Un niño muere o es herido cada seis horas en Siria

Alaa no se cansa de ver en su teléfono el video que muestra cuando acaba de ser acribillada, tiene el mentón destrozado y sangra de una mano y del pecho. “¿No vieron el video?”, pregunta la adolescente siria a sus visitantes, sin importarle la crueldad de las imágenes, para demostrar lo mucho que ha progresado.

Ha sido un camino largo, en el que perdió su infancia.

Desde Alan Kurdi yaciendo boca abajo en una playa turca hasta el cuerpo cubierto de polvo de Omran Daqneesh que espera una ambulancia en Alepo, las imágenes de los niños sirios que padecen los horrores de la guerra son hoy icónicas. Los medios de prensa están repletos de ellas: niños que son sacados de entre los escombros de edificios, en estado de convulsión tras inhalar gases o ahogándose en el mar cuando aguas agitadas hacen volcar las embarcaciones en las que huyen con sus familias.

Alaa es una de las muchas víctimas de la guerra civil de Siria, que ya lleva seis años y que cada día causa más sufrimientos a los niños, según la UNICEF.

Han pasado cuatro años y se ha sometido a 12 operaciones, pero Alaa no ha terminado de reconstruir su rostro. Ni ha superado del todo el trauma de verse en el espejo o de ver reflejada su imagen en cualquier ventana de vidrio. No miraba a la gente en los ojos por temor a verse reflejada.

Poco antes del segundo aniversario de la rebelión que comenzó en marzo del 2013, Alaa, que por entonces tenía 15 años, se aprestaba a viajar en auto con su hermana y su hermanito a la casa de su abuela en la provincia central de Homs. Tenía una cita médica y se preparaba para los exámenes de fin de año. Poco antes de que su madre se subiese al vehículo estalló una batalla entre los rebeldes y fuerzas del gobierno sirio. Ellas quedaron en el medio.

“Vi la persona que nos disparó con mis propios ojos. Pero no me di cuenta de nada hasta que sentí algo que me penetró la boca”, relata Alaa.

El nombre completo de Alaa no es publicado para proteger a familiares que siguen en Siria.

Su hermana Hamida, que hoy tiene 17 años, también resultó gravemente herida. Su hermanito de dos años se salvó porque Alaa recibió tres balazos en la mano con que cubría la cabeza del pequeño y lo empujó afuera del vehículo. Durante horas la madre trató en vano de que dejasen de disparar.

“No importó cuán fuerte gritaba, no me escuchaban por el fragor del combate”, cuenta Tahani, la madre.

Las niñas fueron finalmente sacadas del lugar. Inicialmente se pensó que estaban muertas.

Un mes después del episodio, Alaa y su familia viajaron al Líbano.

“Durante un mes no me quise ver al espejo. Imposible, imposible”, dice Alaa en la casa de una localidad del norte del Líbano donde se radicó con su madre, tres hermanas y su padrastro.

A los médicos les costó lidiar con sus heridas, lo que la deprimió más todavía. Cuenta que uno de ellos le dijo que podía morir en cualquier momento.

Le cocieron la boca y la lengua y no pudo hablar por un mes. Solo ingería comida para bebé. Le daban ataques de ansiedad cuando su madre se iba de su lado. Cada vez que se acercaba un hombre, pensaba que era el que le disparó.

Para peor, la hermana menor de Alaa, Hamida, sufrió complicaciones de sus múltiples heridas. Recibió balazos en la espalda y el estómago y perdió un riñón, medio hígado y 12 centímetros de intestinos.

Hamida dice que pasó años de su infancia en hospitales, haciendo dietas estrictas. Ahora quiere trabajar a favor de la niñez.

“Quiero volver a esa edad y ser siempre una niña”, afirmó Hamida.

El año pasado fue el peor en lo que va del conflicto sirio para los niños, según Geert Cappelaere, directora regional de la UNICEF para el Medio Oriente y el norte de Africa.

En el 2016, un menor murió o resultó gravemente herido en Siria cada seis horas, indicó. Se calcula que unos 3 millones de niños viven en áreas altamente expuestas a armas explosivas, de acuerdo con Save the Children. Unos 2,3 millones de niños --casi el 10% de la población siria de antes de la guerra-- viven como refugiados en países vecinos.

“Los niños han estado enfrentando verdaderas atrocidades. “Las cicatrices dejadas por seis años de guerra en los niños son múltiples y muy, muy profundas”, declaró Cappelaera a la Associated Press.

A fines del 2014, un médico y una organización local finalmente recaudaron suficiente dinero para la operación reconstructiva de Alaa. Tras una operación de 17 horas, la muchacha pudo finalmente volver a verse en el espejo.

El año pasado pudo salir de su aislamiento, regresando a la escuela para estudiar arquitectura.

Pero los golpes seguían llegando. El novio de Alaa murió como consecuencia de la guerra en su patria.

La insistencia con que Alaa ve el video del incidente refleja el trauma de la guerra. La muchacha conserva un cuaderno en el que le escribía notas a su madre cuando no podía hablar porque tenía la lengua recién cocida. “Le digo, ‘mami, no puedo dormir por la saliva, siento que me ahogo’”, lee casi llorando.

La madre no quiere volver a ver el cuaderno.

Alaa todavía está completando sus implantes dentales y tiene alojadas esquirlas en su pecho. Ve semanalmente un programa de televisión sobre cirugías plásticas y sueña con el día en que desaparecerán las cicatrices que tiene alrededor de sus labios.

“Quiero terminar mi tratamiento. Estoy cansada. Fueron años”, manifestó. “El dolor que siento en el corazón y todo lo que viví nunca se van a ir”.

“En Siria, una niña crece rápidamente”, agregó.

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