Europa atrasa los relojes una hora el domingo para entrar en horario invierno. Foto/AFP

EFE

Los ciudadanos de la Unión Europea (UE) pasarán al horario de invierno en la madrugada del domingo 30, como todos los últimos domingos de octubre, según lo establecido en una directiva comunitaria.

A las tres de la madrugada del próximo domingo, hora peninsular, los españoles deberán atrasar una hora sus relojes para dar entrada al horario de invierno.

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En las islas Canarias, el fin del horario de verano se registrará a las dos de la madrugada, que pasará a ser la una.

De este modo, el domingo 30 de octubre durará 25 horas de forma oficial.

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En España, el cambio de hora se producirá con voces en contra, como en las islas Baleares y la Comunidad Valenciana, que pidieron mantener el horario de verano porque tendría "beneficios económicos y sociales".

Las dos comunidades señalaron como aspectos positivos del horario de verano la posibilidad de llevar a cabo actividades al aire libre, un aumento de ventas para el pequeño y mediano comercio, el ahorro energético y la desestacionalización turística.

Con el cambio del domingo, tres Estados miembros de la UE (el Reino Unido, Irlanda y Portugal) regresarán al horario GMT.

España, Austria, Bélgica, la República Checa, Dinamarca, Francia, Alemania, Hungría, Italia, Luxemburgo, Malta, Polonia, Croacia, Eslovaquia, Eslovenia, Suecia y Holanda situarán sus relojes en GMT+1.

Bulgaria, Chipre, Estonia, Finlandia, Grecia, Letonia, Lituania y Rumanía pondrán su hora en GMT+2.

La modificación horaria se produce dos veces al año en cumplimiento de la normativa comunitaria.

La UE adoptó esta medida bajo criterios de ahorro energético.

La finalidad es adecuar las horas de luz natural a la actividad cotidiana y tiene su origen en la primera crisis del petróleo.

En 1974, algunos países decidieron adelantar sus relojes durante el periodo estival para disminuir su dependencia eléctrica, con el consecuente reequilibrio horario en invierno.

La idea del aprovechamiento de la luz natural fue sugerida por primera vez en el siglo XVIII por el científico y diplomático estadounidense Benjamín Franklin.

Su propuesta buscaba entonces reducir el consumo de velas.

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