Trabajan en San Diego, se entrenan como luchadores en Tijuana

TIJUANA, México (AP). "El Canalla" es de los que gritan desde el ring durante una función: "¡Aplaudan, público aguado!", o bien, "¡Cállense, bola de piojosos, ya llegó su padre!".

Además de su aspecto temible, tipo verdugo de Inquisición desempleado, los villanos del espectáculo de la lucha libre mexicana tienen que dejar claro que son malcriados y amorales. Hay otros que incluso van más allá y, al terminar su actuación, tallan sus axilas y después buscan saludar a la gente que se encuentran en las primeras filas.

Sin embargo, las tardes de los martes y jueves no hay tiempo para esas expresiones. En un patio austero y frío al aire libre --situado dentro del complejo del Auditorio Municipal de Tijuana-- entrena una veintena de luchadores, entre ellos Roberto Carlos Macías, "El Canalla", nacido en esta ciudad hace 27 años y quien lleva dos años en la profesión.

Más allá de la coreografía de rudos y técnicos ayudándose para aplicar castigos y vuelos magníficos desde la tercera cuerda, lo más real de la lucha libre sucede a puerta cerrada, en las escuelas de lucha libre, donde no hay público y los luchadores tampoco traen máscaras.

Para algunos la rutina va desde manotazos en sus pechos, que quedan enrojecidos y grabados igual que sus gestos; diversas llaves, pararse de cabeza con sus cuerpos pegados a las cuerdas, hasta una lucha grecorromana con un contrario evitando poner su espalda sobre la lona.

Otros hacen acondicionamiento físico levantando pesas oxidadas en un área cerca del ring.

"Uno nunca deja de aprender, por eso tenemos que estar viniendo constantemente al gimnasio. Aquí aprendemos a soportar el dolor, porque quienes entrenar aquí pagan para que les peguen. No hay otra forma de aprender la lucha libre", dijo Macías.

El es médico veterinario egresado de la UABC, la universidad pública de mayor prestigio en el estado, pero abandonó su profesión luego de un año de ejercer para irse a trabajar en la construcción en el condado de San Diego, California.

Eso fue porque la carrera no era lo que esperaba ni le aseguraba su sostén económico, tampoco podía ayudarle a formarse como luchador, indicó. Un trabajo en California como obrero de la construcción le permitía tener mejor condición física y su salario era casi el triple que un profesional en México.

De lunes a viernes, Macías cruza la frontera Tijuana-San Ysidro al filo de las cinco de la mañana para llegar temprano a la obra en el condado de San Diego. Su jornada laboral termina a las tres de la tarde. Martes y jueves entrena y los fines de semana tienen funciones de lucha en la región.

Como "El Canalla", unos 30 luchadores de 157 que tienen licencia en la Comisión de Box, Lucha Libre y Artes Marciales de Tijuana trabajan en "el otro lado" como empleados de almacén, obreros de alguna fábrica, cocineros o en la construcción; pocos como luchadores; pero viven y se forman como luchadores en este lado de la frontera.

Muchos, sobre todo los luchadores amateur, sueñan con llegar algún día ser como "Rey Mysterio", el astro de apenas 1.55 metros (poco más de cinco pies) de estatura de la liga estadounidense WWE que no hace mucho tiempo practicaba sus saltos espectaculares en ese gimnasio.

Otros hablan de querer ser como "Rey Misterio" (tío de Rey Mysterio), "Súper Astro", "Konan", "Nicho El Millonario", "Halloween" o "Damián 666", quienes se formaron en Tijuana y llegaron a ser estrellas de la lucha libre en México a finales de los noventa y la década pasada, con apariciones constantes también en ligas de Japón y Estados Unidos.

Mientras sueñan con llegar a la élite de la lucha libre, algunos trabajan en Estados Unidos.

La lucha libre es una pasión para estos gladiadores, pero en la frontera no todos se pueden dedicar completamente a esto; en los últimos tres años la dura economía ha pegado también a los empresarios de lucha libre, que han reducido sus programas a menos de la mitad al año. Hasta el 2007 había más de 200 funciones anuales en la entidad.

Daniel Martínez es otro de los luchadores que van a ganarse el pan diario a California. Nació en Tijuana hace 42 años, de los cuales tiene 24 como profesional de la lucha libre.

Es un enmascarado, pero no quiso decir su nombre, pues consideró que eso pierde un poco el misterio del luchador y también porque es actualmente el instructor para estudiantes y luchadores amateur de la escuela de lucha libre del Auditorio Municipal.

Martínez es chef desde hace cinco años en un restaurante de sushi de la bahía de San Diego. Ese oficio lo heredó de su padre y lo ha ejercido por más de dos décadas.

Pero ni la buena paga, ni las comodidades de ese oficio, ni el fastidio de madrugar todos los días para estar a las seis de la mañana en el restaurante han mermado su pasión por la lucha libre. Y en este oficio la pasión va acompañada por sufrimientos.

"Muchos llegan al gimnasio porque quieren ser como Rey Mysterio. Sueñan con tener la misma proyección. Lo que más ocupa un aspirante a luchador es valor. Principalmente les pedimos a los muchachos que vienen a entrenar que tengan las ganas, que sientan la lucha libre. Muchos vienen aquí porque son aficionados pero apenas se suben al ring se desencantan", dijo Martínez.

"Lo que se ocupa es pasión por esta profesión", agregó "Míster Maldito", de 34 años, otro luchador profesional que trabaja como instructor, quien declinó dar su nombre. "Aquí se aprende a golpes, se enseña a que el dolor sea menos, a resistir el dolor. Mucho de la lucha libre es la condición física, pero ante todo el luchador debe sentir la lucha libre".

Cuando se les pregunta a los instructores qué tan reales son las peleas en la lucha libre, responden de inmediato: "tan reales como las lesiones y marcas que llevan en sus cuerpos". La mayoría han sufrido lesiones en sus rodillas, espalda y cuello; y tienen en sus frentes cicatrices mal suturadas que les dan un aspecto tenebroso.

En la ciudad hay cinco escuelas de lucha libre, pero la más importante es el gimnasio público del auditorio, donde han estado grandes maestros como "Negro Casas", "Rey Misterio", "Tony Camargo" (el antiguo "Enfermero"), "Súper Astro" y Jesús "Chamaco" Martínez.

"Todas las llaves que se utilizan en la lucha libre son para rendir, romper o hacerlas profesionales. Lo que se ve en televisión son llaves sólo para doler, no para romper, porque si no se acaba la lucha libre", dijo Mario Fuentes, un luchador retirado de 59 años, conocido como "Médico Asesino Jr".

Fuentes es instructor y propietario del gimnasio Azteca, un club privado enclavado en el Cañón Pedrera, al sur de la ciudad, que cada tarde recibe a 20 jóvenes aspirantes a luchadores y a otros profesionales que van a perfeccionar lances, llaves u otras técnicas.

"El espectáculo es que se vean las cosas creíbles. Les enseñamos el arte de la lucha libre, que se vea lo impactante sin que puedan lesionar a su rival, porque una lesión puede poner fuera a cualquier luchador", asegura Fuentes, quien es hijo del legendario "Médico Asesino", uno de los personajes cinematográficos y de la lucha libre mexicana de la época dorada.

Aarón Castro, de 27, es un enmascarado que lucha como "Angel Metálico". Es muy delgado y bajito, mide apenas 1,60 (5-3), pero el ejemplo de su admirado "Rey Mysterio" le sirve de escudo ante sus detractores. Nació en Tijuana y tiene cinco años como profesional.

El tipo de lucha de Castro es muy "aérea": grandes lances desde las cuerdas, espectaculares llaves en el aire que consigue luego de varias maromas. Todo lo ha aprendido en el gimnasio del auditorio municipal, dijo.

Su sueño es llegar a ser un astro de la lucha libre estadounidense, aseguró. Mientras, trabaja seis horas diarias como almacenista de productos integrales y orgánicos en una bodega de San Diego y lucha los fines de semana en México y en el sur de California y Nevada.

A diferencia de sus compañeros, Castro se entrena diario y repite una y otra vez sus saltos, maromas y llaves hasta sentirlas como una extensión de su estado de ánimo.

"Sí, lo que más ocupa un luchador es valor. Pero también voluntad y disciplina, amar esta profesión", dijo "Angel Metálico".

Otra vez ese motor, la pasión por lo que se hace, que a muchos le sirve para aguantar diversas penas y sacrificios, porque se cree que tarde o temprano se podrá alcanzar el sueño.

Como Alejandro Lara, un enmascarado llamado "Clásico", nacido hace 32 años en Tijuana, que tuvo que aplazar más de una década su anhelo de ser luchador, tras hacerse cargo de su familia.

Explicó que se fue como indocumentado a Estados Unidos, donde trabajó poco más de cuatro años en el sur de California como instalador de ventanas y paredes de yeso. Ahorró y estabilizó a su familia, puso un negocio, se casó y tuvo un bebé.

Sin embargo la espina de la lucha libre seguía, dijo. Antes de irse "al otro lado" se había entrenado y estaba a punto de hacer el examen que realiza cada año la Comisión de Box y Lucha Libre para conceder las licencias de luchadores novatos.

Apenas regresó de Estados Unidos, volvió al gimnasio y se preparó. Desde hace dos años es luchador profesional.

"Han sido difíciles estos años porque no ha habido muchas funciones y quienes empezamos queremos que nos vean los promotores. Pero estoy viviendo un sueño que tuve desde que era niño, cuando mi papá me llevaba de la mano a las funciones", dijo Lara.

En el gimnasio continúan pegándose en el pecho unos luchadores, el choque de la palma con el cuerpo se escucha en todo el patio. Otros siguen practicando lo que llaman lucha de suelo: llaves y amarres a ras de lona.

Se ven cansados, pero nadie se queja. Todos parecen acostumbrados al dolor, que se ve como una rutina.

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