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La tregua

Ha sido un año de gran crispación, en el que las buenas intenciones de algunos se han mezclado permanentemente con las oscuras maquinaciones de muchos, convirtiendo cada tema en una olla de grillos en la que despedazar al otro parece la meta. La mentira, las medias verdades y las tergiversaciones, han campeado a sus anchas por este 2017 que ya termina.

Sin embargo, en noviembre pasado, ya en el último tramo del año, se produjo una maravillosa tregua, en la que las espadas descansaron, las alharacas cesaron y los mentirosos callaron. La milagrosa tregua la provocó un ser humano singular, el expresidente uruguayo, José Mújica quien, a su paso por la crispada Panamá, nos regaló unas horas de armonía; de extraña y hermosa coincidencia entre los panameños.

En momentos en que nos empeñamos en degradar la actividad política y en machacarnos unos a otros, Don Pepe Mujica nos habló, con su conocida y contundente sencillez, sobre la importancia de esa actividad que surge de la necesidad de juntarnos para sobrevivir, para pensar en el “nosotros” en lugar del “yo”, en la búsqueda del bien común.

Y justo pensando en ese “nosotros” por encima del “yo”, Mujica citó los peligros que enfrentamos como especie, desde la destrucción de la naturaleza hasta los dañinos nacionalismos. “No hemos podido dejar de lado los absurdos nacionalismos, cuando deberíamos estar trabajando juntos para salvar el planeta que nos cobija a todos”, dijo. Imposible no pensar en los odiosos discursos xenófobos y nacionalistas de aquí y de allá; imposible no pensar en tanta naturaleza destruida al paso del “desarrollo”.

Habló del aborto, del matrimonio igualitario, de la tolerancia, de la religión, de la desigualdad, de justicia, historia y cultura. Habló y habló, provocando aplausos y gritos de admiración, justo aquí donde no podemos ponernos de acuerdo para que nuestros chicos más vulnerables reciban la educación sexual que les permita enfrentarse a tantos peligros; aquí donde los grupos religiosos más conservadores han adoptado un peligroso lenguaje de odio y separación; aquí donde el desconocimiento de la historia se evidencia en cada decisión, en cada argumento.

Estamos viviendo un tiempo de peligroso oscurantismo en esta tierra de tránsito; pero mientras Pepe Mujica habló en Panamá, callaron las intolerancias, los fundamentalismos, las miserias humanas. Hubo una tregua para la sensatez; para la humanidad.

Pero terminó rápido. Don Pepe Mujica se fue de Panamá llevándose su sabiduría; su enorme y hermosa humanidad... y volvió Frenadeso a insultar a todos los que no piensan como ellos; volvieron los ladrones de cuello blanco que asaltaron las arcas del Estado a decir con asombroso cinismo que son “presos políticos”; volvieron los destructores de todo; volvieron los gritos de guerra y la descalificación; volvió la enorme desconfianza en todo y todos; volvió la crispación. Volvió el peor “yo”, destruyendo a su paso el “nosotros”.

En ese momento pensé en “La tregua”, la maravillosa novela de Mario Benedetti, otro uruguayo universal, que relata la inmensa felicidad que produce en un funcionario cercano a la jubilación con una vida gris y triste, un breve y corto encuentro con el amor. La vida le cambió rotundamente, pero fue breve. Fue solo una tregua.

Y así llegamos a las fiestas de fin de año que también suelen ser una tregua, como aquella Navidad de 1914, cuando los soldados alemanes e ingleses pararon de matarse por unas horas en nombre de una fe y un espíritu que, al final, no pudo imponerse a la fuerza destructora de la guerra.

Como estos días en Panamá. Aquí la matanza no ha cesado, como tampoco se han bajado las armas en Perú. Aquí y allá, el caso Odebrecht es la sombra negra que sigue cubriéndolo todo, cada vez más. Aquí y muchos otros sitios, no descansan los mercaderes del odio. No ha habido tregua en esta Navidad de 2017.

Pero podemos soñar, como lo hizo Eduardo Galeado, otro uruguayo maravilloso, en su “Derecho a soñar”: “¿Qué tal si deliramos por un ratito? ¿Qué tal si clavamos los ojos más allá de la infamia para adivinar otro mundo posible? El aire estará limpio de todo veneno…. Nadie vivirá para trabajar, pero todos trabajaremos para vivir... La solemnidad se dejará de creer una virtud, y nadie nadie tomará en serio a nadie que no sea capaz de tomarse el pelo... La justicia y la libertad, hermanas siamesas condenadas a vivir separadas, volverán a juntarse, bien pegaditas, espalda con espalda… La Santa Madre Iglesia corregirá algunas erratas de las tablas de Moisés y el sexto mandamiento ordenará festejar el cuerpo... La Iglesia también dictará otro mandamiento que se le había olvidado a Dios, “amarás a la Naturaleza de la que formas parte”… Serán reforestados los desiertos del mundo y los desiertos del alma... Seremos compatriotas y contemporáneos de todos los que tengan voluntad de belleza y voluntad de justicia, hayan nacido cuando hayan nacido, y hayan vivido donde hayan vivido, sin que importe ni un poquito las fronteras del mapa ni del tiempo...“.

Soñemos pues con la ayuda de estos singulares uruguayos. Soñemos con treguas que se transforman en convivencia permanente, donde el “nosotros” convence al “yo”, de que un mundo mejor es posible. ¡Feliz 2018!