De izq. a der: Dora Boyd de Pérez Balladares; Mireya Moscoso; Marta Linares de Martinelli y Lorena Castillo de Varela. Foto/AFP

Lina Vega

Aquel "te quiero a ti como esposo… y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas..." de los tradicionales votos matrimoniales, alcanza una peculiar dimensión, especialmente por estos lados del mundo, si la "alegría" incluye una carrera política exitosa que lleve al marido hasta la Presidencia de la República. A partir de ese momento, la esposa en cuestión pasará a ser "primera dama", ese "anacronismo impuesto por los protocolos internacionales", como calificó el cargo el presidente de Ecuador, Rafael Correa, cuando lo eliminó formalmente en 2007.

Anacronismo seguramente, aunque no todos estén de acuerdo, pero no tan protocolario en realidad. En muchos casos, las primeras damas y toda la parafernalia de poder que las rodea, cumplen un papel político vital que, en algunos casos, puede conducir a la señora en cuestión a sustituir a su marido en la silla presidencial. Algunas sólo lo sueñan; otras lo intentan sin éxito, como la esposa del expresidente Ricardo Martinelli, mientras que algunas lo consiguen con variantes, como el caso de la expresidenta Mireya Moscoso.

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"La primera dama es" nos dice esa herramienta mágica de nuestros tiempos que se llama Wikipedia, "en determinados Estados, la esposa del presidente o primer mandatario de ese país, o en su defecto, alguien que cumple con ese rol en ceremonias oficiales".

Se trata, como Halloween o el conejo y los huevos de Pascua, de una costumbre que nos viene del norte. En Estados Unidos se utilizó por primera vez el término "primera dama", para referirse a la cónyuge de un gobernante en 1877, en un artículo periodístico de Mary Clemmer Ames sobre la toma de posesión del presidente Rutherford Hayes. Su utilización se popularizó a partir del estreno, en 1911, de la comedia The First Lady in the Land, relativa a Dolly Madison, esposa del presidente James Madison (1809-1817), y a partir de allí, el término empezó a utilizarse en la prensa y en el lenguaje protocolar de otros países, Panamá entre ellos.

El cargo de esposa del presidente de Estados Unidos ha evolucionado desde marcar tendencias de moda y auspiciar banquetes en la Casa Blanca, hasta convertirse en un puesto de importancia. Algunos piensan que la primera dama constituye un modelo para la mujer estadounidense y, aunque el cargo no conlleva responsabilidades oficiales ni sueldo, sus posibilidades y algunas veces recursos, parecen ilimitados. Por lo pronto, confieso mi admiración por Michelle Obama, a quien estoy ya extrañando; discreta, elegante, sensata e inteligente.

Empezando con Martha Washington en el siglo XVIII, las primeras damas de Estados Unidos han ocupado un puesto muy visible y, en algunos casos, de gran relevancia. Eleanor Roosvelt, por ejemplo, llegó al cargo en 1933 con una gran experiencia política obtenida por su militancia en la División de Mujeres del Comité Demócrata y debido a su activismo en defensa de los derechos civiles. Rompiendo esquemas viajó por todo el país dictando conferencias concediendo entrevistas y haciendo conocer sus ideas a través de una columna periodística llamada "My Day".

Tras la muerte de su esposo, el presidente Franklin Roosevelt en 1945, continuó por otros 17 años como representante de Estados Unidos en Naciones Unidas, siendo elegida presidenta de la Comisión de Derechos Humanos en 1946. Trabajó febrilmente en la preparación de la Declaración de Derechos Humanos, documento que presentó ante la Asamblea General el 10 de diciembre de 1948.

Eleanor Roosevelt murió en 1962 a los 78 años, dejando un legado difícil de emular. Como primera dama se convirtió en los ojos y oídos de su esposo inmovilizado durante los difíciles años de la gran depresión y se mantuvo luchando por un mundo mejor; cuando ya no lo era.

Curioso que el presidencialismo que copiamos de Estados Unidos haya incluido esa especie de institución que es la primera dama, modelo que ha echado raíces y producido algunos ejemplos de gran singularidad al sur del Río Grande.

Tal vez el caso más llamativo es el de la argentina Eva Duarte -mejor conocida como Evita Perón- y sus "descamisados", como llamó a esa masa de pobres y sindicalistas que utilizó a su antojo y que la llegaron a venerar como si de una santa se tratara. No era para menos, a través de la Fundación Eva Perón -que mantenía con donaciones "voluntarias" de empresarios y aportes de los trabajadores a quienes les había aumentado el salario- construyó cientos de hospitales, escuelas, orfanatos y otras instituciones de caridad.

Evita actuó de hecho como Ministra de Salud y Trabajo, premiando generosamente a los trabajadores a través del aumento de los salarios. Evidentemente, estos respondieron con el apoyo político a su esposo. Sólo la detuvo el cáncer que la llevó a la tumba en 1952. Tenía 33 años.

Desafortunadamente, no se trata de un anacronismo. El modelo populista que, dependiendo del talante de la primera dama en cuestión, puede llegar a ser autoritario, sigue gozando de buena salud por estos lares. Allí está el caso de la primera dama de Nicaragua, Rosario Murillo, quien ha ejercido la vocería del Ejecutivo, organizadora –controladora, matizan sus críticos- de la agenda presidencial y las reuniones del Consejo de Gabinete, y que ahora parece imparable en su camino a la Presidencia de Nicaragua.

En Panamá la cosa ha estado de lo más variada y pintoresca, desde la recuperación de la democracia en 1990. Hemos tenido primeras damas de todos los talantes e incluso, en la versión hija (Marcela Endara) y hermana (Ruby Moscoso).

Desde que Dora Boyd de Pérez Balladares pudo salir airosa del cargo con su Fundación Explora bajo el brazo, el modelo ha intentado repetirse sin éxito. Allí queda para la historia del tristemente célebre Museo del niño y la niña, reconvertido en Museo del Tucán; o aquella extraña "red de parques”, proyectos que dos primeras damas intentaron empaquetar en fundaciones para seguir manejando tras su salida del Palacio de Las Garzas.

Estos días, la primera dama Lorena de Varela se queja de que las críticas a su actuación y a las de su esposo llegan incluso al ámbito de la religión que practica... y tiene razón. Las cuestiones de la fe, la religión y sus prácticas son asuntos privados que deben ser respetados por todos; pertenecen al ámbito de la libertad individual. El problema es que esta Administración ha colocado los temas relacionados con la religión Católica como temas de Estado, al punto de que están incluyendo la jornada de la juventud católica que se realizará en 2019, como parte del plan de competitividad del país.

Pero hay que ser justos, porque no es la primera vez. Corría el año 1930, cuando la entonces primera dama de Panamá, Hercilia de Arosemena -esposa del mandatario Florencio Harmodio Arosemena- se impuso para darle una connotación religiosa a una celebración que había nacido como fiesta cívica.

En 1924 y por iniciativa del Club Rotario y posterior sanción oficial del presidente Belisario Porras, se inició la celebración del día de la madre cada 11 de mayo. Eso varió cuando un grupo de damas católicas, por intermedio de la primera dama, propuso el cambio de fecha para el 8 de diciembre, alegando que ese día se celebra, según el calendario católico, la fiesta de la Inmaculada Concepción.

Tras un agrio debate en la Asamblea debido a la oposición de algunos diputados que luchaban por la laicidad del Estado, se impuso el criterio de la primera dama, sin consideración alguna a las madres de otras creencias que aquí habitan.

Por eso, vale el comentario de nuestra actual primera dama para recordar que si bien la Constitución no dice claramente que este es un país laico -lo que constituye una asignatura pendiente en cualquier cambio constitucional-, el respeto a las creencias de otros es básico para conservar la pacífica convivencia que nos ha caracterizado como país que ha cobijado desde siempre a gente de todos los rincones de la tierra.

Respetar no solo significa dejarlos creer en lo que quieran, sino dejar de imponer nuestra creencia en cada decisión, en cada proyecto, en cada momento público que pertenece a la esfera de todos.

Y es que, sin duda, hay un montón de mujeres que no creemos que venimos de la costilla de Adán.

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