esta aislada región en busca de nuevos casos. Desde que comenzó la campaña en 1991, el número de nuevos pacientes en el mundo ha caído de unos 10 millones a 250,000. La lepra es virtualmente inexistente en Occidente, con apenas 150 casos reportados en Estados Unidos anualmente.

Algunos expertos dicen que el objetivo fijado por la OMS hace creer erróneamente a mucha gente que la enfermedad ha sido completamente erradicada. Y algunos cuestionan la veracidad de las cifras en países que buscan alcanzar las metas mundiales.

Pero Day, una abuela indonesia de 62 años, salió de su retiro para ayudar a Timor Oriental con su batalla. Ella tiene una gran habilidad para detectar la enfermedad en sus etapas iniciales y considera que ningún área puede ser ignorada, no importa cuán remota.

Day sube un lodoso camino de montaña, peligroso aún para vehículos 4X4, y examina a un paciente en medio de la lluvia en las afueras de su choza. Interrumpe una pelea de gallos en otra aldea para pellizcar y halar la piel del codo de un hombre para ver cuán rápido regresa a su posición natural. Para en la casa de un tercer hombre y le examina la piel bajo la camisa.

La lepra es difícil de identificar en sus etapas iniciales, pero Day dice que es importante que la nueva generación de trabajadores de salud aprenda las manifestaciones para frenar la diseminación y curar a pacientes antes de que el daño esté hecho. Es realmente la única forma de librarse de la enfermedad.

" Yo uso un sarong para protegerme los dedos de los pies, pero aún así las ratas llegan por la noche y me los mordisquean", dice Luis Siqueira Afoan, de 65 años, un paciente que caminó más de 3 kilómetros en muñones ennegrecidos para ver a la doctora, que no puede hacer nada ya para ayudarle. " Cuando duermo, me pongo los dedos de las manos bajo la cabeza, pero las ratas los comen de todas formas".

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La lepra, una enfermedad bacteriana crónica, no mata, pero deforma e inhabilita gradualmente a aquellos que no la identifican a tiempo para ser tratada. Al igual que la tuberculosis, puede estar latente durante años antes de atacar y lentamente paralizar los nervios que permiten cerrar las manos.

Usualmente comienza con descoloraciones ligeras en la piel y entonces se extiende, impidiendo el crecimiento del cabello en áreas afectadas y afectando las glándulas sudoríparas y las glándulas sebáceas. Eventualmente, manos y pies se vuelven insensibles y comienzan a engarrotarse, causando a heridas que pasan inadvertidas y se infectan porque la persona no siente dolor. En los peores casos, se pierden dedos y se sufre ceguera.

La lepra, o mal de Hansen, es una de las enfermedades más temidas en la historia. Fue descubierta en un esqueleto de 4,000 años en India, y ha desfigurado o marginado a quienes la sufren a lo largo de los siglos.

" Lepra es una palabra que sigue siendo asociada con estigma y miedo. Algunos diarios usan la palabra leproso para denotar a alguien marginado de la sociedad", dice la doctora Diana Lockwood, profesora en la escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres, que ha estudiado la enfermedad durante 30 años. " Nadie debería tener que ir a un leprosario en la actualidad".

Pero en Timor Oriental, y especialmente en el Enclave Oe-cusse, la lepra no es tan temida como en lugares más ricos y educados. Muchos pacientes le informan a sus amigos y vecinos que se les ha diagnosticado la enfermedad, y la comunidad se convierte en su sistema de apoyo.

Nadie evade o teme a Quelo, pero lo remoto de su vivienda hace que no tenga muchos visitantes. Sin embargo, no está solo. Sus ojos se llenan de lágrimas cuando habla de su dedicada esposa y sus cuatro nueras, que le cuidad diariamente.

" Si ella no me amase quizás yo habría muerto hace tiempo", dice Quelo de su esposa, que estaba afuera colectando comida para la cena.

" Aunque estoy sufriendo, nunca he culpado a mi Dios. Estoy satisfecho con mi vida, pese a que tengo lepra", dice Quelo. " Estoy agradecido de que él se ha ocupado de mí hasta esta edad".

Entonces comienza a arrastrar lo que queda de su cuerpo de regreso a la choza. Mientras mueve un pie, y luego una pierna a la vez, el sonido de su resuello se desvanece lentamente en la oscuridad.

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