Los dirigentes tribales expresaron preocupación de que los aproximadamente 500 árboles cortados la última semana sean sólo el comienzo

AP

Con sus cuerpos pintados de negro, decenas de miembros de la tribu guaraní mbayá de Brasil alzan las manos y entonan un canto de duelo a cientos de árboles talados en una zona contigua a su aldea. Lloran, corean y realizan ritos funerarios por la pérdida de una porción de selva en las orillas de la ciudad más grande de América Latina.

El 30 de enero, los habitantes de la comunidad se corrieron al lugar, al pie del pico de Jaraguá, en Sao Paulo, debido al ruido de las motosierras con las que eran derribados los árboles. Algunos llevaban penachos en la cabeza y flechas en los puños. Su llegada a alarmó a los empleados de la compañía constructora, que llamaron a la policía y se refugiaron en una cabaña próxima.

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“Dos empleados de la compañía vinieron en diciembre para decirnos que no nos asustáramos por las motosierras”, dijo el dirigente tribal David Fernandes a The Associated Press. “No hay ciudad alguna aquí. Sólo selva. ¿Por qué las autoridades dieron un permiso para construir aquí? No ha habido diálogo. Tenemos derecho a opinar en lo que nos afecte”.

El derribo de los árboles fue suspendido, al menos temporalmente. Sin embargo, los trabajadores confían en reanudar la construcción de cinco torres de apartamentos para personas de bajos ingresos. El ayuntamiento de Sao Paulo dijo haber concedido los permisos para construir en el lugar. Las licencias fueron entregadas por funcionarios del alcalde Bruno Covas, quien busca reelegirse este año y era considerado amistoso con los ambientalistas.

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Hasta la década de 1950, la tribu deambulaba en la región selvática de Jaraguá próxima al litoral Atlántico. Décadas después, la aldea en la que se asentaron fue reconocida por el gobierno de Brasil, pero sus extensiones se fueron achicando con el crecimiento de la metrópolis. Las tensiones entre una constructora con proyectos en nueve estados y una comunidad indígena de 40 familias, la menor en extensión en todo Brasil con 1,7 hectáreas (4,2 acres), es un microcosmos de lo que sucede en otras partes del país.

En otra zona más distante, en la Amazonía de Brasil en particular, los grupos indígenas se están viendo apremiados por intereses económicos, a decir: madereros, mineros, agricultores y ganaderos. Estos sectores económicos han encontrado un firme defensor en el presidente Jair Bolsonaro, quien ha dicho con frecuencia que ni los indígenas ni sus tierras deben ser un obstáculo para el desarrollo y la soberanía nacional.

El presidente es ajeno a la entrega de los permisos para que la constructora efectúe sus obras cerca de tierras de los guaraníes mbayá. Sin embargo, los dirigentes de la tribu dicen que la agencia federal de asuntos indígenas, la Fundación Nacional del Indio (Funai), no les consultó sobre las posibles consecuencias, como debía hacerse por ley, y habría que suspender el proceso de las licencias. También dijeron que nadie de la Funai los apoyó después que les informaron de las obras.

Los funcionarios de la Funai visitaron el martes el sitio. En un comunicado, la agencia dijo que la tala de árboles fue suspendida 20 días tras un acuerdo entre la constructora y los dirigentes indígenas. La Funai no precisó si había consultado a los indígenas de la zona antes de la tala de los árboles.

Anteriormente, la constructora Tenda señaló que había cumplido con todos los requisitos para comenzar la construcción del proyecto de viviendas y derribó sólo “árboles aislados”. Tenda no facilitó a ningún representante para una entrevista pese a las reiteradas peticiones de The Associated Press.

Los dirigentes tribales expresaron preocupación de que los aproximadamente 500 árboles cortados la última semana sean sólo el comienzo y que prosiga la tala. El grupo indígena también se dijo preocupado de que la tala pudiera secar un manantial importante para la pesca local.

En 1987, los guaraníes mbayás obtuvieron oficialmente el reconocimiento de sus tierras, una zona menor a dos canchas de fútbol a un lado del cerro más alto de Sao Paulo. Aunque Tenda no efectúa las obras en tierras indígenas, el concejal de la ciudad de Sao Paulo, Gilberto Natalini, afirmó que conceder los permisos para efectuarlas en una zona selvática próxima a la tribu continúa siendo una “desgracia” y una exhibición de codicia.

“En Brasil, la orden ahora es destruir para ganar dinero”, declaró Natalini mientras caminaba en medio de troncos de los árboles cortados. “Es un muy mal momento para nuestro ambiente”.

Bolsonaro afirma que los indígenas deben integrarse en la sociedad y que también desean las comodidades modernas. El mandatario ha comparado a los habitantes de las zonas protegidas con animales en cautiverio en un zoológico, expresión que enfureció a activistas de derechos humanos.

Ya no todos los guaraníes mbayás observan sus hábitos tradicionales. En algunas aldeas tribales brasileñas pocos menores andan desnudos, en especial por el persistente clima fresco de Sao Paulo. Los indígenas más jóvenes llevan jerseys de fútbol mientras otros utilizan celulares y conducen vehículos por caminos de terracería para llevar víveres a sus familias. Muchos han abandonado sus comunidades y al mismo tiempo su cultura.

Sin embargo, un veloz recorrido a pie por la comunidad muestra que a muchos de los 700 guaraníes mbayás les gusta estar cerca unos de otros, contar historias, orar en sus chozas de barro y comer frutos de sus propios árboles. Han manifestado su deseo de guardar distancia de la metrópolis, aún si esto significa tener una vivienda sin grandes satisfactores ni tratamiento de aguas residuales.

“Yo nunca he querido vivir ahí, pero la ciudad insiste en venir hacia nosotros”, dijo Balbina Terue, una integrante de la tribu. “No entiendo por qué la gente tiene que destruir el ambiente sólo para vivir aquí”.

El domingo, la tribu suspendió su ceremonia y envió a niños a plantar 200 árboles en tierras de Tenda. Fue sólo un gesto simbólico, porque los retoños de varios cedros y robles quizá nunca alcancen la altura de los árboles talados recientemente.

“Esto no nos resuelve el problema”, reconoció Fernandes. “Pero quizá ayude a las futuras generaciones”.

Sin embargo, esas generaciones quizá vivan en apartamentos.

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