Minneapolis Internacionales -  1 de junio 2020 - 13:06hs

Violencia en Minneapolis afecta calle símbolo de diversidad

A lo largo de una importante calle de Minneapolis que por más de un siglo acogió a distintas olas de inmigrantes --mexicanos, alemanes, suecos, vietnamitas y somalíes-- se está forjando una nueva historia.

Hay una comisaría humeante, quemada el jueves por manifestantes que protestaban la muerte de George Floyd a manos de la policía. Un banco de Wells Fargo a un par de cuadras había sido destruido por la muchedumbre, que en los muros exteriores dejó pintadas tipo “Muerte a los banqueros”.

Un poco más allá, un restaurante somalí tiene los vidrios rotos, hay estantes vacíos en una zapatería incendiada y tablones que cubren el frente de un negocio de artículos para fiestas propiedad de un mexicano que rezaba para que pasase la pandemia del coronavirus así podía volver a abrir.

Las manifestaciones estremecen Minneapolis noche tras noche y buena parte de la ira se descarga en la Lake Street, una calle de gran actividad comercial y cultural que cruza la ciudad.

Para los residentes, comerciantes y artistas, Lake Street es un símbolo de la compleja historia de la ciudad, que cuadra tras cuadra ofrece un panorama de la inmigración, la revitalización económica y la persistente desigualdad.

En un extremo hay un sector de moda, lleno de bares y negocios. En el otro hay un barrio tranquilo junto a un faro sobre el río Mississippi. Entre ambos sectores hay casi ocho kilómetros (cinco millas) en las que se puede percibir cada ola inmigratoria y los numerosos idiomas que se hablan en los mercados, restaurantes, iglesias y grupos comunitarios a lo largo de la arteria.

El negocio de la familia de Suad Hassan tiene tablones en el frente, con inscripciones tipo “propiedad de negros -- solidaridad”. Todas las noches la familia hace guardia y convence a las turbas de que no lo destruyan.

Hassan tiene 35 años y nació en Somalía. Su familia emigró escapándole a la guerra cuando ella era pequeña.

“Cuando vi el fuego dos noches atrás, fue como si reviviese el trauma” vivido en su país, dijo la inmigrante. “Hacía mucho tiempo que había dejado todo eso atrás. Pero le dije a mi madre que esto era ‘como una zona en guerra’”.

Los pequeños comercios cuyos dueños pertenecen a minorías pueden ser los más golpeados por las tensiones raciales exacerbadas por la muerte de Floyd. Las protestas de miles de personas por una historia de violencia contra las minorías dejan daños colaterales, desde los restaurantes propiedad de inmigrantes hasta un centro para jóvenes descendientes de los pueblos originarios y un complejo de viviendas baratas en construcción.

“Lo que le pasó al señor Floyd es un horror”, dijo Eduardo Barrera, gerente general del Mercado Central, una cooperativa de comerciantes mayormente hispanos que ayudó a revitalizar la calle al abrir hace 20 años. Las turbas ingresaron dos veces al edificio cubierto de murales durante los desmanes y se robaron algunas cosas.

“No cambia nada y la gente siente que lo perdió todo”, expresó Barrera. “Ya no tienen nada más que perder. Cuando no hay justicia ni igualdad, se pierde la esperanza”.

“Nos estamos perjudicando a nosotros mismos”, agregó.

Muchos especulan que la Lake Street fue blanco de ataques en buena medida porque en la parte oriental se encuentra la comisaría donde servía el agente acusado de matar a Floyd. La destrucción es especialmente dolorosa si se tiene en cuenta que la revitalización de calle era motivo de orgullo.

Tanto los residentes como los propietarios de comercios dicen que llevan 20 años trabajando en la reconstrucción de los barrios aledaños, muchos víctimas de la negligencia, la fuga hacia los suburbios y la falta de inversión.

Deb Frank se radicó en el barrio Longfelow hace 25 años y compró una casa construida hace 100 años por 40.000 dólares. Los vecinos se movilizaron y se deshicieron de dos burdeles llamando a la policía para darles los números de las placas de los clientes y poniéndolos en situaciones incómodas.

Frank y su marido se acostumbraron a caminar a restaurantes y cafés. “Hubo realmente una gran transformación”, comentó.

Hoy se pregunta si fue todo una ilusión.

“Nos tomó años llegar adonde estamos y es como su hubiese que comenzar de cero de nuevo”, se lamentó, diciendo que hasta la oficina de correos había sido dañada. “No, es peor que cero”.

Todo el mundo coincide en que los inmigrantes son el motor que mantiene viva a la Lake Street. La calle, que cruza la ciudad de este a oeste por el sur, ha sido históricamente el refugio de los recién llegados.

A principios del siglo pasado vinieron alemanes como Emil Schatzlein, quien abrió un negocio de monturas en West Lake Street en 1907 que sigue vendiendo botas de vaquero. Y escandinavos que instalaron una imprenta todavía visible en el Mercado Nórdico Ingebretsen, que funciona desde hace casi 100 años y que es una institución conocida por su arenque y otros pescados.

Hoy, a un par de cuadras del Ingebretsen, se puede comprar leche fresca de camello en una tienda que vende productos de África oriental y tortillas fritas en la taquería La Poblanita.

Igual que tantas otras ciudades estadounidenses, la década de 1960 numerosos residentes blancos, y sus negocios, emigraron a los suburbios. Muchos edificios quedaron vacíos. Cuando la tienda por departamentos Sears abandonó su imponente edificio a mediados de los 90, buena parte de la calle enfrentaba una situación económica desesperada.

“Se reinventó como un punto de entrada de inmigrantes”, dijo Bill Convery, director se investigaciones de la Sociedad Histórica de Minnesota. “Los padecimientos económicos generaron oportunidades”.

Inmigrantes somalíes que le escapaban a la guerra fueron algunos de los que aprovecharon los alquileres baratos para abrir negocios. Organizaciones comunales abrieron el Midtown Global Marketplace en el viejo edificio de Sears, en el que se venden alimentos y artesanías.

El progreso económico, no obstante, no acabó con la pobreza, el racismo o la enorme desigualdad.

Los barrios aledaños, así como el norte y el centro de la ciudad, están acostumbrados a las tensiones con la policía. Un estudio de la Unión Americana de Libertades Civiles indicó que del 2012 al 2014 los afroamericanos y los indígenas tenían ocho veces más probabilidades de ser arrestados por infracciones menores que los blancos.

La segregación racial era visible en Minneapolis. Al este de la Lake Street hay barrios casi exclusivamente blancos, tranquilos, con calles arboladas, y no muy lejos se pasa a un sector de residentes mayormente afroamericanos o de otras comunidades.

Los negocios ya sufrían los efectos de la pandemia cuando estallaron las protestas.

Gregorio de la Cruz, un inmigrante mexicano, estaba reabriendo sus dos negocios en East Lake Street --uno de artículos para fiestas y golosinas y otro de limpieza-- cuando comenzó la violencia. Se vio obligado a cerrar de nuevo.

“Nunca me imaginé que habría tanta violencia en este barrio”, expresó conteniendo las lágrimas. Hablaba en español y su hija de 19 traducía lo que decía.

“Sabemos lo que sucede y que esto es importante. Tienen derecho a protestar. Ojalá lo hubieran hecho pacíficamente”, agregó.

En los tablones que cubren la puerta de la Cruz escribió: “Justicia para George Floyd”. Otro negocio dos puertas más abajo dice: “Una familia humana”.

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