El tejado de lo que antes era la casa de la directora Melizabeth Uhi y su personal ahora está doblado sobre unas ramas, en lo alto de los árboles que rodean su escuela. Ahora la directora vive con otros dos empleados del centro en la única clase que sigue habitable. Y se le está acabando el arroz que tenía antes de que el ciclón Pam pasara sobre Vanuatu la semana pasada, poniendo su vida patas arriba.
Pero Uhi mira hacia delante. El lunes ayudó a organizar una limpieza comunitaria del terreno de la escuela Manua, en la isla principal, Efate, y está decidida a que sus 314 alumnos vuelvan a clase lo antes posible.
Una semana después de que un ciclón golpeara al archipiélago del Pacífico sur con vientos de hasta 270 kilómetros (168 millas) por hora, la gente se centra en las tareas de reconstrucción.
Los signos de progreso se ven en todas partes. La carretera que rodea la isla principal ya es accesible a todos los vehículos, tras las reparaciones temporales en puentes, y la red de telefonía celular que es vital para mantener a la gente conectada se va restaurando de forma gradual en Efate y otras islas. A los lados de las carreteras, equipos de trabajo han ido reparando tendidos eléctricos y los vecinos cortan los tronzos de árboles en trozos que valgan para hacer fuego.
La tarea sigue siendo enorme. Muchas de las islas exteriores siguen sin tener ninguna forma de comunicación con el mundo, mientras que el turismo, vital para la economía, se ha llevado un enorme golpe y muchos operadores reciben una llamada tras otra para cancelar reservas. En todo el país, mucha gente sigue preocupada por las necesidades más básicas: agua, refugio y comida.
Unas 65.000 personas en todo Vanuatu necesitan refugios temporales de emergencia, según la Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios, que el sábado elevó a 16 la cifra de muertos por el ciclón, tras confirmar tres nuevas bajas.
Vanuatu y otras pequeñas naciones insulares se enfrentan a desafíos únicos de recuperación debido a su remota ubicación y a lo disperso de su población, indicó Osnat Lubrani, coordinadora humanitaria de Naciones Unidas para Vanuatu. Proporcionar servicios se difícil y caro incluso cuando no hay una crisis, explicó.
"Así que desde luego, en un momento de desastre, eso hace las cosas muy difíciles", explicó. "En el lado positivo, creo que la gente es extremadamente resiliente".
El coste total de la reconstrucción aún se desconoce, dijo Lubrani.
Los vecinos Nueva Zelana y Australia prometieron rápidamente millones de dólares para las tareas de reconstrucción. También otros países, como Francia, Estados Unidos, Emiratos Árabes Unidos y Corea del Sur comprometieron millones. Las agencias humanitarias también están movilizando amplios recursos hacia la región.
Pero para personas como Uhi, la directora de la escuela, la respuesta no puede llegar lo bastante rápido. Ha recibido algunas tiendas de World Vision, pero necesita mucha más ayuda, explicó. Las madres acuden cada día para preguntar cuándo pueden regresar sus hijos.
"Hay un poco de angustia", dijo. "De verdad quiero que los niños puedan volver a la escuela".
El gobierno canceló todas las clases en todo el país hasta el 30 de marzo, aunque no hay garantías de que la escuela de Manua esté lista para reabrir entonces.
Para mucha gente, las pequeñas mejoras se notan cada día, tanto en su situación como en su salud.
En el hospital principal de la capital, Port Vila, George Palap ha observado los progresos de su sobrino de un año, Moses Sam. La familia estaba en la isla Tanna cuando golpeó el tifón en la madrugada del 14 de marzo y destrozó sus hogares. Huyeron a algunas cuevas cercanas. La hermana de Palap, Sampat, que sostenía al niño en brazos, se tropezó en medio del vendaval y la cabeza del niño golpeó con el suelo, explicó.
La familia llegó a las cuevas, pero la herida de Moses era seria. Palap dijo que la cabeza del pequeño se inflamó al doble de su tamaño normal cuando se infectó. Un helicóptero de Cruz Roja llevó al niño al aeropuerto de Tanna, desde donde se le trasladó a Port Vila explicó su tío.
Ahora la hinchazón ha desaparecido y Moses está mucho mejor, dijo Palap. No parece haber daños permanentes, y la familia espera que pueda salir del hospital la semana que viene, dijo.
Para otros, el ciclón trajo la oportunidad de hacer cambios.
Lisau Manses tendía la colada dentro su casa el sábado. EL interior parecía bastante normal, con libros enlos estantes y la vajilla en un armario. De lo que no había rastro, sin embargo, era del tejado, lo que permitía que el sol brillara dentro y secara la ropa.
Manses señaló que ella y su marido no creían poder reconstruir su casa en la costa, especialmente expuesta al clima extremo. En cambio, están estudiando construir una casa nueva tierra adentro.
"Queremos estar lejos del viento", comentó.
FUENTE: AP




