Una "kartoffelsalat", identidad de la gastronomía alemana

Madrid (EFE).- La cortesía exige que, cuando a alguien le hacen un regalo, haga lo propio en la ocasión indicada. Vamos, que si un pariente o un amigo te obsequia el día de tu cumpleaños, tú debes, en teoría, hacerle un regalo a él cuando corresponda.

Hasta ahí, todo bien. Devolver el gesto es lo correcto, pero hay formas y formas de devolverlo, y no todas son igual de satisfactorias. Verán: hemos escrito, nosotros y muchos más, un montón de veces que la papa fue uno de los mejores regalos, si no el mejor, que el Nuevo Mundo hizo al Viejo en el terreno de la alimentación y la gastronomía.

La historia ya se la saben: los españoles se encontraron las papas en Perú y no tardaron en enviarlas a Europa, primero como curiosidad botánica y después, mucho después, como alimento casi básico para muchos pueblos europeos, que hoy no concebirían su dieta sin papas.

Entre ellos, claro está, los alemanes. Las papas, al principio, fueron vistas con desconfianza por los campesinos europeos. Se les pusieron mil objeciones, incluso religiosas: que si las papas no salen en la Biblia, que son un fruto subterráneo y, por tanto, infernal, como si las zanahorias naciesen en los árboles. Fuera lo que fuera, el caso es que la papa no era demasiado popular.

En Prusia, germen de la actual Alemania, fue Federico el Grande, un rey ilustrado y filósofo, amigo de Voltaire, quien dio el impulso definitivo al cultivo y consumo de las papas. Naturalmente, "manu militari", que por muy ilustrado que fuese no dejaba de ser prusiano: obligó a los campesinos a cultivar papas y, en consecuencia, a consumirlas, además de convertirlas en parte fundamental del rancho de los soldados.

La afición a las papas creció espectaculamente en Alemania, hasta el punto de que, dejando aparte las salchichas y el "sauerkraut", la ensalada de papas, la "kartoffelsalat", es una de las señas de identidad de su gastronomía. Hay montones de recetas para esta ensalada de papas, con mayonesa, sin ella, con salchichas, con tocineta. La que sigue es tan buena como cualquier otra.

Empiecen por lavar un kilo de papas. Pónganlas a cocer, sin pelarlas, en abundante agua con sal, y déjenlas más o menos media hora. Comprueben con un tenedor si están listas; debe entrar y salir en las papas sin dificultad. Escurran las papas y déjenlas enfriar. Mientras tanto, corten muy fina una cebolla pequeña y hagan lo mismo con un par de pepinillos en vinagre.

Preparen el aliño mezclando un centilitro de vinagre (el de Jerez es ideal) con la misma cantidad de líquido del envase de los pepinillos y el doble de aceite de oliva, además de la sal necesaria y pimienta al gusto.

Cuando las papas estén tibias, se pelan, se cortan en rodajas y se van colocando en una ensaladera. Será el momento de añadirles la cebolla, el pepinillo, la vinagreta y un centilitro de buen caldo, caliente; revuelvan todo bien, con suavidad; decoren con rodajas de huevo cocido y dejen que la ensalada repose alrededor de una hora a temperatura ambiente.

Ahora bien, si quieren que su ensalada se parezca a la que los alemanes le suministraron la otra tarde a la Canarinha en Belo Horizonte, espolvoréenla con perejil picado, para conseguir un efecto "verdeamarelo".

Y es que los ciudadanos Müller, Klose, Kroos, Neuer y demás les devolvieron el regalito a los brasileños, pero me temo mucho que éstos van a pensar que no es manera de agradecer el regalo de la papa. De todos modos, la ensalada de papas que cocinó la selección alemana disfrazada de Flamengo a los de Felipao va a tardar tiempo en olvidarse. Si se olvida, que me da que no.

Recibe todos los días en tu mail los titulares más importantes