Veterano activista egipcio cree que sigue la revolución

EL CAIRO (AP). El veterano activista y periodista Hossam el-Jamalaui organizó su primera manifestación cuando aún era estudiante en 1998. Dos años después, a los 23 años, fue arrestado y torturado por la policía egipcia.

Acaba de ser testigo de la caída del presidente Hosni Mubarak, contra el que luchó durante toda su vida adulta, pero sostiene que eso no significa haya acabado la revolución juvenil que vivió el país durante tres semanas y que falta mucho por hacer: prevalece un estado represivo que debe ser desmantelado y los trabajadores aún deben defender sus derechos.

El activista, ahora de 33 años de edad, habló del futuro de la revolución juvenil de Egipto y la década que ha pasado luchando contra el gobierno durante una entrevista con The Associated Press en una cafetería popular de El Cairo.

"El trabajo no ha terminado. Nos hemos librado de Mubarak, pero no nos deshicimos de su dictadura, no nos libramos de la policía de seguridad del Estado", dijo mientras tomaba un fuerte café árabe en el centro de la ciudad, que apenas semanas antes fue escenario de batallas callejeras.

La carrera de el-Jamalaui como activista caracteriza la trayectoria larga y altamente improbable de la rebelión de masas que derrocó a Mubarak. Quien alguna vez fue un soñador que se organizaba más o menos por su cuenta, el-Jamalaui apunta ahora a cosas muy concretas. El siguiente paso, dice, es que el pueblo egipcio no deje de presionar.

"Estamos en la segunda fase de la revolución", dijo el-Jamalaui, quien trabaja como periodista para un ciberdiario en inglés de Egipto y que dirige el blog Arabawy, donde ofrece información sobre el naciente movimiento obrero independiente del país: una campaña que se ha vuelto cada vez más firme desde la caída del antiguo gobierno.

Durante años, los activistas en Egipto plantaron las semillas _a veces por separado, a veces en coordinación_ para construir redes y lanzar campañas sobre causas específicas. Emprendieron luchas solitarias: protestas antibélicas, huelgas, un esfuerzo por crear conciencia sobre los abusos policiales y hasta una campaña para mantener la ciudad limpia mediante la recolección de basura.

Entonces, un día a finales de enero, todo tuvo un sentido social. Eran parte de la dirección de un movimiento, de cientos de miles de personas.

Durante tres semanas, el-Jamalaui luchó contra los simpatizantes del régimen y ayudó a erigir barricadas en la Plaza Tahrir, pero a diferencia de los líderes jóvenes que ganaron fama a raíz de la sublevación, él se niega a hablar con los generales que ahora gobiernan Egipto. Teme que se esté perdiendo el impulso que ganó la sublevación mientras todo el mundo espera a que los militares conduzcan al país en la transición hacia un nuevo gobierno.

"Los activistas pueden tomarse un descanso de las protestas y volver a sus trabajos bien remunerados durante seis meses, en espera de que los militares nos traigan la salvación, pero el obrero no puede regresar a su fábrica y que le sigan pagando 250 libras todavía", dijo, refiriéndose a la ola de descontento laboral que azota al país mientras los trabajadores protestan por sus salarios raquíticos.

"Las huelgas deben continuar. Esa es nuestra única esperanza en este momento. La misión no está cumplida", dijo el-Jamalaui.

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