Con una caracterización de altura, Roseta Bordanea  interpretó a la “La mujer Empollerada”.

Lina Vega

En 1984, mientras se celebraba en Dallas una convención del partido Republicano que aprobaría la postulación de Ronald Reagan para un segundo mandato como presidente de Estados Unidos, un grupo de críticos al gobierno protestaba por las calles de la ciudad tejana.

Al final de la manifestación, un activista llamado Gregory Lee Johnson quemó la bandera de Estados Unidos como rechazo a lo que consideraba un nacionalismo guerrero que representaba Reagan.

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La acción de Johnson violaba la ley de Profanación de Objetos Venerados (Desecration of Venerated Object) vigente en 48 de 50 Estados de la Unión, por lo que fue arrestado y condenado a un año de cárcel y una multa de dos mil dólares.

A partir de allí empezaría una batalla legal que terminó cinco años después en la Corte Suprema de Estados Unidos con el famoso fallo Texas vs Johnson, que provocó la derogatoria de la ley de Profanación. La libertad había ganado una muy importante batalla.

La posición mayoritaria de los jueces expresada en el histórico fallo de 1989, fue que la libertad de expresión incluye también la libertad de maltratar o irrespetar la bandera nacional, ya que quemarla o destruirla en un acto público se entiende como un acto simbólico de repudio al gobierno por alguno de sus actos, lo que constituye un derecho inalienable de todos los ciudadanos estadounidenses.

"Si existe un fundamento en la base de la Primera Enmienda, es que el gobierno no puede prohibir la expresión de una idea solo porque la sociedad cree que esta idea es ofensiva o desagradable...Tampoco puede el gobierno... obligar a realizar una acción que evidencia el respeto a la bandera... Las personas deben poder expresarse por sí mismos y según sus creencias, sin que se le pueda obligar a hacer lo que no desean o en lo que no creen", escribió en su informe de mayoría, Willian Brennan Jr., el juez de la Corte Suprema que escribió el informe de mayoría en el simbólico caso.

El dato histórico viene a cuento estos días en que estamos celebrando los llamados "días patrios", empezando con la separación de Colombia y terminando con la independencia de España. Todo el mes de noviembre.

Y es que cada año surge la polémica sobre la utilización de la bandera, las críticas a la celebración del Halloween y las expresiones simbólicas de un nacionalismo que parece venido a menos y que, tal vez por eso mismo, se aferra a la forma en ausencia de fondo.

Más allá de las limitaciones legales existentes para el uso de los símbolos patrios - la bandera, el escudo y el himno nacional-, es sorprendente la airada reacción que suele provocar cualquier alteración en alguno de ellos, aunque se trate de una licencia artística.

Aún resuena la algarabía que se produjo cuando la artista panameña Erika Ender cantó su maravillosa versión del himno nacional en un evento internacional. ¡Sacrilegio! ¡Irrespeto!, vociferaban esos puristas que nada parecen saber del caso Texas vs Johnson, ni de la libertad de expresión como un valor superior a sus gustos y opiniones.

Hace sólo unos días tuvimos otro episodio de ira e indignación nacional, cuando una empollerada con máscara de calavera apareció en las pantallas de esta casa. Faltaba un día para Halloween, así que los críticos aparecieron por todos lados en estos tiempos de redes sociales, acusando a la producción de "irrespetar" el traje típico.

En este caso en particular se trataba de la puesta en escena de una leyenda campesina, que tiene como personaje principal a una mujer con pollera que representa un fantasma. La máscara de calavera aparece incluso en la portada del libro que cuenta la leyenda. Es decir, no se trataba de un disfraz de Halloween como presumieron los críticos ni se trataba de irrespeto alguno.

En este caso la sangre no llegó al río porque no había razón formal para la crítica pero, ¿habrían sido una afrenta si el personaje hubiese únicamente sido creación de la producción? ¿Por qué? ¿Basado en qué?

¿Está Rubén Blades irrespetando la bandera panameña porque ha pintado sus maracas con ella? ¿Irrespeta una niña o sus padres la bandera, si se hace un vestido con su diseño? ¿Se ofende a la patria? No lo creo.

Cada cual tiene derecho a su indignación y a su sentido del patriotismo, pero no a imponerlo al resto de los panameños. De imposiciones a sangre y fuego está plagada la historia. No hay nada bueno allí.

Ojalá algún día los magistrados de la Corte Suprema de Panamá deroguen, en defensa de los derechos fundamentales, tantas leyes absurdas que restringen sin sustento la libertad. Ojalá algún día tengamos un fallo que establezca con claridad que "el gobierno no puede prohibir la expresión de una idea solo porque la sociedad cree que esta idea es ofensiva o desagradable". Ojalá.

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