Túnez agasaja ciudad donde comenzaron revueltas hace un año

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TUNEZ (AP). Hace exactamente un año, en una ciudad marginal en el árido interior de Túnez se inició el fin de algunas dictaduras, con décadas de antigüedad, en el mundo árabe.

Con un desesperado acto de inmolación, Sidi Bouzid, un vendedor de fruta de 26 años, desató sin saberlo un año de turbulencias que derrocó al menos a tres autócratas en una región que antes se consideraba inmune a la democracia.

Los nuevos líderes de Túnez, junto con miles de personas, participaron desde el sábado en un festival en la ciudad en honor al vendedor, a la revolución y los manifestantes cuya ira se convirtió en una gran bola de nieve que alcanzó el país y la región.

No se puede exagerar sobre los cambios en el mundo árabe durante los últimos 12 meses. Una región estancada en repúblicas y monarquías autoritarias de repente se vio sacudida por el cambio, para bien o para mal.

Los grandes ganadores hasta el momento parecen ser los partidos islamistas largamente reprimidos, que no siempre lideraron las revueltas, pero que en las elecciones subsecuentes en Egipto, Túnez y Marruecos fueron los mejor organizados y los menos contaminados por los antiguos regímenes.

Como el país que echó a andar la llamada primavera árabe, Túnez parece ser el que más ha avanzado en su transformación, pues ya celebró sus elecciones más libres de la historia y llevó al poder a un partido islamista moderado que muchos habían creído extinto por cuenta de la opresión.

Antes, bajo el ex presidente Zine El Abidine Ben Ali, Túnez era conocido por los turistas europeos por sus playas arenosas y sus formas cosmopolitas, pero para la mayoría de sus habitantes, la presidencia de Ben Ali fueron 23 años de un asfixiante gobierno con mano de hierro.

Hoy, un activista de derechos humanos es el presidente, y un político islamista que fue encarcelado por Ben Ali durante 15 años es el primer ministro a la cabeza de una coalición de partidos de izquierda, liberales y religiosos.

El nuevo presidente incluso anunció el viernes que iba a vender los palacios de su predecesor para financiar programas de empleo.

Hace un año, Mohammed Bouazizi se prendió fuego frente al ayuntamiento de la ciudad de Sidi Bouzid después de que una mujer Policía lo abofeteó y humilló públicamente mientras lo reprendía por vender sus vegetales sin licencia. El joven sufrió quemaduras en todo su cuerpo, y murió poco después.

Hasta entonces, había pasado sus días empujando un carrito para vender sus vegetales, pero cuando los funcionarios de la ciudad confiscaron sus mercancías y después ignoraron sus peticiones de restitución, algo cambió y un joven que nunca había salido de Túnez transformó Medio Oriente.

Su acto tocó una fibra sensible en el empobrecido interior del país, donde el desempleo aún se ubica alrededor del 28%.

Las manifestaciones comenzaron en Sidi Bouzid, pero pronto se extendieron a la vecina Kasserine y las ciudades cercanas. Después, a todo el país y el resto de la región.

Ahora, esta pequeña ciudad ha vuelto a ser el centro de atención. Miles de personas marcharon por las calles, observaron los fuegos artificiales y aplaudieron la inauguración de un monumento en mármol de un carro de vendedor de frutas rodeado por sillas vacías que simbolizan a los dictadores caídos.

Donde antes había pocas señales del sacrificio de Bouazizi, ahora la calle principal de la ciudad lleva su nombre.

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Schemm informó desde Rabat, Marruecos.

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