Los mexicanos ya no saben a dónde huir de la guerra de las drogas

VERACRUZ, México (AP). Rafael Echevarría tenía un empleo estable en una fábrica, una vivienda modesta y suficiente dinero para llevar ocasionalmente a su familia a comer a un restaurante de McDonald's.

Llevaba una buena vida hasta que la guerra de las drogas estalló en Ciudad Juárez. A eso se sumaron dos robos en los que los ladrones ingresaron a su casa, un grupo de extorsionadores lanzó una amenaza a la escuela donde estudiaba su hija y quienes al final atacaron a disparos el autobús de la institución.

Cuando comenzaron los disparos, Valeria, de seis años, se lanzó al piso, rompiéndose un diente. Le salió tanta sangre de la boca que sus padres pensaron que la niña había recibido un tiro.

Al día siguiente, Echevarría, su esposa y sus dos hijos abordaron un vuelo de regreso al sureño Veracruz, su estado natal. Algo similar han hecho otras 1.600 personas que alguna vez emigraron al norte en busca de empleo en las "maquiladoras" (plantas extranjeras de ensamblaje) y que luego regresaron al sur en busca de seguridad.

El gobierno del estado de Veracruz pagó los vuelos y garantizó a los refugiados de la guerra del narcotráfico que tendrían empleos, educación y vivienda.

En aquel momento, los Echevarría pensaron que aquélla era la única solución, pero la violencia los siguió hasta Veracruz.

Las ofensivas militares contra los cárteles de las drogas y las disputas entre las distintas organizaciones criminales han llevado la guerra a zonas otrora tranquilas. Un año después de su huida, los Echevarría no sólo se vieron atrapados de nuevo en una oleada de violencia, sino que siguen sin recibir la ayuda prometida.

En Ciudad Juárez, los Echevarría tenían una casa y una camioneta. En Veracruz han debido empeñar sus aparatos electrónicos y mudarse a una humilde casa de concreto para pagar sus gastos. El sacrificio de la solvencia para tener seguridad resultó infructuoso.

"Si no hubiera pasado nada, nosotros estuviéramos viviendo muy bien", dijo Echevarría. "Ahorita estamos en la pobreza... Estamos en un hoyo. Muy difícil que salgamos de ahí".

La familia figura entre los miles de mexicanos que forman la diáspora de la violencia del narcotráfico que parece extenderse y desplazarse en vez de cesar, mientras más de 45.000 efectivos combaten a los cárteles y varios recuentos apuntan a una cifra de más de 40.000 muertos.

Sondeos recientes de la firma Parametría encontraron que 1,6 millones de mexicanos se han mudado por la violencia de las drogas desde 2006. Un estudio del Centro de Observación de Desplazados Internos, con sede en Ginebra, calculó el número en 230.000 en 2010 y estimó que la mitad de esa cifra huyó a Estados Unidos.

Otro estudio, del demógrafo Rodolfo Rubio en el Colegio de la Frontera Norte, señala que 200.000 personas han emigrado de Ciudad Juárez a otras ciudades estadounidenses entre 2007 y 2010.

Muchos de los afectados son trabajadores o pobres que no pueden salir del país.

"Para irse a Estados Unidos, los que tienen un estatus, pequeños, medianos empresarios, ellos no tienen problema", explicó Genoveva Roldán, experta en migración en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. "No es el caso de los trabajadores, de los que estaban en las maquiladoras. Ellos no tienen esas opciones."

Veracruz es un húmedo estado costero tropical, pero también cuenta con zonas montañosas. En su suelo se cultiva lo mismo el café que la caña de azúcar. Se le conoce por la belleza de sus paisajes, sus cultivos ricos y su concurrido puerto homónimo, uno de los más grandes de México.

Sin embargo, fue la falta de oportunidades en la zona lo que llevó a miles de veracruzanos al norte desde la década de 1990, cuando las maquiladoras comenzaron a reclutar a obreros de ensamblaje con salarios y prestaciones superiores a los que se ofrecen en promedio en el resto de México.

Echevarría había crecido en la pobreza y abandonó la escuela antes de los 15 años, para ayudar a su padre con el sustento de la familia. Se unió a la Armada mexicana durante un tiempo y luego fue taxista, pero ello no bastó para solventar las cuentas.

En 2004, Echevarría y su esposa Alejandra Durán decidieron mudarse a Ciudad Juárez, confiando en que podrían dar una mejor vida a sus dos hijos más pequeños.

Ahí, Echevarría y su hijo Cristian encontraron empleos en las maquiladoras, fábricas que exportan sus manufacturas principalmente a Estados Unidos. Cristian fue ascendido a inspector de control de calidad en una fábrica de cartuchos de tinta para impresoras.

Juntos, los dos ganaban unos 14.000 pesos (1.030 dólares) al mes, casi el triple del salario mínimo promedio en México.

Compraron una casa de tres habitaciones al sureste de la ciudad y se hicieron de una camioneta. "Juárez es una tierra que ayuda a la gente", dijo Durán.

Para 2008, la guerra del narcotráfico había acabado con la paz. Dos cárteles rivales, el de Juárez y el de Sinaloa, comenzaron a pelear por el control del lucrativo corredor para llevar estupefacientes a Estados Unidos. El índice anual de homicidios se incrementó casi al doble, de 1.600 en 2008 a 3.100 en 2010.

El presidente Felipe Calderón ordenó el emplazamiento de miles de soldados para enfrentar a los cárteles y envió luego a la Policía federal para que patrullara las calles.

Sin embargo, los ladrones entraron a la casa de Echevarría en dos ocasiones. Uno de sus tíos fue agredido por un grupo de sujetos que trataron de robarle el automóvil.

Luego llegó la extorsión. La profesora de Valeria dijo a los Echeverría que una pandilla había exigido que la escuela pagara una cuota semanal o sería atacada.

Era difícil siquiera conciliar el sueño, relató Echevarría.

A comienzos de 2010, surgieron versiones de que el gobierno de Veracruz ofrecía evacuar a los refugiados y ayudarles a establecerse de nuevo en el estado de la costa del Golfo de México.

Un día después del tiroteo contra el autobús, los Echevarría dejaron su vivienda y se marcharon con una lavadora, un juego de sartenes, una mesa, la cómoda de Valeria y sus sillas con imágenes de las princesas de Disney.

Una vez de vuelta en Veracruz, Cristian Echevarría obtuvo un empleo como cajero de un minisupermercado, mientras que su padre decidió tramitar una licencia de taxista.

Valeria había dejado de hablar después del trauma que sufrió en el tiroteo. Pasaba el tiempo dibujando cadáveres en fosas comunes, tal como fueron descubiertos en su barrio de Juárez, pero pareció mejorar después de que ingresó a la escuela.

La administración del entonces gobernador Fidel Herrera prometió también transferir el título de propiedad de la casa de los Echevarría en Juárez, para que adquirieran una vivienda subsidiada en Veracruz.

Eso jamás ocurrió. Los teléfonos de las oficinas creadas para ayudar a los residentes que volvían dejaron de funcionar.

El nuevo gobernador, Javier Duarte, asumió en diciembre. Su vocera Gina Domínguez dijo que ahora, la "agenda social de este gobierno va encaminada por otro lado".

"Es un programa, así como se planteó en papel, ideal", reconoció Domínguez. "Pero obviamente su ejecución no era tan sencilla porque, bueno, finalmente tú tienes que generar condiciones para todos".

Herrera no respondió a una solicitud de entrevista.

Echevarría no recibió ayuda para pagar los 6.000 pesos (441 dólares) que costaban las nuevas placas de matrícula de su taxi.

Veracruz ha sido durante mucho tiempo un punto en la ruta por la que transitan drogas y migrantes desde el sur. Durante años, estuvo dominado por el Cártel del Golfo, que colaboraba con una banda de sicarios formada por ex miembros de fuerzas especiales del Ejército, Los Zetas.

Cuando el estado y el puerto eran controlados por una sola organización, había menos violencia, pero a comienzos de 2010, Los Zetas se escindieron del Cártel del Golfo y desencadenaron una lucha atroz en el estado de Tamaulipas, fronterizo con Estados Unidos y ubicado al norte de Veracruz.

Este año, una ofensiva del gobierno para detener esos enfrentamientos hizo que la violencia se propagara también a Veracruz.

El derramamiento de sangre empeoró en los últimos meses, cuando un tercer cártel, supuestamente alineado con el capo más buscado y poderoso de México, Joaquín "El Chapo" Guzmán, llegó a Veracruz en busca de controlar las operaciones del narcotráfico.

Los resultados de esta lucha entre organizaciones distintas quedaron a la vista de los veracruzanos en septiembre, cuando un grupo de hombres embozados interrumpió el tránsito a la hora en que era más intenso, para arrojar 35 cadáveres estrangulados en una de las principales avenidas del puerto.

Mensajes dejados en el lugar afirmaban que los muertos eran integrantes de Los Zetas, aunque los reportes oficiales han puesto en duda esos nexos. Entre las víctimas había albañiles, ex policías y un taxista.

Los Echevarría se toparon con una situación peor de la que habían escapado.

Se habían mudado a una barriada de casas de ladrillos de concreto, a las afueras de Veracruz, para ahorrar 500 pesos (37 dólares) mensuales en el alquiler.

Durante una entrevista reciente, Rafael llegó a casa. Lucía pálido, caminó directamente al baño y vomitó.

"Tiene el azúcar alto", dijo su esposa, en referencia a la glucosa en la sangre. "Está muy presionado porque es de los peores años que hemos tenido".

Los Echevarría explicaron que debieron empeñar su refrigerador y su estufa para pagar las matrículas del taxi, pero después descubrieron que el oficio de taxista se ha vuelto peligroso.

"Ya han levantado (secuestrado y asesinado) a 10 taxistas. A mí me han ofrecido vender drogas", dijo Rafael. "Sí, me da miedo (trabajar), pero ¿cómo le hago? Tengo que sacar adelante a mi familia".

Ahora, los Echevarría ganan menos de 250 pesos (19 dólares) al día.

Alejandra destapó una olla que contenía arroz en salsa de jitomate. Había una sola rebanada de pan en un plato y se había agotado la leche en la casa de la familia, que acumula en un rincón varias botellas de plástico que recolecta en las calles para venderlas a razón de 5 pesos (36 centavos de dólar) el kilo.

Tampoco a Valeria, que tiene ahora ocho años, le gusta estar en Veracruz. "No hay parque", dijo.

La familia ha debido eludir de nuevo las balas, pero esta vez en su propia casa.

Cristian dijo que más de 20 hombres vestidos de marinos llegaron hace unas semanas al barrio, con fusiles en mano. Valeria oyó los disparos y Cristian la llevó a una habitación, donde esperaron a que volviera la calma.

En otro ataque, dijo Cristian, cuatro de sus amigos de la infancia murieron y otros tres fueron secuestrados.

Mudarse a Veracruz fue un error, consideró.

En junio, cuando Cristian termine el bachillerato, se mudará a la casa en Ciudad Juárez y buscará empleo. Si tiene éxito, el resto de su familia se le unirá.

Los homicidios en Juárez han caído de 2.657 en los primeros 10 meses de 2010, a 1.730 en lo que va de 2011. Siguen descendiendo.

Valeria no recuerda la época en que no hablaba y sólo se comunicaba mediante dibujos. Era una niña sin un diente, quien apenas sonreía.

Sin embargo, sigue dibujando. Esta vez estaba concluyendo la imagen de un hombre vestido con uniforme militar, quien apuntaba una pistola a otro sujeto, quien tenía una mancha rosada en el ombligo. Tres transeúntes gritan: "¡Va a disparar!"

Valeria puso un título al dibujo: "El gobernador salva a la gente".

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Siga a Adriana Gómez Licón en Twitter en http://twitter.com/agomezlicon

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