Las carpas koi, unas preciadas reinas de la belleza que triunfan en Japón

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Criadas a mano por sus colores y belleza, las carpas koi se han convertido en un ícono de Japón que puede venderse a cientos de miles de dólares e incluso participar en concursos de belleza de peces.

Estas carpas son populares desde hace décadas en Japón, donde los criadores guardan sus ejemplares más valiosos, conocidos como nishikigoi, para unos "desfiles de belleza" muy competitivos.

En una de esos concursos en Tokio, jueces de traje y corbata, bloc de notas en la mano, revisan las peceras dispuestas en una calle peatonal de la capital japonesa para alardear de las valiosas carpas koi.

Lo que está en juego no es una cuestión económica, sino de prestigio.

Sus colores brillan con el sol: blanco nacarado, rojo intenso, gris nube, azul oscuro, amarillo dorado... Pero el contraste y los colores solo cuentan un 30% en conjunto en este concurso.

Son las curvas de estos peces lo que más peso tiene en la nota final, un 60%, explica a la AFP Isamu Hattori, presidente de la principal asociación japonesa de aficionados de nishikigoi, que organiza en Tokio cada año este evento.

El 10% restante constituye probablemente el criterio más difícil de evaluar: el "hinkaku", la presencia de la carpa.

"Las carpas o llevan el hinkaku en sus genes desde su nacimiento o no lo tienen", afirma a la AFP Mikinori Kurihara, criador de nishikigoi en Kazo, al norte de Tokio.

En su granja, miles de pequeñas nishikigoi nadan en estanques de interior con agua filtrada, separados por edad y color.

Las carpas koi no seleccionadas, mucho más numerosas, tienen menos suerte: esperan en grandes estanques exteriores a ser vendidos como golosinas para peces tropicales.

"Es un oficio realmente delicado y verdaderamente difícil. Todo cuenta: el sol, la calidad del agua, la alimentación", explica Kurihara, de 48 años, quien retomó la cría de estos peces de su padre e inicia ahora a su hijo de 24 años.

"Tenemos muchos secretos", cuenta con malicia. "Pero aunque se los contemos a alguien, no va a servir, hay que sentirlo", añade.

Hoy en día no hay jardín tradicional japonés que se precie que no tenga un estanque con nishikigoi, aunque su creación es relativamente reciente.

Hace unos 200 años, unos habitantes de la región montañosa de Niigata (noroeste de Japón) empezaron a hacer genética sin saberlo, al favorecer la reproducción y el cruce de unas raras carpas que no eran marrones, con fines ornamentales.

La pasión fue abriéndose paso por todo Japón, y últimamente también por otros países asiáticos, sobre todo China, donde las carpas que van contracorriente simbolizan la perseverancia que conduce a la riqueza.

Es "como las personas que ascienden en la escala social", explica a la AFP Yutaka Suga, profesor en el Instituto de Estudios Avanzados sobre Asia de la Universidad de Tokio.

Las exportaciones japonesas de nishikigoi alcanzaron en 2016 un récord de 295 toneladas, para un volumen de negocios de 3.500 millones de yenes (casi 27 millones de euros), un aumento de casi el 50% respecto a 2007, según el Ministerio de Agricultura.

En total, el 90% de la producción local se exporta y se subasta. "Los precios se volvieron demenciales. Ahora los koi de dos años pueden venderse a 30 millones de yenes por unidad [unos 226.000 euros], mientras que hace 10 años, 2 millones de yenes [15.000 euros] ya era bastante", relata Hattori.

Pero al igual que ocurre con los caballos de carrera, los propietarios extranjeros dejan a menudo sus carpas más preciadas en sus granjas japonesas, para que puedan participar en las prestigiosas competiciones del país, reservadas a los acuicultores locales.

Es el caso de Yuan Jiandong, un coleccionista chino de nishikigoi que fue a Tokio a ver competir a algunos de sus peces.

"Para mí, esto no es una forma de hacer dinero, sino de gastarlo por placer", asegura riendo este jefe de una empresa farmacéutica de Suzhou, cerca de Shanghái.

No obstante, no se trata solo de mostrar la riqueza. "Cuando ves estos lindos peces ondular en tu estanque, te olvidas del estrés y encuentras la paz interior", asegura. Y eso no tiene precio.

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