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Hipatia o la búsqueda del conocimiento

Las opiniones emitidas en el presente escrito son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen la posición del medio.

La mítica Biblioteca de Alejandría, creada con el propósito de preservar y difundir las creaciones y los valores de la civilización griega, constituye un símbolo que representa al mismo tiempo la grandeza y el horror de las acciones humanas.

La gran ciudad fundada por Alejandro Magno en el delta del Nilo, fue en algún momento de su larga historia un maravilloso ejemplo de diversidad y tolerancia. Soldados macedonios y más tarde romanos, sacerdotes egipcios, aristócratas griegos, marineros fenicios, mercaderes judíos, visitantes de India y del áfrica subsahariana. Todos ellos, a excepción de la vasta población de esclavos, vivían juntos en armonía y respeto mutuo durante la mayor parte del período que marca la grandeza de Alejandría.

En esa increíble ciudad, pero en tiempos más peligros para el libre pensamiento nació Hipatia, una mujer excepcional que tuvo una muerte horrenda en manos de las hordas cristianas que, tras sufrir ellas mismas la implacable persecución romana antes de que el cristianismo se convirtiera en la religión oficial del imperio, impusieron a sangre y fuego su fe. Una historia de intolerancia y horror que apenas empezaba y que más tarde tendría en la Inquisición, su máxima expresión.

Hipatia de Alejandría -cuya vida recrea la hermosa y sobrecogedora película Ágora, del director Alejandro Amenabar- representa como nadie esa inagotable batalla entre el conocimiento y el fanatismo; entre la ciencia y la ignorancia, entre la luz y la oscuridad. Una batalla que estos días vivimos en Panamá, al ver como la ciencia y el conocimiento son desplazados por mentiras y argumentos religiosos en un tema tan urgente como la educación sexual que tanto necesitan nuestros chicos.

Nacida mujer en un mundo de hombres, las personales circunstancias de Hipatia le permitieron dedicarse a lo que fue siempre su pasión: la ciencia, el estudio, la enseñanza.

Matemática, filósofa, astrónoma, se hacía constantes preguntas para intentar descifrar y entender los misterios del universo. Y justamente esa preclara inteligencia y espíritu libre se hizo insoportable en los oscuros tiempos en que el fanatismo de los primeros cristianos veía herejía y brujería en las matemáticas y en las ciencias… en el conocimiento.

Hipatia era pagana y le tocó vivir en tiempos terribles para el paganismo. Los cristianos quemaron y destruyeron todos los templos y centros griegos, y persiguieron a todos los académicos de Alejandría obligándolos a convertirse al cristianismo como única forma de evitar la muerte.

Hipatia se negó. Se negó a renunciar al conocimiento griego, a la filosofía y a la ciencia que por más de veinte años había aprendido y enseñado. Lo pagó caro; lo pagó con su vida.

“La arrancaron de su carruaje, la dejaron totalmente desnuda, le tasajearon la piel y las carnes con caracoles afilados, hasta que el aliento dejó su cuerpo…”, relata Sócrates Escolástico.

Todo sucedió en la cuaresma del año 415 y en tiempos del obispo Cirilo de Alejandría, nombrado patriarca de la iglesia, cargo que entonces equivalía casi al de papa de Roma Católica. Exaltado y defensor a ultranza de la ortodoxia cristiana, no podía soportar que una mujer se dedicara a la ciencia –que él no comprendía- y que fuera respetada, admirada y escuchada incluso por Orestes, el prefecto romano. No soportaba que Hipatia fuera libre.

Cirilo -hoy Santo Cirilo- fue también implacable con la comunidad judía de Alejandría, instigando motines contra ellos, expropiando sinagogas para convertirlas en iglesias, saqueando sus propiedades y finalmente desterrándolos, como un horrible presagio de lo que luego vendría.

Sería el inicio de esos terribles mil años de oscurantismo, fanatismo y odio, donde el fanatismo y la ignorancia reinó. Una larga y oscura noche de intolerancia religiosa e imposiciones que tanta sangre ha costado y sigue costando en el mundo, y que no podemos permitir que se instale en Panamá.

En esta tierra hemos convivido en paz católicos, judíos, musulmanes, budistas, hinduistas y tantos otros que llegaron a Panamá para hacerla su patria. Pretender que determinadas creencias religiosas sean aceptadas y obedecidas por todos los panameños y que marquen las políticas públicas en salud o educación, constituye un peligroso giro en nuestra historia de pacífica convivencia.

La Biblioteca de Alejandría fue quemada para que todo el conocimiento allí guardado no pudiera mostrar el camino de la libertad. A Hipatia la mataron porque amaba el conocimiento y ser libre. Los valores universales, la ciencia, el conocimiento no puede ceder ante ninguna creencia religiosa.

En el Panamá del siglo XXI, los grupos religiosos intentan -y lo han logrado hasta ahora- imponer su injusto veto a la educación sexual, mientras nuestros niños y jóvenes en situación vulnerable por ausencia de familia y recursos materiales que los protejan, siguen expuestos a violaciones, abusos, embarazos, enfermedades. Se trata de enseñarles ciencia; de darles conocimiento.