Hace unos días tuve una de las conversaciones más surrealistas y divertidas de este viaje. Íbamos en carro por Lucknow, esquivando las vacas de la carretera, cuando nuestro buen amigo Gaurav empezó a contarnos las grandes virtudes de esos mamíferos rumiantes. "Son tranquilos y te dan leche, son los perfectos animales de compañía", afirmó con seguridad. Ricky no pudo reprimir su postura occidental y contestó firmemente que no era legal tener una vaca como animal de compañía. Eso fue el inicio de un diálogo de lo más absurdo, con ideas tan disparatadas como sacar a pasear a la vaca o montarla como a un caballo.
Esa conversación tan surrealista me hizo llorar de la risa pero lo más importante es lo que se escondía detrás de cada palabra. Para nosotros, imaginarse una vaca andando suelta por la ciudad de Panamá es pura ciencia ficción. Es difícil deshacerse de lo que hemos aprendido desde chiquitos. Lo que somos y creemos es algo subjetivo y muchas veces incluso irracional. Está basado en la experiencia, en el camino que hemos recorrido a lo largo de nuestra vida y las personas que nos encontramos en él. Por eso creemos que las vacas son animales de campo y que no tienen lugar en las ciudades. Para Gaurav es totalmente lo contrario, las vacas han estado siempre ahí, en las calles, rumiando, mugiendo, comiendo y defecando. ¿Quiénes somos nosotros para decirle que una vaca es tan solo un animal de granja y que su carne es deliciosa?
Después de más de dos meses viajando por la India, mi relación con las vacas ha pasado por todo tipo de fases.
Primero, la admiración. Como cualquier persona que había aprendido que las vacas son animales de granja, la primera vez que vi al rumiante en medio de una calle y los carros haciendo mil y un maniobras para no molestar al animal no pude evitar sonreír. Admiración, eso es una vaca con carácter.
La segunda fase se podría llamar de asqueamiento. Ahí va otra vaca en medio del camino creando tranque y dificultando la circulación. A ello le sumamos el 'ojo no pises la mierda'. Por suerte, esa fase duró poco y fue una consecuencia de los calores soportados en algunas zonas.
La tercera, fue la de corazón estremeciéndose. Era el segundo día consecutivo que paseaba por uno de los cientos de Ghats de Varanasi, y ahí estaba, por segundo día consecutivo un ternerito agonizando. Lo primero que solté fue "mucha vaca sagrada pero ahí dejan al ternero agonizando". No me lo podía creer. No entendía por qué nadie hacía nada para ayudar a ese pobre animal moribundo que llevaba dos días sufriendo. Mi corazón se estremeció de indignación.
La cuarta y última fase son distintas pero a la vez son la misma. Alivio e indiferencia. El tercer día que pasé por el dichoso ghat, el corazón en un puño, sentí alivio. Ahí estaba el ternero, lo habían movido de sitio, le habían puesto una mantita encima y acercado un cuenco con agua. Esa imagen me llevó directamente a una indiferencia de connotación positiva. ¿Quién era yo para juzgar o interpretar el rol de la vacas en la India?
Las vacas son sagradas en la India desde tiempos inmemoriales, un ejemplo son los textos que describen a Lord Krishna como bala-gopala (el chico que protege las vacas). Como turista, nunca llegaré a entender los lazos de la vacas con la mayoría del pueblo indio. No puedo saber porqué tardaron dos días en ayudar al ternerito o porqué mi buen amigo Gaurav cree que tener una vaca como animal de compañía sería de lo más cool. Lo máximo que puedo hacer es tratar a esas vacas que me encuentro por el camino con indiferencia positiva. Al fin y al cabo son vacas, si ellas no se ríen, indignan o enfadan, ¿por qué debo hacerlo yo?
FUENTE: Lídia Pedro