Los haitianos se resignan a no recibir ayuda tras el paso del huracán Matthew

El huracán Matthew arrasó Haití hace dos semanas, pero poco han cambiado las cosas en Los Cayos, la tercera ciudad más importante del país, que ahora se encuentra desolada con muchos de sus habitantes resignados a no recibir ayuda.

La noche del paso de Matthew un cocotero cayó sobre la casa de Yolette Cazenor, quien al día siguiente narró a la AFP su difícil experiencia. Los días han pasado y el tronco sigue ahí. La única diferencia es que han sido colocadas unas paupérrimas planchas para protegerse del sol.

"Hemos puesto estas placas para tener algo de sombra durante el día", explica Michel Donald, vecino de Yolette, otro damnificado del huracán. "Dentro hemos puesto una enorme lona de plástico en el techo y varios cubos debajo de la cama".

Pero estos arreglos caseros han servido de poco: "Anoche no pudimos dormir", cuenta este joven de 22 años.

Los Cayos sufre cada noche fuertes tormentas --típicas de la temporada--, que obligan a los ciudadanos a esperar los rayos del sol para secar las pocas pocas pertenencias que salvaron hace dos semanas.

El esposo de Yolette se esmera en cortar las ramas de un gran mango caído en el patio de la casa. Está solo y se vale únicamente de su machete porque nadie ha venido a ayudarle a sacar los escombros.

En el centro de la ciudad, varias máquinas del ministerio de Obras Públicas del gobierno dominicano comienzan a retirar los tallos y la basura que se acumulan en las principales calles.

Ketia Jeannejuste ha buscado refugio en casa de su madre, donde pasa los días esperando a que ocurra algo.

Hasta principios de octubre llevaba una vida rural muy tranquila en Cavaillon, a 10 km de Los Cayos. Se ocupaba de su ganado y de vender pequeños productos agrícolas. Pero tras el paso de Matthew no le ha quedado nada.

"Sé que han llegado muchas cosas a Los Cayos, pero nosotros todavía no hemos recibido ninguna ayuda", lamenta esta mujer de 25 años.

"Me gustaría saber por qué, ¿acaso las autoridades locales se lo han quedado todo?, no lo sé", señala Ketia, con gesto de desesperación.

Del otro lado de la calle, inundada por la tormenta de la noche anterior, Emeline Damine, de 43 años, se une a la conversación.

"Los que no han sufrido las consecuencias han recibido la ayuda, pero los más vulnerables no han recibido nada", asegura.

"Además, estamos a punto de celebrar elecciones, todo se ha politizado y la política son sólo palabras, nada llega al terreno", afirma.

Los comicios presidenciales y legislativos previstos para el 9 de octubre fueron pospuestos al 20 de noviembre, un año después de que se celebrara la primera vuelta anulada por fraude masivo.

Este interminable proceso electoral ha cansado a Emeline, que no entiende cómo el país puede pensar en votar cuando tantas familias haitianas están afectadas.

"Los habitantes de Puerto Príncipe tienen que venir a ver los destrozos: Haití no es sólo Puerto Príncipe", señala. "Los ciudadanos piensan que somos animales, que no servimos para nada, pero el sur alimenta Puerto Príncipe", subraya con orgullo en la voz.

"Tendrían que tomarse más en serio esta catástrofe porque, en solo unos días, verán la importancia que tiene el sur cuando ya no encuentren plátanos, mangos y limones (en los mercados). Entonces entenderán lo que significa 'la vida cara'", afirma con dureza Emeline.

Ketia la escucha atentamente con una mirada de aprobación, pero tiene claro que no ejercerá su derecho como ciudadana: entre todas las cosas que ha perdido también está su identificación como votante.


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