La actual coyuntura es grave, pero como se ha dicho hasta el cansancio, también es una gran oportunidad para convertirnos en un verdadero Estado de Derecho. Foto/Cortesía

Lina Vega

Imagino que si estos días volvieran los encuestadores de Gallup y Healthways a Panamá, se llevarían una gran sorpresa. Seguramente tendrían que cambiar el resultado del estudio que colocó a los panameños como los más felices del planeta, ya que el panorama hoy sería otro: las sonrisas fáciles y despreocupadas que encontraron, han sido sustituidas por preocupación, mucha preocupación.

No en vano llevamos un mes y medio bajo el plomo internacional, tal y como vaticinó Carlos Barsallo. "Las investigaciones, procesos y juzgamientos por delito de cuello blanco y corrupción vendrán de afuera...", escribió hace un par de años don Carlos. Y así ha sido, aunque la realidad ha superado con creces cualquier escenario imaginado.

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Hoy no pocos siguen tratando de entender qué sucedió, y buscando en conspiraciones internacionales las causas de los líos en los que estamos metidos.

Otros incluso han desempolvado sus manuales antiimperialistas para hacer la lucha desde la manida trinchera nacionalista, al grito de "patria o muerte".

Afortunadamente estamos en un país en libertad, de manera que cada cuál puede reaccionar como le dé la gana. Sin embargo, ni arrebatos nacionalistas, ni arranques de ira y mucho menos denuncias de conjuras van a lograr cambiar la dura realidad que nos ha explotado en la cara, y cuyos efectos negativos aún están por verse.

Una realidad bastante fea que ha sido diagnosticada mil veces, especialmente en el olvidado Informe Nacional de Desarrollo Humano 2007-08 del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) llamado "Institucionalidad para el desarrollo", y que convendría desempolvar estos días. El interesante documento constituye un riguroso examen de nuestros problemas y la ruta a seguir para empezar a enfrentarlos con valentía.

Las instituciones son las reglas del juego que creamos y decidimos aceptar como sociedad. Y sin duda alguna, las reglas del juego que forman la institucionalidad panameña están haciendo aguas hace rato, a pesar de que para algunos, han sido la forma perfecta de beneficiarse, de mantenerse impune.

"El problema no es de una institucionalidad formal per se, sino de todo un sistema social", sentencia el citado informe, en directa alusión a la responsabilidad que todos tenemos en este desbarajuste.

Obviamente, el informe del PNUD urgía a la acción para cambiar modelos, formas y procesos, advirtiendo de los peligros y consecuencias de no hacerlo. Sin embargo, no hubo reforma, sólo los comunes cambios gatopardianos hechos precisamente para que todo siga igual. Así, los sórdidos pactos sociales, económicos y políticos que forman nuestra emparapetada institucionalidad han seguido gozando de muy buena salud. Hasta ahora.

La actual coyuntura es grave, pero como se ha dicho hasta el cansancio, también es una gran oportunidad. Podemos mantenernos en la actitud de ojo por ojo y diente por diente que incluye propuestas como cambiarle el nombre a la Plaza de Francia, o podemos convertirnos en un verdadero Estado de Derecho, donde el que la haga la pague. Ese es el dilema.

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