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Regreso de Noriega a Panamá revive amargura en El Chorrillo

PANAMÁ ( AFP). A punto de poner pie en Panamá, el exdictador Manuel Antonio Noriega desata pasiones, de la ira a la compasión, despertando duros recuerdos en el popular barrio de El Chorrillo, arrasado el 20 de diciembre de 1989 por las tropas norteamericanas que pusieron fin al régimen.

" ¡Que se vaya pa' la 'chuch...' (al carajo)! Que cuando venga aquí lo metan a la cárcel. Noriega debe morir en prisión", dice a la AFP Alberto Morán, un dibujante de rótulos de 60 años, apenas oye mencionar el nombre.

Todos lo saben en El Chorrillo: El exhombre fuerte de Panamá llegará el domingo extraditado desde París 22 años después de ser capturado como " prisionero de guerra" en la invasión, y estar preso 20 años en Estados Unidos y casi dos en Francia por narcotráfico y lavado de dinero.

Entonces un barrio de humildes casas de madera, El Chorrillo fue el primer blanco de los 20,000 soldados que, en la llamada " Operación Causa Justa", tomaron por asalto posiciones claves de Ciudad de Panamá. Era allí donde estaba el cuartel general desde donde Noriega dirigía a sus hombres.

Frente a la antigua comandancia, hoy un parque infantil entre bloques de edificios de ventanas con rejas, Morán rememora que aquella madrugada salió de su casa huyendo del bombardeo con su esposa, sus tres hijos y su madre, rumbo a un área próxima cubierta de vegetación.

" Nos metimos por el monte y comenzó la balacera. Mi mamá se perdió en la oscuridad. Han pasado 22 años y aún duele", relata entristecido.

Morán no quiere oír hablar de perdón. " Muchos vecinos murieron, desaparecieron o quedaron inválidos. ¿Causa justa?, los gringos eran una potencia y nosotros dos millones de panameños, tenían que agarrar a uno solo e hicieron todo eso", afirmó.

Pero para una buena parte de panameños es historia pasada, incluso en El Chorrillo, un barrio empobrecido, azotado por la delincuencia pero que vibra con el fútbol.

Un vendedor ambulante de 64 años a quien sólo le gusta que lo llamen 'Papito' recuerda que se metió debajo de la casa " cuando los gringos estaban invadiendo, a esperar que parara el 'revolú'".

" Muchos murieron, pero la muerte es parte de la vida, y no me tocó a mí. La invasión en Panamá dejó muertos, sí, pero ¿cuántos no mueren todos los días en México?", dice el hombre, moreno y de pelo cano, para quien " Noriega está perdonado".

Sin despegar la vista del tablero de damas, en la acera de una concurrida calle del barrio, Rogelio de León, de 45 años, y Abel Espino, de 64, coinciden en que, con 77 años, Noriega, quien según el presidente Ricardo Martinelli irá directo a prisión, debe ser beneficiado con la ley que da "casa por cárcel" a los reclusos mayores de 70 años.

" Fueron días de terror, el hombre hacía muchas maldades, pero ya no vale la pena tenerlo en la prisión. Noriega para mi es un caso perdido. No puede hacer nada, está viejo y enfermo, ya debe estar en su casa. Es el pasado", dijo León, mensajero en una imprenta.

Su adversario en el juego, dueño de una fonda cercana y quien va ganando la partida, sentencia en un movimiento brusco de una de sus fichas amarillas: "Lo que pasó, pasó".

Para los jóvenes aún más. " Yo ni siquiera había nacido en ese tiempo. Nadie está preocupado, los más alterados son los viejos, que vieron que Noriega mató un poco de gente", dice a la AFP Meylin Alvarado, una estudiante de secundaria de 17 años, en una parada de autobús.

Osvaldo González tiene su misma edad y aunque reconoce que Noriega no despierta interés en los jóvenes, cree que debería de ser esta " la hora en que pague por sus actos, por la dictadura, los desaparecidos y los muertos".

" Pero no creo", dice resignado. " No confío en la justicia, algo van a inventar y lo van a mandar a la casa", asegura este joven delgadito y de intensos ojos negros, que también espera el autobús.

Rafael Fernández, un limpiador de zapatos de 67 años, los escucha a lo lejos: " ¿Y los muertos que tiene, dónde quedan?", lanza el dardo, terciando en la conversación.