Tras dura campaña, colombianos votan sobre la paz

El hombre que aspira a destronar a Juan Manuel Santos hervía de furia.

"Con usted no se puede ser respetuoso porque usted no tiene ese talante", le espetó Oscar Iván Zuluaga, tan cerca como para poder lanzarle un puñetazo a Santos y con todo el aire de querer hacerlo, en el último debate televisado antes de los comicios de este domingo.

"Cálmese", le pidió Santos a su rival, con las manos en alto como si estuviera listo para defenderse.

La campaña presidencial más perversa de los últimos años se ha centrado en gran medida en un solo punto: la receta de Santos para poner fin a medio siglo de conflicto con la guerrilla.

El presidente con educación universitaria estadounidense dice que la paz está a la vuelta de la esquina luego de 18 meses de morosas conversaciones en Cuba que él esperaba haber concluido hace meses. Zuluaga, un ex ministro de Hacienda que nunca deja de hacer alarde de sus raíces provincianas, acusa a Santos de vender el país a una insurgencia que ya está contra las cuerdas.

Candidato escogido a dedo por el expresidente Alvaro Uribe, quien sigue cumpliendo un papel protagónico la política colombiana, Zuluaga fue el candidato más votado entre los cinco que se presentaron en la primera ronda el 25 de mayo.

Zuluaga ha fijado lo que parecen ser condiciones inaceptables para continuar las negociaciones si gana: los rebeldes deben detener todas las actividades militares y muchos tendrían, en esencia, que aceptar ir a prisión.

En momentos que el prolongado conflicto colombiano ha costado más de 200.000 vidas y ha restado impulso económico a una nación emprendedora, algunos pudieran pensar que el candidato que busca la paz tiene ventaja.

Pero esta es Colombia, donde "la paz es un país extraño", dice el analista político León Valencia, exmiembro del Ejército de Liberación Nacional que depuso las armas hace dos décadas.

Pero las expectativas de paz han dividido al país en dos y las encuestas de opinión indican que los dos candidatos están empatados.

Uribe y Zuluaga dicen que la paz que Santos negocia significaría que "asesinos terroristas" llegarán al Congreso. Por su parte, Santos niega permitiría que criminales de guerra se salgan con la suya.

La ironía es que Santos, primero como ministro de Defensa de Uribe y después en sus primeros dos años como presidente, dirigió unas fuerzas armadas nacionales cada vez más eficaces, respaldadas por Estados Unidos, contra las debilitadas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en operaciones que aniquilaron a los principales líderes de la guerrilla y devastaron campamentos rebeldes en las selvas con golpes aéreos de precisión.

El único colombiano que puede atribuirse el mismo crédito es el propio Uribe. Franco opositor de una paz negociada con las FARC, Uribe consideró las conversaciones de paz de Santos una afrenta personal y ha usado Twitter incesantemente para criticar a su ex ministro de Defensa.

Los enemigos de Zuluaga dicen que el candidato es sólo una marioneta de Uribe, quien fue elegido al Senado en marzo y de quien fue ministro de Finanzas.

Según Valencia, a los seguidores de Zuluaga no les importa: les complace que su candidato sea "un títere, no una persona que vaya a traicionar a Uribe como lo hizo Santos".

La semana pasada Santos consiguió importantes apoyos y puede haber ganado algún impulso. El presidente recibió el apoyo de 80 altos líderes empresariales y anunció conversaciones exploratorias con el Ejército Nacional de Liberación, el segundo grupo guerrillero de Colombia. Estados Unidos y la Unión Europea ya respaldan sus negociaciones con las FARC.

A Santos se le oponen los ganaderos y los cultivadores de palma, beneficiarios del "proceso de paz" de Uribe con las milicias ultraderechistas que consolidaron su control sobre territorio donde los rebeldes antes secuestraban y extorsionaban. Los grandes terratenientes de provincias se oponen a un acuerdo de paz con las FARC en parte porque facilitaría la devolución de tierras robadas por las milicias que contribuyeron al desplazamiento interno de por lo menos tres millones de colombianos.

Un problema para Santos es que las conversaciones con las FARC se han prolongado con lo que Michael Shifter, presidente del grupo de estudios Diálogo Interamericano, califica de "pocos resultados concretos". Se han concretado los acuerdos marco sobre la reforma agraria, el desmantelamiento del narcotráfico y la participación política de los rebeldes, aunque Shifter y otros analistas piensan que Santos pudiera haber comunicado mejor lo que estaba en juego y crear más apoyo público.

El proceso de paz también "ocupa un lugar bajo en la lista de prioridades de la mayoría de los colombianos", señaló Shifter. Una encuesta Gallup realizada a principios de este mes encontró que menos del 5% de los encuestados opinan que las conversaciones con las FARC deben ser una prioridad para el próximo presidente.

Aumentar el alcance de los beneficios de una economía en crecimiento parece ser más importante para muchos colombianos. El crecimiento económico promedió 4,5% anual durante los cuatro años de Santos, cuando se crearon 2,5 millones de empleos, dice el ministro de Finanzas, Mauricio Cárdenas, pero los analistas afirman que el presidente ha hecho poco por mejorar la educación, la atención médica y la infraestructura.

Y sobre el conflicto, los partidarios de Uribe quieren un hombre fuerte y decisivo que concluya la labor de acabar con las FARC.

Las elecciones del domingo no son realmente sobre Zuluaga and Santos, dice la politóloga Marcela Prieto. "Es quiénes le temen a Uribe contra quienes le temen a las FARC".


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