Vista aérea de la ciudad de Panamá tomada en febrero de 2013. Foto/AFP

Lina Vega

Cada vez es más complicado dar una dirección en la ciudad de Panamá. Sin un sistema de nomenclatura urbana eficiente y conocido, la desaparición de la mayoría de los referentes o íconos que identificaban calles o barrios, es una verdadera tragedia; al menos para mí.

Algunos seguimos dando referencias como "por la Mansión Danté" o "en la calle del cine Bella Vista", para dar una dirección. Sin embargo, esta estrategia sirve cada vez menos debido a que el tiempo pasa y una nueva generación está en la calle; chicos y chicas que nunca fueron de compras a la hermosa casa convertida en tienda de lujo que reinó en la Calle 50, o que jamás vieron una película en la majestuosa sala del Cine Bella Vista.

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El nivel de transformación de áreas como El Cangrejo, Obarrio o San Francisco es dramático, pero el caso de Bella Vista es especialmente triste; sin duda para mí.

El hermoso barrio que miraba orgulloso al mar desde sus señoriales casas y jardines desapareció durante la primera década del nuevo siglo, ante la mirada indiferente de las autoridades locales del momento, la codicia de los barones del negocio inmobiliario y los siempre dispuestos arquitectos que, como dijo hace mucho el maestro Jorge Riba, dejaron de pensar y crear belleza cuando se inventó el aire condicionado.

Un grupo de activistas intentó salvarlo de las garras del boom inmobiliario, pero fue imposible. Un detallado inventario de las casas con valor patrimonial hecho por arquitectos historiadores fue presentado al Consejo Municipal, con el propósito de que se aprobara un acuerdo que impidiera su destrucción. Sin embargo, no hubo suerte con los representantes de corregimiento, ni apoyo del alcalde de la época, cuyo nombre prefiero olvidar.

Paradójicamente, el intento de protección aceleró la destrucción del barrio. La posibilidad de que se aprobara alguna norma que protegiera las casas e impidiera a los propietarios hacer un buen negocio, provocó que se diera un asombrosamente rápido proceso de demolición que, obviamente, contó con la expedita aprobación de los permisos requeridos. Así actuó el municipio capital; ese es el tamaño de su responsabilidad.

Tampoco hubo alguna autoridad nacional con suficiente visión y amor a la ciudad, que impulsara la aprobación de incentivos fiscales para los atormentados propietarios que cargaban con un enorme peso fiscal, mientras las nuevas edificaciones contaban con todo tipo de exoneraciones e incentivos. Fue una destrucción financiada con nuestros impuestos; ni más ni menos.

Bella Vista y sus hermosos pasajes secretos que llenaron mi infancia - los pasillos y rincones de El Hispania, los bellos ejemplos de art deco o neo clásico, los jardines, portales y arcadas de tantas y tantas casas ya desaparecidas- ya no existe. Lo destruyó la avaricia, la ignorancia, la indiferencia y la corrupción. Hoy el barrio es una mezcla de enormes moles de cemento y vidrio, junto a lotes baldíos.

La historia de las ciudades es la historia de su arquitectura, que va marcando épocas y tendencias, que enorgullecen a sus habitantes. No en Panamá, salvo el Casco Viejo y La Exposición, que ahora inicia un esperanzador proceso de recuperación de manos de las nuevas autoridades locales.

La muy noble y leal ciudad de Panamá, como la designó Felipe II en 1581, se ha convertido en esa "ciudad de plástico" que describió Ruben Blades premonitoriamente hace varias décadas. Parte de su historia; de nuestra historia, se esfumó.

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